Tijuana es una ciudad maratónicamente festiva y divertida. A todas horas uno puede encontrar lugar para el libre esparcimiento y satisfacción. Pero también puede ser muy extenuante y deprimente. Me gusta demasiado la ciudad. Ya me siento parte de la misma, pero todavía hay algo que por las noches, o por el día, cuando estoy solo en casa, me pone un poco triste y me incita a pensar en todos esos seres que se quedaron atorados entre sus redes y que enmarañados deambulan meditabundos y solitarios por las calles en busca de un poco de esperanza.

Nunca pensé que algún día me encontraría en esta situación. Ese asunto de andar vagando por las calles de una ciudad tratando de encontrar trabajo, lugar para tomarme fotos, estética donde no me vayan a trasquilar, farmacias con los mejores precios, papelerías para comprar solicitudes de empleo, lugares para comer en donde esté bueno y barato, maneras de cómo no pagar taxi (acá les dicen taxis a las combis o transporte colectivo) y mejor caminar para ahorrarte unos pesos se torna un asunto tan estresante.

Los fines de semana salgo a tomar algunas cervezas o a comer algo bueno y bien cocinado. Ya no gasto tanto como en los primeros días, en los que despilfarraba mi dinero en lugares como el Tropic’s, El Mamut, El Turístico, Dandy del Sur y otros tantos. Todo es muy caro acá. Pero esa es la parte de mis quejumbres tijuanenses. Porque también está la parte que me gusta y que es toda la diversidad y fauna que uno se encuentra por en esta ciudad fronteriza.

Saber que ya no eres un turista, o visitante de la ciudad, sino un ente que forma parte de todo esto es como caer sin paracaídas a un precipicio oscuro y profundo, pero altamente satisfactorio. Saber que ya no solamente pagas con pesos sino también con dólares está muy curada (como dicen por aquí). Transitar diariamente por las calles de la ciudad formando parte de un mismo entorno es tan alarmante como saber que algún día llegarás a viejo y quizá no habrá nadie que te visite en casa.

Así he concebido plenamente que Tijuana es una ciudad de locos. Hay muchas personas bien dañadas por las calles y de antemano sabes que también pasas automáticamente a formar parte de ello. Hay personas que se perdieron en el party y ahora viven en una eterna dimensión festiva. Personas que se quedaron “arriba” por el exceso de drogas que transitan –y se consiguen tan fácilmente- en los bares y que ahora mendigan un dólar o un taco para alimentarse. Uno se encuentra cada cosa tan bizarra por acá que da suficiente material como para escribirlo.

Vivir en Tijuana es todo un reto, mucho más que vivir en ciudades tan caóticas como el Distrito Federal. Es todo un desquicio excitante al que uno se tiene que ir acoplando poco a poco. En Tijuana se disfruta lo suficiente como para morir en el intento, pero también se sufre y hay que estar abiertos para disfrutarlo, para sobrellevar las cosas de la mejor manera posible sin caer en el escepticismo ramplón del foráneo que a muchos tijuanenses les incomoda. A mí, como a muchos paisanos que han tratado de encontrarse con el American way of life, aunque me toque lavar platos, lavar lozas o trabajar de mesero no me cabe la intensión precisa de regresarme a casa. Tijuana ya me atrapó y he caído entre sus redes.

Y por eso esto termina siendo un círculo vicioso que nos lleva a ese estado de locura comunal. He visto personas mayores salir del casino Caliente, en la calle Revolución, con abundantes lágrimas en los ojos o llanto descontrolado por haber perdido una fortuna entre sus máquinas. He visto jóvenes americanos deambulando descalzos tratando de encontrar una colilla de cigarro para apaciguar su descarado descontrol. Me he topado con algunas chicas trastabillando por las calles ofreciendo sexo a cambio de alguna moneda o algo de drogas. He visto mendigar una cobija a los paisanos en los Curios Shop’s.

Pero no me sorprende eso como le pudiera sorprender a algún samaritano de buena conciencia. Cada vez que salgo a la calle me encuentro cosas más locas y extravagantes. Cada que salgo a la calle me es inevitable no toparme con algo que capte mi atención y estimule mi curiosidad. Por eso me gusta Tijuana. Hace unos días me encontraba sentado en uno de los pasajes del Centro tratando de descansar por la larga caminata que había hecho durante el día. Ahí un cholo se me acercó y me pidió un cigarro. Se sentó a mi lado y lo fumó conmigo. Cuando lo terminó me pidió cinco pesos para ir a un Internet y le dije que no traía. Después me pidió un trago de mi soda y le dije que no, que era con lo único que contaba. Me contestó: “¿Qué cabrón verdad? Todo quiero” y se fue entre risas. Más adelante se detuvo, volteó y me dijo aún muy sonriente: “Carnal, te acabas de ganar un amigo en Tj”.

Por eso esta ciudad es de locos. Literalmente. Porque por un lado estamos los tercos por quedarnos aquí y hacer de este espacio nuestro entorno de vida. Por otro lado están los desquiciados por las drogas. En el otro extremo están los atormentados por obtener muchos dólares. A un costado están los que pierden todo en los casinos. Más allá están los que se amanecen en la party y que la siguen hasta el día siguiente. Del otro lado también están los que por una feria clavan un filero entre los intestinos del transeúnte. Y así sucesivamente podemos encontrar una suerte de locos por la ciudad.

Así Tijuana se transpola en una tremenda fiesta que te aplaude por las noches y te amortaja todos los días. En Tijuana está todo lo que quería encontrar como persona e individuo y diariamente me compruebo que no me he equivocado en la elección de lugar y de personas que he conocido, que amo y estimo. En Tijuana todo puede suceder a cada momento, no hay opción a elegir. Ya lo decía el escritor también tijuanense Rafa Saavedra, en la revista Generación (No. 21. Marzo-Abril 2000): “Welcome a la Tijuana post-everything. Advertidos: La fiesta será a todo volumen”.


Foto: Instagram Manuel Noctis

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