Un vecino se colgó con un tendedero en el baño de su casa. La noticia no causó el gran chisme. Ya es común que se quiten la vida muy seguido. El motivo: su novia lo eliminó de Facebook.

Cuentan los del ciber que se volvió loco y pateo un CPU. Lo tuvieron que sacar y por falta de internet en su casa escogió el fin de su vida. La historia puede sonar exagerada, pero en Morelia siempre habrá espacio para lo imposible. Sobre todo en sus colonias populares.

La novia alega que ella no hizo eso. Que lo amaba con todo. Que alguien debió de haberse metido a su Facebook y eliminado al muchacho. La tragedia ya es irremediable. Los peros valen cada vez menos. Ya la pretenden dos tres morros nuevos. Accede.

El asunto acá es que este vecino caído representa una actitud muy común en esta era: la de las personas que modifican su estado de ánimo por las cosas que suceden en las redes sociales. Me ha pasado. Nos ha pasado. Te ha pasado.

Algún poder psicológico tienen las redes que exageran las opiniones.

Publicar “estoy triste” por no encontrar los audífonos, puede traducirse como un “estoy triste” y quiero estar muerto. Depende del contexto y de la lectura que le dé el lector. Digamos, tus amigos pueden estar de fiesta y leen que estás triste y automáticamente pensarán que estás deprimido. Y al contrario, una persona que se quedó en casa porque su auto está en el taller o no le han depositado puede deprimirse por ver las fotos de sus amigos en la fiesta.

Esto puede llegar a sonar exagerado, ¿quién se altera tan fácil? El asunto es que estas reacciones son más comunes de lo que parecen. Si a una adolescente le dicen que salió gorda en una foto puede que ese comentario le altere la imagen que ve frente al espejo durante meses. Aunque el comentario haya sido en broma. Y peor si alguien más le dice “gorda” de nuevo. También funciona cuando alguien les dice que se ven muy bien. Sienten que todo el mundo le debe el honor de contar con su presencia. Aunque el comentario se los hayan hecho sus tías o sus mamás.

Las personas están cada vez más susceptibles a la opinión pública, porque de eso se tratan las redes sociales: de exagerar la imagen pública. La gente no necesitaba verte ni saber todo de ti, pero aún así decidiste hacerlo y te expusiste a sus halagos, pero también a sus críticas. Y cuando llegan las críticas te encabronas y quieres matar a todo el mundo.

Hace no mucho comenté que no estaba de acuerdo en que un festival local metiera a bandas locales sólo para que esas bandas les llenaran de gente los lugares que el festival por sí solo no llena, la crítica se volvió loca. Pero qué de malo tiene dar una opinión. Y sobre todo si la opinión es tan justa y lógica como suena. Entiendo que exista gente que le gusta que se le apoye siempre, al mil por ciento, sin perder la fe en todo lo que hacen. Pero de vez en cuando es bueno escuchar una opinión distinta sobre nosotros o lo que hacemos. Un montón de alabanzas sólo terminan en ceguera.

Imagínense qué bueno hubiera sido para Hitler o Elías Calles que les hubieran generado una cultura de la crítica. Las cosas hubieran sido un poco diferentes. No solo puños cerrados y mataderos. Ahora imagínense si este tipo de personas hubieran tenido Twitter o Facebook. Insufribles, ¿verdad?

Por eso el uso de las redes sociales tiene que recaer en lo más simple: entretener, divertir, relajar, generar contenido entretenido. Sí, es una gran vía para la información inmediata, también sirve para crear conciencias, pero la mejor versión de una persona no está en la moral que muestra en sus redes sociales. Jamás. Las redes son sólo imágenes retocadas y acomodadas a conveniencia de la personalidad de las personas. No muestran completamente al usuario. Nadie sube fotos de cuando está haciendo del baño o vomitando. En las redes todos somos limpios, puros, morales, inteligentes, interesantes y honestos. Todo esto es bueno, lo malo está en la gente que se siente como la persona que es en las redes. Actitud bastante idiota.

Seamos un poco más honestos y no suframos ni nos creamos dioses por las cosas que se publican a diario en la red. Total, la vanidad queda sepultada con miles de otras vanidades más actualizadas. Ser alguien ahí depende de muchos factores que abarcan todo menos la realidad. Los cien mil likes o las cien mil críticas no dejan de ser opiniones de gente que utilizó las redes en lo que estaba haciendo del baño o parado en el semáforo. ¿De verdad les interesa la opinión
de alguien que estaba sentado en una taza de baño o ahorcándose con un tendedero? Incluso esta columna la estoy escribiendo en un Burger King tragando papas. Nada tiene sentido. Nada es tan profundo como suena.


Fotografía: obra de Jason Penner.

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