Te arreglas durante horas, lo planeas durante meses, te mides muchos vestidos o trajes posibles hasta encontrar el indicado y, al llegar a la boda, terminas comiendo una pata de pollo bañada en una salsa de champiñones fría. No hay de otra. A veces dan espagueti duro con queso borona tieso. En otras hay arroz blanco chicloso con chicharos de piedra. Alguna vez alguien sirvió un filete de pescado frío que aún tenía las tripas dentro. Intactas.

En México hay dos grandes opciones a la hora de comer en una boda: o dan un platillo típico como en las grandes bodas de pueblo (birria, carnitas, adobo, mole, frijoles charros y arroz de olla) o el menú insípido y generalizado que no pasa de un simple trozo de carne barata con complementos malhechos y fríos.

Muchas personas consideran más gourmet la última opción. A las parejas de las ciudades del país les da verguenza aceptar la comida popular mexicana. Imposible pensar en dar chilaquiles o huevo con chorizo en el día más importante de sus vidas. Lo ideal para esa gran fecha es un plato de sopa de esparrago chiclosa.

La cocina en las uniones familiares mexicanas es quizá uno de los elementos menos reconocidos entre toda la maraña de actividades posibles para la gente que las organiza. Entre el vestido, el salón, la música, las invitaciones y el templo, la comida de calidad se queda relegada a un pequeño rincón de la planeación total del evento. Generalmente alguien más se encarga de eso y son las agencias organizadoras las que ofrecen paquetes de 200 pesos el platillo por persona, o más, o menos. Como si la comida tuviera la importancia de las servilletas.

Como invitado, sea la boda que sea, dan más ganas de un mole con pollo de rancho que una triste pieza de ave industrializada

 

Foto: Guillermo Moreno

Foto: Guillermo Moreno

En un país donde lo importante es tener fotografías magistrales de los recién casados para la posteridad, los invitados sufren de una total falta de atención y respeto cuando pasan alrededor de tres horas sentados soportando platillos poco ingeniosos y deprimentes. La comida, principal arma mexicana para seducir al mundo, no brilla ni se deja ver en miles de bodas nacionales.

Como invitado, sea la boda que sea, dan más ganas de un mole con pollo de rancho que una triste pieza de ave industrializada. La realidad es que muy poca gente lo dice pero solo una minoría sale satisfecha con la comida en una boda. Algo falta siempre. El alcohol disponible puede aminorar el mal bocado, pero no tiene por qué ser así. Lo ideal sería una boda donde el amor que se jura en el altar, se plasme también en el platillo. Una amalgama total que haga realmente inolvidable la fecha para todos los presentes.

 

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