Ningún cartel o rotulo indica que en ese lugar entrenan los gladiadores de Lucha Poder Independiente (LPI), una escuela recién formada y que pertenece a la Asociación Moreliana de Lucha Libre (AMLL). Tras una angosta puerta y pasando entre bocinas, toritos de petate y señoras platicando en el pasillo, se llega a un amplio patio donde el imponente cuadrilátero se abre entre lavaderos y ropas colgadas al sol. La casa donde se entrena no queda lejos de una plaza donde existe prostitución, de las esquinas donde los travestis ofrecen compañía por las noches, y a tan sólo unos metros de distancia, las cantinas reciben parroquianos hasta el amanecer. El marco de la lucha libre, de esa que nace en el barrio, no podía ser de otro modo.

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Se llama Cometa Extreme y ha estado entrenando durante casi cuatro años. Dice que su primera función se realizó después de estar practicando unos seis meses, tiempo en el que aprendió lo necesario para dar “marometas”, caer sobre la lona, hacer llaves y volar entre las cuerdas.

A pesar de que se adiestró con rapidez en las artes del cuadrilátero, Cometa Extreme ya era luchador antes de que siquiera pisara el gimnasio. Su papá y su abuelo habían sido luchadores, y aunque no comenzó a entrenar por esa razón, el abuelo alternó en el bando de los rudos haciéndose llamar Judas.

Tal vez hubiese querido ser otra cosa, quizá futbolista como muchos niños, o boxeador como tantos jóvenes de barrios populares, y sin embargo, Cometa se hizo Cometa porque no podía pagar otra clase de entrenamiento, pero también, sospecho que él ya tenía la lucha libre en su interior, se nota cuando me dice que en las mañanas trabaja en una farmacia, pero que en las tardes viene y entrena con sus compañeros, con quienes sonríe, pelea y bromea sobre quien irá por la coca-cola.

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Él nunca pensó llamarse Cometa Extreme, en realidad comenzó siendo Kid Cometa por designio de su maestro: Karma. Tampoco eligió la máscara y su atuendo, pues no teniendo nada más que ganas de subir al cuadrilátero, otro luchador le prestó el equipo de su hijo, el cual terminó comprando y haciéndolo suyo.

Orgulloso me dice que tiene tres equipos, uno de ellos es una máscara roja con dos cometas en las mejillas, mechones en la parte trasera y el logo de los “cazafantasmas” en las orejas. Pronto va a estrenar otra, una inspirada en los stormtroopers de Star Wars, nomás en cuanto la acabe su amigo el que las fabrica. Y aunque el diseño cambie, lo que no puede suprimir es el emblema de su identidad: los cometas a los costados.

Aunque no eligió su nombre ni su atuendo, Cometa inventó a su personaje. Cada vez que subía al cuadrante, Cometa ensayaba movimientos, maromas, gestos y posturas, y ya entonces el público le decía si gustaba del personaje o si debía hacerle algún cambio. Es como me dice, cuando el compañero exótico les intenta dar besos por la fuerza a otros luchadores, eso le gusta a la gente, le divierte y le aplaude, entonces el exótico lo adapta y lo repite, así es como se construye La chica ye-ye, por ejemplo.

Hoy pocos quieren ver un duelo de llaves como se hacía en el pasado a ras del suelo, lo que hoy quieren ver, dice Cometa, son vuelos sobre las cuerdas, pero para eso, el luchador debe quitarse el miedo, no el de golpearse contra el suelo, para eso tienen una colchoneta donada por una taquería, lo que deben de superar es el miedo a uno mismo, a ese que nos dice que no podemos hacer las cosas. Tiene razón, vi que un chavito repetía y repetía con frustración un movimiento en el que debía subir a los hombros de otro compañero para proyectarlo contra la superficie.

Esos jóvenes luchadores son valientes no porque se lancen al vacío desde dos o más metros de altura, sino porque han desafiado a una ciudad que los escupe a la marginalidad, que les cierra las puertas para seguirse entrenando, ellos son valientes porque aceptan a niños y adolescentes sin importar su apariencia, si tienen alguna discapacidad física o si sus preferencias sexuales son distintas a las dictadas por la sociedad hetéronormativa; ellos son valientes porque aún con todos los NO en su contra, cada tarde se juntan a convivir, reúnen el dinero para los posters y arreglan los duelos en las colonias a donde los inviten.  Cuando suben al cuadrilátero y la gente los vitorea, entonces se saben admirados y queridos por los niños; Cometa deja de ser el empleado de la farmacia y se convierte en ese gladiador barroco de la mexicanidad.

 CometaKid

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