La prostituta fue durante muchos años el símbolo por excelencia de la mujer caída, de la sífilis, el deseo carnal y abyección. Artistas e intelectuales de finales del siglo XIX crearon una cultura visual mostrando su temor y alabanza a estos seres abyectos, donde las ataviaron con regalos que la naturaleza les ofrecía y ropajes intrépidos que también delataban su condición de mujeres modernas, estas animosas y audaces mujeres personificaban el vicio y la concupiscencia. Bram Djikstra señala lo siguiente:

 

[…] alrededor de 1900, escritores y pintores, científicos y críticos, eruditos y esnobs habían sido adoctrinados para ver a todas las mujeres que ya no se ajustaban a la imagen de la mujer como monja hogareña como seres viciosos y bestiales, representativos de un pasado instintivo, preevolutivo, que preferían la compañía de los animales antes que la del varón civilizado, unas criaturas que eran la personificación de la hechicería y la maldad […] La mujer, en pocas palabras, había acabado siendo vista como la monstruosa diosa de la degeneración, una criatura del mal que gobernaba sobre todas las terroríficas bestias con cuernos que poblaban las pesadillas sexuales de los hombres.

 

Djikstra hace un planteamiento importante en torno a la figura de la prostituta dentro de la visión de mundo de artistas e intelectuales en la transición del siglo XIX al XX: se había creado una imagen simbólica de la misma que formaría parte de la vida bohemia. En México, pintores como Ángel Zárraga, Saturnino Herrán o Roberto Montenegro, plasmaron en algunas de sus obras la alabanza y temor que les inspiraban las mujeres públicas. Un caso particular fue la plástica del pintor zacatecano Julio Ruelas, quien encontró en la figura de la prostituta una musa que sería una constante a lo largo de su obra, concretamente hablaré de la pintura La domadora.

De mente soñadora y trastornada, Ruelas trajo al mundo un número importante de dibujos, grabados y pinturas al óleo, que delataban su afinidad por mundos mitológicos y seres fantásticos, pero a su vez, por demonios despiadados, brujas siniestras y mujeres perversas. Algunas temáticas en la obra de Ruelas son: el rapto, la violación (implícita), crímenes por celos y la destrucción del objeto amoroso. La imagen femenina, entonces, jugará un papel decisivo en la obra del pintor donde la dota de un carácter fuertemente lascivo y malvado. La mujer representada por Julio Ruelas, será pues, un sujeto transgresor, que atenta contra las costumbres morales y la sexualidad de la época que al ser rechazada socialmente se le nombra, se le recluye y se le castiga.

 

 

Julio Ruelas (1870 – 1907), La domadora (1897), óleo sobre cartón, 15 x 19 cm, Colección Andrés Blaistein

 

La domadora de Ruelas es un cuadro pintado al óleo de dimensiones pequeñas (15 x 19 cm), en el se muestra como personaje principal la figura de una mujer desnuda ataviada únicamente con un par de medias negras, escarpines y un coqueto sombrero canotier; el atuendo y la pose seductora la convierten en un objeto de deseo para la figura masculina. Presenta una actitud decidida, acechante y castigadora, el látigo que trae entre las manos da cuenta de ello, se dispone a sancionar. La mujer se encuentra bajo el cobijo de la sombra de un árbol en medio de un jardín cuya flora y clima templado posiblemente refieran a bosques germanos. En torno al sitio donde se encuentra la mujer se ha dibujado una vereda en forma de elipse producida por el correr veloz de un cerdo, quien es montado por la figura de un mono. La elipse habla de un camino sin escapatoria, en el que ambas bestias siempre regresan al domino de la mujer, ninguna de las dos puede escapar a su vigilante mirada.

Félicien Rops (1833 – 1898), La dame au cochon ou Pornokratés (1896), Grabado coloreado con acuarelas, 70 x 45cm

 

La historiografía producida en torno a la plástica de Julio Ruelas donde se toca el tema que concierne a La domadora, nos hacen saber que muchos de los análisis a los que la obra ha sido sometida apuntan, por un lado, a la influencia que ejerció el pintor belga Félicien Rops y su La dame au cochon ou Pornokratés  en la gestación de La domadora. José Garcidueñas apunta que Ruelas seguramente comprendía y apreciaba el arte Rops, por lo que no dudó en seguir sus influencias ya que posiblemente las expresiones que encontró en éste compaginaban con las suyas propias. Teresa del Conde y Fausto Ramírez nos hacen saber la enorme influencia que la literatura y mitología clásica tuvieron en la obra de Julio Ruelas. Para el caso de la pintura qanalizada, del Conde señala que la figura femenina que aparece en La domadora tiene alguna relación con el mito de Circe, la hechicera homérica que transformó a los compañeros de Ulises en cerdos cuando éstos se refugiaban en la isla de Eea. La seducción y encantamientos que la mujer lanzó sobre los hombres fueron los causantes de la transformación. Por otra parte, Ramírez señala la correspondencia que existe entre el personaje femenino de Ruelas y la figura de Eva “puesta al gusto del día: no en balde la cobija un árbol, que evoca el bíblico árbol paradisiaco”.

La vestimenta con la que la mujer está representada tiene una asociación directa con los elementos que otorgaban identidad social a las prostitutas y cortesanas de la época: ligueros, medias negras, ropas interiores provocativas y altos peinados en densas cabelleras, cuya finalidad era despertar el lívido varonil. En ambos acercamientos estamos de acuerdo, las referencias a Circe y Eva son innegables, las dos figuras nos remiten a una representación de la mujer perversa y seductora, capaces de sodomizar y orillar al hombre a caer en las tentaciones mas lascivas y abyectas. En este sentido, y siguiendo la línea de las influencias literarias, creemos que otra fuente de inspiración para Ruelas, no sólo para La domadora, sino para muchos de sus grabados y óleos en los que se representa el dominio y juego perverso entre lo masculino y lo femenino, fue la obra del austriaco Leopold von Sacher-Masoch, La venus de las pieles (1870), y su argumento masoquista en torno a la relaciones sentimentales en las que el hombre es una víctima –en este caso por voluntad propia- de los deseos femeninos:

 

-¡Hágalo –exclamé medio espantado, medio encolerizado [dice Severin a Wanda]-. Si sobre la armonía de las ideas puede fundamentarse una unión. Las pasiones proceden de los grandes contrastes. Nosotros somos dos contrastes que se yerguen hostilmente uno contra el otro, y si tengo que compartir ese amor, me es odioso, me causa miedo. Dado ese estado de las cosas, no puedo ser sino martillo y yunque. Seré yunque. No puedo ser dichoso sin ver el objeto amado. Podría amar a una mujer, más sólo siéndome cruel.

 

La relación de la novela de Sacher-Masoch creemos se encuentra en la doble vertiente que Ruelas presentó en su obra: “la mujer activa y perversa, llena de encantos, ante los cuales cae irremisiblemente un débil ser masculino. Y la mujer torturada de muy diversas formas, que se contorsiona, llora y sufre, muchas veces en agonía, al vivir su último padecimiento”. La domadora entraría en la primera vertiente.

Otro punto importante a tratar dentro de La domadora, es la cantidad de elementos simbólicos que se encuentran presentes. Julio Ruelas destacó como uno de los artistas modernistas en introducirse dentro del complejo mundo simbólico. Ya se mencionó la alusión al árbol bíblico que cobija a la mujer, pero aún falta tocar lo concerniente a las figuras del cerdo y del mono. Ambas criaturas mantienen una unión con lo bajo, lo grotesco, lo ligero y lo hábil. El cerdo es un “símbolo de los deseos impuros, de la transformación de lo superior en inferior y del abismamiento amoral en lo perverso”, mientras que el mono “alude a lo grotesco, lo instintivo, lo ridículo por su semejanza distorsionada con el hombre […]”.Los dos animales juegan un papel importante dentro de la obra ya que son lo que representa a la parte masculina de la pintura, que sin lugar a dudas, se muestran sucumbidos a la voluntad y desnudez de la mujer.

El paisaje que sirve como escenario para los personajes cuenta con una marcada influencia impresionista, muestra de que Ruelas conoció y comprendió dicha corriente artística; los elementos con los que el pintor trata el paisaje se distinguen por una técnica más libre, a base de pinceladas cortas y rápidas y trazos que van conformando formas, de acuerdo a las distintas calidades de luz a la que se espera llegar. Este tipo de técnica rompe con la lineal y precisa con la que Ruelas trata ciertos asuntos en varios de sus dibujos. Para el caso de La domadora, el autor concibe el paisaje dentro del naturalismo.

Retomando a Teresa del Conde, es prudente mencionar las imperfecciones que la autora le encuentra a la obra: “artísticamente el cuadro tiene algunos defectos […] el colorido es convencional, la composición produce un efecto molesto en cuanto que hay un árbol de ridículas proporciones, colocado precisamente atrás de la figura femenina, cuyo cuerpo es defectuoso por tener las piernas extremadamente cortas en relación a los muslos y el torso.”

La imagen simbólica construida en torno a la figura de la prostituta a finales del siglo XIX y principios del XX responde a un contexto modernizador en el que la imagen pública tiene un peso relevante, la higiene comienza a ser tomada muy en cuenta y la religión controla la vida moral. La figura de la prostituta fungió pues para diferenciar lo correcto de lo incorrecto, para simbolizar los miedos y malestares de la época, para encarnar los sentimientos misóginos y dar voz a las necesidades carnales. Su imagen va más allá de los ligueros y los burdeles; es la representación de la perversidad, la monstruosidad y la lascivia, es la flor del mal en la ciudad de la moral.

 

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