Lo interesante del boxeo amateur es que la gente va esperando la menor calidad posible y sale con deseos de quebrar narices y dedicarse a esto.

Entre un montón de sillas de aluminio la gente grita como desquiciada, apoyando a un boxeador moreno que hace menos de cinco minutos ni conocían. Sus ídolos son desechables y en cosa de tres rounds se les va la vida por completo. Si su favorito falla, ellos fallan.

El lugar es un casino de alfombras limpias y tragos baratos. Dentro se respira un aire de neutralidad, en donde no se siente clima, presión o estrés alguno. Parecía un sábado normal de señoras que vienen a gastarse el sueldo de sus maridos en las máquinas y de hombres que desperdician la herencia de papá un sábado más, pero una cartelera hechiza lo transformó todo.

Una serie de peleas de box amateur iba a realizarse en el estacionamiento del casino. En el cartel se mostraba a hombres con brazos duros y abdómenes inciertos, todos viendo de frente y simulando que esto pasaría en el Square Garden. Alguien pegó una lona enorme en la entrada del casino y los curiosos empezaron a amontonarse. Sobre todo por un dato sencillo: las once peleas de la noche serían gratuitas. Así que las sillas se llenaron de gente y entre chequeos por parte de la seguridad y un frío asesino, el Arenia vio como se empezaban a amontonar mirones alrededor de un ring silente.

El lugar estaba lleno de mesas reservadas, todas de aluminio, como en las bodas de pueblo. El ring estaba embarrado de una luz dorada y unas bocinas negras esperaban atentas a sacar el primer tema de la noche. A lo lejos, muy por encima de todo, se alcanzaba a ver una estrella de color distinto. Naranjoza. Al revisar con un mapa nos dimos cuenta de que era Marte. El planeta rojo alcanzaba a ver perfectamente el ring, haciéndole méritos a su nombre griego del dios de la guerra.

Mientras el aire le golpeaba la espalda a la gente y los meseros paseaban cervezas en lata y tacos de tripa, una bocina empezó a chirriar como gato herido. Era un corrido mexicano hecho en el nuevo siglo que anunciaba la primera pelea. Al ring subía una morena con brazos macizos y nariz de bola; era Fany, la potranquilla, sacada de los laberintos de cemento del Estado de México, caminada lento y seguro, reforzada con una mirada de confianza y menosprecio. El público la miró con duda y aplaudió ligero. Luego subió su rival. Parecía broma, parecía como que alguien no las hubiera pesado bien. Al escenario llegó agitando los bracitos Esbeidi, la bebé, nacida en Tacámbaro, con un cuerpo finito rayando en hueso. Tenía calzoncillo brillante color cielo de Marzo y una mirada de desconcierto ante el griterío y la salvajada.

El referi dudó unos minutos y se acercó a ellas consciente de su salario. Revisó los guantes bien puestos, los protectores bucales en cada tira de dientes, la careta del nivel amateur bien puesta y dio licencia para que se armara una carnicería.

“El público notó la masacre que se venía y empezó a gritar que pararan la pelea”

Al tronar la campana, los madrazos de la potranquilla le sacudían los pómulos a la bebé. Entre jabs y rectos, la mexiquense con su traje sangre respiraba tan tranquila como si estuviera echada en un sillón. Un izquierdazo en las costillas de la bebé le alcanzaron a robar el aire y el jadeo se asomaba demasiado rápido. Bebé se cubría con talento pero sus brazos no tapaban tanto. Ante la evidente masacre, decidió atacar. Un recto en la frente de la potranquilla no logró moverla ni medio paso. Otro golpe que iba hacia la barbilla terminó bien esquivado por la mujer de rojo hasta que le ensartó un gancho directo a la mandíbula. El referi, temeroso de quebrar el espectáculo, no cedía y dejaba que la bebé fuera un costal de entrenamiento con ojos bonitos. El público notó la masacre que se venía y empezó a gritar que pararan la pelea. La esquina de la bebé parecía poco preocupada por ver cómo le hacían guacamole la cara a su guerrera. Cuando la potranquilla estaba por liquidar la pelea a base de derechazos, el referi se metió entre ambas y revisó si la bebé podía aguantar más castigo. Dijo que sí y al segundo después la bebé estaba ya tirada en el piso con el ardor horrible de un derechazo en el tabique. Con ese dolor que quema en todo el cuerpo y hace que el ojo escurra lágrima, la bebé se paró y siguió soltando golpes firmes que no hacían nada de daño. La cara de la mujer de azul se veía nerviosa y en un pestañeo recibió una combinación directa a la quijada. La gente gritaba que eso era todo. No querían masacre tan temprano. No había pasado ni un round y la pelea se detuvo finalmente. La potranquilla apenas e inflaba el pecho. Claramente estuvieron más difíciles las tardes en el sparring.

Image: YouTube

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Mientras los fanáticos se iban prendiendo y al ring subían todo tipo de novatos con jabs  impresionables, de las bocinas empezaron a sonar unos campanazos duros que anunciaban a Ángel, el segundo bebé de la noche. Entre los guitarrazos de Angus Young se fue subiendo al ring mientras le atascaban de vaselina la cara. Por su complexión se adivinaba que este bebé recibiría mucho castigo en cejas y pómulos. Pero contrastaba, si había elegido a AC/DC para entrar al combate, era sin duda un hombre peligroso. Luego empezó otro tema: era The Trooper, de Iron Maiden, y con tremenda sinfonía el bebé y el público empezaron a sentirse intimidados. De la carpa de calentamiento salió Julio Cesar, con traje rojo brillante y un patrocinio del Kandys, tugurio local para adultos, en la nalga izquierda.

Al sonar la campana el bebé le hizo un honor total a su apodo. Se dejó pegar, se arrinconó y permitió que Julio Cesar se pusiera fanfarrón con sus costillas. Entre chiflidos y carcajadas, los tres rounds de una buena pelea amateur pasaron volando. Ganó Iron Maiden y el segundo bebé ni vio pasar el convoy de fierrazos que le acomodaron entre pecho y coronilla.

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Lo interesante de las peleas amateur es que puedes notar el presupuesto del evento con ver dos segundos a las edecanes que cargan los letreros entre cada campanazo. Estampadas a un uniforme hecho de tela de bandera de telesecundaria con adornos medio tejanos, las chicas de la pestaña postiza y la cadera divina embonaban perfecto con el discurso llanero de la noche. Esto hacía al evento más interesante aún. El glamour no cabía en este encuentro de guantes, sudor y alarma, y eso fortificaba la sensación de que se estaba viendo algo tan puro y honesto que merecía ser admirado para que todos se dieran cuenta de este otro boxeo, uno curtido a base de esfuerzo, entrenamiento, pero también a base de tocar puertas para patrocinios pequeños, lo mismo sea de una empresa de material para construcción, como de un teibol o un bufét de abogados.

Entre días de labor en medio de los costales y la pera, los mismos peleadores salían a cazar apoyos para realizar su sueño de noquear a Pacquiao o Maywhather y vivir en departamentos como los de ellos o pasearse en sus lamborghinis. El boxeo amateur es justo eso, una puerta mal trazada pero abierta que permite avanzar a planos mejor delineados. Quién sabe, algunos de estos boxeadores que sirven más de entretenimiento de borrachos o panzones que no los toman muy en serio pueden llegar a ser los grandes héroes que derribarán filipinos, cubanos y yanquis noche tras noche hasta que los puños ya no cimbren tan fuerte.

Pero los jóvenes no se desaniman. Salen al ring con la convicción de que la historia los está observando y que el destino los mide en cada oper y en cada gancho. Así que abusan de los privilegios de su adolescencia para empezar a fantasear en cada detalle de su carrera deportiva.

“La noche estaba helada
pero en el ring las llamas estaban por hervir el paisaje”

Un ejemplo de esto fue el Brandon. Delgado, finito, con la mirada de un niño regañado y el peinado de un cantante de rockabilly. Su mamá se derretía por verlo con los guantes nuevos bien amarrados a la muñeca y grababa todo para tener un recuento de cómo, poco a poco, la gloria le fue llegando a su muchacho. Lo presentaron como un hombre salvaje, sin miedo y de brazos estrictos. A todos les sorprendió un corrido que sonaba fuerte en las bocinas. Le habían compuesto uno, decía su nombre y todo. Al contrario de los corridos populares, el corrido del Brandon no cantaba sus hazañas, todavía estaba retoño, pero sí auguraba que sería grande y poderoso. Bastaban tres rounds para saberlo.

Su contrincante llegó a hacerle frente con el Juan Colorado. Puro Michoacán. La gente les chiflaba y les adivinaba poca entrega. Antes de empezar la pelea, detuvieron al presentador y uno le dedicó el asalto a su mamá que grababa todo desde abajo con su celular y sus uñas postizas, mientras que el otro le dedicaba la pelea a su novia. Esto se estaba volviendo más una entrega de premios que un combate. Pero al sonar la campana tronaron los sellazos y las cejas se empezaron a inflar, los pómulos se pusieron rojos y los hígados se apacchurraron. Eso sí, los golpes no estaban cien por ciento finos. Se daban en el cuello, en el pubis y en los hombros. Pero parecían gallos con espolón nuevo, dándose tan duro y tan seguido que la gente se paraba de la emoción y gritaban como líderes de barra brava. Al final, la decisión dividida: el hombre del corrido probó su valía. Brandon ganó y su madre subió al ring a besarlo. El corrido ya tenía al menos un triunfo que contar para la siguiente.

Image: shutterstock

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Luego empezaron los combates profesionales. Se notaba en los cuerpos: más trabajados, tatuados, bien definidos en los músculos, con espaldas macizas y narices sumidas de tanto golpe antiguo. Así salió el Kalimba, orgullo de la escuela de boxeo Guerreros. Chiquito y tostado, el Kalimba traía una sonrisa honesta que atrapó al público luego luego. Todavía no sonaba la campana y la gente ya lo cantaba ganador. Entró con una canción de Cartel de Santa. Se le notaba la calle en el abdomen y los hombros. Su rival, mexiquense y bien entrenado, tenía un apodo peligroso: el Diamante Negro, llegó también con hip hop hasta las cuerdas. En sus ojos pequeños y negros se veía todo un historial de peleas callejeras y anécdotas nocturnas. Arrancó el combate y el Kalimba, nacido en Nocupétaro, Michoacán, le tumbó la gracia en diez segundos. Tan duro le pegaba al diamante negro que la gente decía que era penal, esos golpes eran dignos de un penal. Falta. Fácilmente se acabó el último round y el referi le alzó el puño derecho al tesoro de Nocupétaro. Sin duda lo entrenaron bien. Entre velocidad de piernas y unos esquives elegantes, el Kalimba se veía, sin problemas, en niveles más elevados.

Cuando la gente ya había tomado mucha cerveza y las gargantas ya raspaban de tanto grito, salió a escena un hombre que hizo que todo esto cobrara vida. El Zurdo, orgullo de Tierra Caliente, Michoacán, territorio de hombres tercos y ponedores, se presentaba con un currículun glorioso: líder del club Guerreros, promotor del boxeo local, organizador de la noche y, ahora, pieza clave de un combate estelar que prometía sangre y nocauts severos. Su izquierda, cuentan en su pueblo, podía desmoronar un hocico en milésimas de segundo. Su contrincante estaba más chupado pero no por eso menos idóneo. Ambos tenían cuerpos de garrafones: anchos del torso y con brazo de tubo fino. Cuando sonó la campana empezó un combate bien medido, lleno de estrategia, juego de caderas y movimientos rápidos. Con solo parpadear uno podía perderse cuatro o cinco rectos. Entre el segundo round y el tercero, el Zurdo le estiraba la quijada a su oponente haciéndole la cabeza como la niña de El Exorcista. Pero el hombre supo resistir el infierno de esa zurda maníaca, su resistencia a los golpes era colosal. No cayó, parecía una dictadura latinoamericana: dura y difícil de tumbar. Pasaron los rounds y el Zurdo se norteaba, le daba con todo y aquel hombre seguía sin doblar rodillas. Todo el público estaba goloso por el primer nocaut de la noche. Querían ver cómo sonaba un cuerpo dando el planchazo en la lona congelada. Pero no se pudo. Tuvieron que llegar las libretas de los jueces para declarar al Zurdo como el éxito de la noche. Con una sonrisa y una mirada tímida, el Zurdo bajó del ring para ser abrazado por montón de gente que se le atravesaba de camino al camerino.

“Un hombre con la nariz así
es una señal clara de peligro,
como esas arañas con manchas rojas”

Cuando acabó esa pelea la gente empezó a pararse de sus sillas, buscaban las llaves del carro y le pedían la cuenta a los meseros. Pero el presentador les dijo que a dónde, todavía faltaba la estelar. Una pelea en donde pelearía Pacquiao, dijo. Todos se quedaron mirándolo un rato y se sentaron otra vez. Una pelea más sólo podía prometer bastante daño. Al ring se subió un muchacho con la nariz tan masacrada que había que olvidarse del tabique, estaba tan hundida que solo parecía una aceituna morada pegada al labio, señal de que no había que meterse ni con él ni con sus años de madrear quijadas. Bien lo dice la experiencia: un hombre con la nariz así es una señal clara de peligro, como esas arañas con manchas rojas, llenas de veneno. Su rival estaba tan ajeno a lo que pasaba que apenas y alzó la vista cuando lo anunciaron.

El silencio secuestró el entorno y el primer round pasó como caballo asustado, tan rápido que nadie asimiló la cantidad de golpes que se dieron. Al tercer round la lona vio por fin su primera gota de sangre. Las cejas de ambos empezaba a abrirse. A seis rounds, era lógico que se empezaran a escurrir del rostro. Se daban tan duro que la gente se cubría pensando que iba a salir disparada una muela. Cuando acabaron los seis rounds, el castigo entre ambos era tanto que se ganaron los aplausos más sinceros de su vida. Esto era box y del bueno, tan capaz como el de la televisión y tan lleno de posibilidades como cualquier deporte de entrega física. Ganó el Pacquiao. El apodo le dio la victoria desde que imprimieron el cartel.

Luego, como la vida misma, todo se acabó muy rápido. La gente corrió a los baños, los meseros se fueron a sentar un rato y el basurero estaba tan intenso que nadie quería ponerse a pensar en eso. Lo que sonaba a una noche de boxeo de caricatura para muchos, derivó en una sarta de golpes bellos y explosivos. Cuándo es la siguiente pelea, preguntaban todos. Ya pronto, pues. El gentío ya quería irse porque el frío les empezó a pegar de nuevo y entre fintas, simulacros de ganchos y opers, la gente quería subirse al ring para sentirse tan vigorosos como todos esos guerreros de puño de cobre y nariz sellada. Muchos de ellos abandonarán el box como forma de vida y pasarán a algo menos arriesgado, pero suena decente decir que más de alguno llegará a tener enrollado debajo del pecho un cinturón dorado que les asegure fama, poder, éxito y gloria, si es que los puños no se rajan por el mundo.

Dekis Saavedra

 

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