Con motivo de la ceremonia del premio Cervantes 2013 que se celebró el 23 de abril, día del libro, Elena Poniatowska estuvo presente en España toda la semana pasada para este y otros compromisos en torno al máximo galardón literario que se puede otorgar en Hispanoamérica. Es la cuarta mujer en recibir el premio y quinta mexicana (antes ya lo han ganado Paz, Fuentes, Pitol y Pacheco) en una lista de 39 nombres.

El discurso que pronunció desde el púlpito del paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares donde se efectuó la ceremonia fue uno muy emotivo en el que la autora de libros como La noche de Tlatelolco (1971) o Querido Diego, te abraza Quiela (1978; reeditado ahora en España por Impedimenta en una edición bellísima y que tendré el gusto de reseñar en la brevedad), evocó su pasado y orígenes (es descendiente de un príncipe polaco; “mi familia siempre fue de pasajeros”, dijo, “italianos que terminan en Polonia, mexicanos que viven en Francia, norteamericanas que se mudan a Europa…”); recordó sus sensaciones cuando llegó a México en 1942 siendo una niña (“este enorme país temible y secreto llamado México en el que Francia cabía tres veces se extendía moreno y descalzo frente a mi hermana y a mí y nos desafiaba: descúbranme”, aseveró); en su línea, habló en nombre de los marginados, de los pobres, del México popular, del México que, según sus palabras, fue el que le enseñó el idioma; transmitió su preocupación como mujer en un mundo que no las toma demasiado en serio; recaló en el presente, señalando hechos, al más puro estilo periodístico como no podía ser de otra manera tratándose de quien se trata, sobre acontecimientos incómodos en la realidad mexicana como las dos muertas más recientes en Ciudad Juárez. En fin, el acto, por un lado, fue muy correcto e institucional pero, por otro, también muy honesto (al menos de parte de la galardonada, de parte de los políticos y la nobleza presentes no creo que mucho) y Poniatowska estuvo a la altura de las circunstancias.

Pero, en cambio, donde se le vio torpe y metiendo la pata fue un día después cuando, entre tantos otros compromisos en universidades y coloquios, se celebró en el Instituto Cervantes una conversación con el escritor veracruzano-barcelonés Jordi Soler. Se le notó cansada, distraída, ajena, no en sintonía con el momento, atropellándose; en definitiva, anciana.

No ayudó tampoco Soler porque no supo dirigir la charla ni amoldarse al ánimo de Poniatowska, cometiendo uno de los peores errores que se pueden hacer en una entrevista: llevar un guion y ceñirte testarudamente a él aunque en el acto a todas luces no funcione. De entrada, Soler se presentó como un mal entrevistador y ya uno podía intuir que aquello estaba destinado a la infamia porque desde un inicio Soler estaba justificando mediocridad de su parte, curándose en salud como quien dice. Tardaba siglos en formular una pregunta y Poniatowska parecía perder el hilo de la conversación, respondiendo no siempre con temas que tuviesen que ver con la pregunta y siempre de una manera mucho más ligera, breve y superficial que lo que pretendía extraer Soler; se notaba que Elenano no estaba para filosofar demasiado y sí para contar las mismas batallitas de abuela que viene contando desde hace años y que le riéramos las gracias, pero Jordi insistía en una fórmula que no le estaba cuajando, incapaz de adaptarse al ritmo de la homenajeada.

Tan irregular fue aquello que hasta se vivieron momentos de bochorno cuando Soler preguntó a Poniatowska sobre su pensar en cuanto al racismo y desigualdad que se vive en México con respecto a los indígenas o a los mexicanos con rasgos más indígenas que europeos. Entonces ella pidió a Juan Ramón de la Fuente, ex rector de la UNAM, presente ahí, que interviniera en la charla. Su aporte fue más bien insulso, se expresó como un mero político, abusando de la retórica pomposa que adorna y da muchas vueltas para decir cosas simples. El caso es que cuando el ex rector terminó su comentario, Jordi Soler dijo “ahí está la voz de la autoridad”, a lo que Poniatowska risueña e incomprensiblemente respondió, patinando totalmente, con un “no, no es tan autoridad”, para extrañamiento e incomodidad de Soler y el resto del público; a saber qué quiso decir. Fue una conversación accidentada y poco interesante…

Esto me hace pensar en que no deberían esperar tanto tiempo para condecorar a los escritores-artistas, sino premiarlos antes, cuando son jóvenes o más o menos jóvenes y están en sus plenas facultades intelectuales y físicas, porque es cuando realmente van a aprovechar los premios (recuerdo que le preguntaron a Pacheco que en qué iba a gastar el dinero del premio Cervantes y respondió que en ¡pagar las facturas del hospital!). Así también nos ahorraríamos la exhibición pública de escritores muy mayores que ya patinan más de la cuenta, quedando a veces incluso en ridículo, salvando con ello su integridad y la imagen que los lectores y la sociedad en general tienen de ellos. Etcétera.

Me alegra este reconocimiento a Poniatowska, claro que sí, pero creo que ya viene siendo hora de que se retire de la vida pública porque ya no está para según qué trotes; reconocer ese momento también es una virtud.

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