Hace un par de días leía sobre una técnica para mejorar la memoria creada por Joshua Foer, un periodista de ciencia que se interesó en el tema luego de cubrir un Campeonato de Memoria, realizado de manera anual en la ciudad de Nueva York. En ese evento, Foer queda asombrado por la capacidad de los concursantes para memorizar poemas y listas de cifras con tan solo una mirada –sí, resulta sorprendente al decirlo-.

Al dialogar con los participantes Foer se entera de que, según un estudio del University College de Londres, estas personas no tienen cerebros estructural o anatómicamente diferentes a los de cualquier persona  promedio; tampoco son más inteligentes, según indicaron las pruebas cognitivas.

Sus hazañas de memoria se deben a un entrenamiento riguroso basado en técnicas antiguas, como las empleadas por el político romano Cicerón para memorizar discursos completos, o las que usaban los eruditos medievales para memorizar libros enteros. Otras técnicas son inauguradas en la actualidad por las vacas sagradas del ámbito, y en parte lo emocionante de estos concursos está precisamente en el uso de nuevas técnicas para memorizar más y más rápido.

El inicial interés periodístico de Foer lo lleva a entrenarse durante un año -eso afirma aunque pareciera poco para lo que viene a continuación-, participa en la próxima edición del concurso, y termina -accidentalmente- ganando el primer lugar. Tras su triunfo, se dedica a sistematizar una técnica que permita acercarse a estas hazañas de memoria a cualquier mente promedio -o por debajo del promedio-. De hecho, el periodista relata el caso de un hombre con amnesia que logra ser exitoso en estos concursos gracias al entrenamiento de su memoria.

La base de la técnica se ilustra con la paradoja de baker/Baker -en el idioma inglés, la palabra para panadero y un apellido relativamente común en el mundo anglosajón-. La diferencia radica en decir que tal persona es baker -es un panadero- o Baker –una persona que se apellida así.

Para la mayoría de las personas resultará mucho más fácil, tras un buen rato de escuchar la frase, recordar a un panadero que a una persona apellidada Baker.

La explicación de esto está en lo que la psicología llama «codificación elaborativa», que es la capacidad de nuestra mente para ligar imágenes y conceptos previamente instalados en nuestra memoria a la nueva información recibida. Así, uno no solo se queda con que tal persona es panadero, sino que a ello se asocia el olor del pan, tal vez la panadería de la esquina, la textura de un cuernito, o la vestimenta del panadero. En el caso del apellido no hay mucho que asociar. Todo está en convertir la primera letra en minúscula; por así decirlo en ser capaces de dotar de significado el nuevo dato.

Nuestras vidas son la suma de nuestros recuerdos, eso asegura Foer, y parece una buena acepción de lo que la vida es, tal vez no la única, pero al menos una manera convincente de ver esto que hacemos de manera diaria.
Y los recuerdos, que conforman la vida, se instalan en la memoria gracias a la significación que hacemos de los nuevos datos. El dato de que tal persona es baker/Baker se vuelve más propenso a ser recordado y almacenado en la memoria cuando se llena de significado para cada uno, cuando toma forma de un olor, una imagen…

Eso, -y por fin he llegado al meollo-, es lo que hace un opinador: dota de significado y crea recuerdos colectivos. Un opinador, al momento de emitir un juicio -una opinión-, sobre un tema, acontecimiento -o lo que sea-, dota de significado a un conjunto de datos, salvándolos de asilarse en la memoria en forma de recuerdos no visitados.

Es una gran responsabilidad eso de que un punto de vista personal contribuya a la generación de recuerdos colectivos; sea la opinión del opinador de la cuadra, de la familia, o del noticiario de las 10pm que monopoliza gran parte de la audiencia televisiva. Ser parte del engranaje de la «codificación elaborativa» colectiva, es decir, convertir el apellido digno de ser olvidado en la figura de un panadero que sí es recordado, requiere, sin duda, de mucha integridad. Una integridad que puede parecer tan pesada como la losa que se cargó El Pípila; pero que también, aunque pesada, da la posibilidad de derribar puertas de otro modo infranqueables.

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Imagen Por: Leffler, Warren K. Dominio Público.

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