Con su bebé en el brazo izquierdo y una cerveza en la otra mano, Lidia da un trago justo cuando un centro en el área chica se configura en un golazo. De la emoción se ahoga con el trago y tose escupiendo todo. El chorro les cae a los de adelante que ni se dan cuenta por andar celebrando. Durante el gol de Monarcas nos cae líquido de todas partes. Los tambores quiebran el cemento, las banderas no dejan ver el campo y algo en ese preciso momento hace pensar que el equipo está listo para ganar la copa dieciséis años después.

Así es como se debe disfrutar un gol en un estadio.

Estamos en la Malla 4: mítica y satanizada, sin duda es la mejor zona del estadio. Aquí está la barra principal del equipo, un montón de aficionados que jamás miran el partido desde el asiento. Los 90 minutos se viven parados, gritando, cantando y aplaudiendo. Ya es costumbre mirar el juego así, quien quiera ver todo desde el asiento tendrá que admirar traseros bailando.

En esta zona la gente ve con algo de vergüenza a los demás aficionados que tienen que trasladarse al estadio, hacer fila para comprar boleto y terminar viendo el juego sentados comiendo garbanza. Para eso, mejor quedarse en casa, “ahí hasta puedes estirar las patas”, dice uno que brinca sin camisa.

El descontrol es lo que le da vida a los estadios, si no, qué chiste tiene jugar de local. Una afición bien educada es una afición deficiente. Se necesita sacar lo bestia de vez en vez. Un estadio es un buen lugar para simular una batalla, no a manera de violencia sino con la misma idea de patria. El rival tiene que salir con miedo ante el poder de la afición. Las estrategias de juego también se ejecutan desde la Malla 4.

Un partido desde la zona de palcos es tan aburrida como un informe de gobierno. Entre asientos reservados y una mirada que lo absorbe todo, no hay espacio para sentir demasiadas cosas. La gente está muy ocupada tomándose fotos o preparándose tragos de Bacardí. Es muy similar a las áreas para gente importante en los antros, pueden ver con privilegios pero no formar parte de ello. Si cae gol, gritan discretamente, como orgasmo de ultraderecha. Jamás les van a escupir cerveza en la nuca por la emoción. ¿Hará falta eso? Quizá, hay alegría, hay entusiasmo, pero no la suficiente mezcla para poder llamarlo emoción. Mucha gente está en los palcos por invitación o peor aún, porque si no van se desperdicia el asiento. Ante esta actitud de poca fe, se adivina la falta de entrega.

Sin embargo, la esperanza surge en un palco semivacío. Un hombre regordete y con una calva disimulada con dos tres pelos jalados hacia adelante grita como desquiciado en cada centro y pase filtrado. Trae una camiseta del Monarcas campeón, tras más de quince años de historia, esa camiseta parece haberlo vivido todo. Sobre todo un dueño más delgado. Ahora la casaca se estira dando lo mejor de sí. Y entonces el señor grita, agita las manos y sufre como hombre declarando impuestos. Estos gestos abruptos incomodan a las personas a la redonda. No está callado, ni tranquilo, ni mucho menos sentado, por lo tanto, no embona en los palcos del estadio.

Las miradas son de molestia y de vergüenza. Quién sabe cómo llegó ese hombre ahí, los palcos no son para eso. Ahí se ama al equipo desde una zona tan profunda del alma que resulta imposible notarla. La única emoción es aplaudir los goles a la manera de las monarquías: con tres aplausos cortos y moderados.

Al terminar el partido las cosas quedan claras, la zona de la barra más ruidosa del estadio se cierra y todos los que están dentro esperan enjaulados y bañados en sudor a que salgan los demás. La policía les vigila cada movimiento. Ellos no se sienten discriminados, al contrario, esa actitud de prevención les da poder.

En los palcos no hay rastro de seguridad armada, es más, los dueños de estos cajones grises se pueden quedar a seguir bebiendo el alcohol que hayan traído porque nadie tiene miedo a que hagan algo indebido, la monotonía de sus vidas los hace inofensivos. Ante tanta falta de entrega durante el partido, lo mejor es dejarlos que sigan aburridos todo el torneo.

Fotos: Janik Frías
Texto: Dekis Saavedra 

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