El surrealismo es una de las tantas vanguardias históricas del siglo XX. Nace en Paris en un contexto en el que los ecos de la Primera Guerra Mundial aún causaban ruido en los círculos de intelectuales y artistas de la época. El movimiento surrealista se alza (en un primer momento “siguiendo” los pasos libertarios del dadaísmo) como una búsqueda de alcanzar una libertad material y espiritual del hombre y todo lo que se le asemeje tomando una posición revolucionaria.

Rudolf Kuenzli, historiador del arte, sostiene que el surrealismo, al igual que otros movimientos de vanguardia del siglo XX como el futurismo, dadaísmo o el expresionismo, fueron clubes masculinos: “the surrealist lived in their own masculine world, with their eyes closed, the better to construct their male phantasms of the feminine. They did not see woman as a subject, but as a projection, an object of their own dreams of feminity.” La afirmación de Kuenzli brinda pistas que permiten entender la posición de la mujer dentro del imaginario surrealista aunque no lo dice todo.

Si bien, su planteamiento de que los hombres surrealistas veían a las mujeres como meros objetos que respondían a una visión de lo que ellos mismos entendían por feminidad (y por consecuencia el de su sexualidad) puede resultar un tanto exagerado, acierta en puntualizar la importancia de la mujer como objeto, es decir, como un motivo recurrente en el arte del movimiento, pero no hay que perder de vista que también hubo mujeres que destacaron como productoras y otras tantas que sirvieron de musas. En resumen: la figura femenina se encuentra presente en el surrealismo como mujer que crea, como la que es objeto de la obra y como la musa.

Para André Breton, padre intelectual del movimiento, a decir de Juncal Caballero Guiral, las mujeres estaban relacionadas con el azar, el amor, los encuentros casuales, la belleza y el sexo, elementos que encontrarían un lugar central en la producción surrealista: “las mujeres estarían relacionadas con la naturaleza, el hombre, el deseo, la sexualidad y los sentimientos […] seres que dejan que sus vidas las dirijan los sentimientos: «Esclavas [aquí cita a Breton] de la debilidad, esclavas de la felicidad, con un estallido de risas las mujeres abusan de la luz».”

La naturaleza, en este tenor, es asemejada a la mujer con características que ambas comparten: libertad e independencia. Sin embargo, la figura masculina rompe este orden al adquirir un rol explorador y dominante:

Tanto la naturaleza como la mujer son misteriosas, deben ser descubiertas. El hombre surrealista se ha adjudicado el papel de conquistador y descubridor. La fuerza y el misterio que la naturaleza desprende, son proyectados por la imaginación masculina en la mujer para que el juego del descubrimiento sea más interesante. La mujer alcanzable que se convierte en un elemento de la naturaleza para no poder ser alcanzada en un momento determinado, alejándose del ser que quiere descubrirla y poseerla. La naturaleza posee absolutamente una fuerza irracional, fuera de control; en ella, como en las mujeres, todo son pasiones.

Nuevamente la mujer es tratada como un objeto dispuesto a las necesidades del género masculino, aunque aquí se asoman dos elementos que también la acercan a su papel de musa en tanto cualidades que los surrealistas celebraban y reconocían: lo irracional y lo pasional. Breton concibió en obras literarias como Nadja (1928), Les Vases communicants (1932) y L’Amour fou (1937), una suerte de mujeres fascinantes caracterizadas por su pasión, pero más fuerte aún, por lo irracional de su carácter que las hacia libres, las alejaba de la dominación volviéndolas venerables.

 

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