Luis García, mítico nombre con reconocimiento a nivel nacional y mundial, recordado principalmente por su posición como delantero letal en la Selección Mexicana. En la travesía que hemos tenido en la Liga del IMSS, hemos encontrado a su homónimo. Incluso, lo descubrimos jugando en la misma posición dentro del campo, pero con otra responsabilidad con mayor grado de astucia: actuar como “Cazagoles”.

“Luisito”, de apenas ocho años de edad, defiende los colores “Rojiamarillos” del Atlético Morelia en una de las ligas infantiles más importantes de la capital michoacana. A diferencia de los delanteros letales tradicionales, porta la camiseta número dos, poco usual para un futbolista con su posición.

Cuando salta al campo, lo hace con la misma ilusión y esperanza de cualquier infante a punto de recibir un nuevo regalo, un nuevo juguete. Su rostro lleno de felicidad se contagia en todos y cada uno de los metros cuadrados del césped cuando sus pequeños zapatos de fútbol rozan la pelota con menor dimensión que una de número cinco.

Inicia el cotejo. Su equipo es quien mueve primero y de inmediato tocan hacia atrás para hacer salir al rival. A García, eso parece importarle poco ya que de inmediato pica en sprint hacia la portería contraria con la intención de no moverse más de ese lugar durante el resto del partido. Rodrigo Hidalgo, camiseta número 40, es el encargado de realizar la marcación férrea sobre su humanidad.

Minuto a minuto, Luis García se mantiene en esa posición de centro delantero clavado, y literalmente, clavado. Casi junto al portero, cerca de la tiza blanca de la línea de gol, esperando un pelotazo lejano que lo mantenga con la ventaja sobre su marcador para simplemente esforzarse poco y clavarla dentro del arco rival.

Aunque las acciones del encuentro se desarrollan en la mitad de la cancha, “Luisito” se mantiene a un metro de la portería de su rival, esperando un despiste de Rodrigo, quien sólo recibe las indicaciones desde la tribuna “¡Empújalo, empújalo!”. Casi instantáneo comienza ese forcejeo de brazos y manos, jalones de camiseta, giros de 360° y miradas fulminantes.

Luis trata de despojarse de su marca, Hidalgo lo persigue. Si el camiseta dos de Morelia se mete al arco rival ahí va Rodrigo, no lo puede soltar, no lo puede dejar solo ya que en esta categoría no existe el fuera de lugar.

Inesperadamente sus compañeros se acercan sigilosamente hacia el arco de los “Dragones”, Luis parece más atento que nunca en su corta vida, se bota para recibir y provoca el tiro de esquina. En la celebración del corner, García se mueve de un lado a otro dentro del área chica, trata de despojarse de Rodrigo quien lo marca cual si fuera chicle, estampilla, como si fuera una piedra en el zapato imposible de sacarse.

Llega el centro, García remata con la cabeza, el disparo sale directo hacia el poste derecho del guardameta y, para su fortuna, la pelota le cae de rebote para que simplemente la empuje. Dicen que hay que estar en ese justo momento, dicen que sólo un delantero con cualidades e intuición sabe que esas pelotas ahí se encuentran. Lo de García es plena estrategia, es inteligencia, es un plan malévolo.

El central silba la reanudación del encuentro y lo de Luis deja de ser extraño, otro pique hacia la portería de los “Dragones”, la gente sólo observa, le pone atención, no quita su mirada de los movimientos que realiza. El timonel del Atlético Morelia realiza indicaciones pero al delantero de ocho años tampoco parece importarle, él sólo se enfoca en el duelo eterno con Rodrigo, quien, ya harto, de esa marcación personal comienza a empujarlo con mayor fuerza por la espalda.

García voltea, le lanza su mirada resentida, no le parece y se va aún más atrás, casi junto al portero. Desde la tribuna vuelven a mandar: “¡Ya denle los guantes!”. También se desesperan pero el niño crédulo prevalece con la intención de volver a marcar. Seguido, el guardavallas se acerca misteriosamente a Rodrigo, le susurra en el oído, lo alienta, lo empuja hacia adelante y de inmediato vuelve a impulsar a “Luisito”, quien sin decir nada se mantiene como una estaca, cerca de su rival, mordiéndolo en la oreja, amenazando el gol.

Culmina la primera parte, Luis sale más feliz que nadie hacia su banca, ha metido un gol y le ha pintado la cara a todos, casi no toca el balón pero tampoco le importa, lo único que quiere es volver a llegar a la cita puntual con el gol.

El central decreta el inicio de la segunda parte, su equipo va goleando, la cantidad no importa, es una final y la disfrutan. García retoma su posición, a pesar de las indicaciones y reclamaciones de su estratega, vuelve a picar hacia la portería rival y Rodrigo vuelve con el dolor de cabeza que le ha aquejado desde el primer segundo.

La presencia de García no parece intimidarle a nadie pero la pelota vuelve a acercarse al marco de los “Dragones”. Luis se mantiene atento al rebote y ahí, vuelve a aparecer, sin buscarlo, sin indagar, sin intuir, la metió desde ahí, desde su lugar de honor, desde su punto predilecto, volvió a romper la red.

Los rivales nunca se desesperan, total, es un juego, la derrota la tienen y le dejan de prestar atención a García. Èste se mantiene, nunca abandona, nunca se aleja, nunca presiona, jamás corre, sólo espera. De pronto llega una pelota larga, un defensor impactó la pelota con todas las fuerzas del mundo. Pasar la esférica desde atrás hacia adelante para un infante de esa edad es un triunfo.

Una de las oportunidades planeadas y esperadas para Luis llegó, no la pudo controlar para su mala fortuna pero lo intentó, ya metió dos, no necesita más. Es entonces cuando su Director Técnico decide acabar con todo. “Luisito” abandona el campo de juego, con la mirada en alto, corriendo como nunca (no se ha desgastado) le da la mano a su rival y con una sonrisa de mejilla a mejilla denota su felicidad con su aportación al título.

Ya desde la banca simplemente se sienta al lado de sus compañeros, observa el desenlace del juego paciente y con la esperanza de volver a ingresar en el torneo venidero y de nueva cuenta hacerle pasar un rato desagradable a todos los defensores de la Categoría 2005 en la Liga del IMSS.


Fotografía: Ismael Arroyo

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