Cuando más te pueda dolar algo, te dolerá.

Carrie no era hermosa para los estándares del cine setentero. En una época de rubias con nariz diminuta y pechos como balones, la actriz estrella de Star Wars no apostaría jamás por aparecer en las portadas de las revistas de gloria. Con un cuerpo diminuto, una voz gruesa y un rostro que, según la lógica, la encajaría eternamente en papeles secundarios, Fisher protagonizó la saga de ciencia ficción galáctica más famosa de la historia del cine. Y con eso forjó la gloria desde su juventud.

No había necesidad de ser alguien más, porque Leia era Carrie, siempre lo fue. Esa forma de hablar, ese tono, esa manera de no rajarse a un imperio era la personalidad misma de la actriz. Lucas no tenía idea de lo que esa mujer de ojos enormes podía hacer con su idea de una princesa delicada. Cuando empezaron a rodar las cámaras, Fisher rebautizó a la hija de Darth Vader, haciéndola tan poderosa como este.

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Pasando por comedias y papeles secundarios, la actriz de 60 años vivió siempre a la sombra de esa pistola láser y ese traje dorado que escurrió a millones de adolescentes por el mundo. Cantando para Hugh Hefner en un especial de Playboy, tomando whiskey junto a Mick Jagger en una fiesta a las cuatro de la mañana, amenazando con un bat a Sheldon Cooper, Carrie asombró en donde quiso.

Lamentablemente un avión fue el escenario de su decadencia final: un infarto en el aire asustó a todo el mundo. Carrie Fisher podía morir. Y peor, podía morir en el año 2016, el año más ingrato del siglo.

Al parecer, las ofertas para continuar con las nuevas cintas de Star Wars se verán realmente afectadas. Una Carrie Fisher bastante acartonada en el guión de la novena película iba a tener más participación en la siguiente entrega. Habrá que borrar el guión y cubrir ese silencio con tristeza. Se nos ha ido la princesa de la galaxia más violenta.

May the Force be with you, Carrie.

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