Nunca llevo la cuenta de nada. Nunca supe qué día empecé a andar con ninguna exnovia. No tengo idea en qué año me gradué. Según mis cuentas, todavía tengo 20 años. Creo que el 2000 fue hace poquito. Si no es porque nací un día después de la fecha en qué se mató Hitler, no sabría ni mi fecha de cumpleaños. Por lo tanto, no sé cuánto tiempo llevo escribiendo esta columna. Según yo, como un año. Quién sabe.

Sea o no un año, esta columna será la del aniversario de la Parlamento Pop, que después se convirtió en la opinión de Dekis Saavedra y que, en un futuro, quizá, sea algo así como Las confesiones de un hombre que se puso gordo mientras escribía.

La columna nace por que Sthan, dueño de todo lo que ven aquí (en la página, pues), vio algo interesante en las cosas que trepaba a Facebook cada día. Desde el primer momento supe que las publicaciones generaban algo, pero no algo tan serio como para pedirme que escribiera. Una vez un tipo se burló de mi por que escribía, según él, en “una revistita pendeja para niñas de la UVAQ”. Un mes después de que dijo eso, me pidió dinero prestado para que no lo corrieran del cuartillo donde vivía. Mi corazón se conmovió mucho y decidí urgar en el fondo de mi alma y ser una persona diferente por un solo día. Obviamente recapacité y no le di ni madres. Lo corrieron ese mismo fin de semana.

A dos años de esa primera plática con los directores de Satélite para escribir en su medio, todos somos personas distintas. Sthan ya se anda casando. Héctor, el editor, ya vive en el DF. Yo acá encontré, ahora sí, a qué le quiero tirar a futuro. Me di cuenta gracias a estar escribiendo esta columna. He tenido mas trabajos en otras revistas, pero en ninguna me han dejado de verdad decir lo que quiera como aquí.
En la Inkult, por ejemplo, me pedían solo cosas de Michoacán. Era el michoacanito del equipo y como tal debía de hablar de Michoacán como si fuera un Six Flags violento para entretener a sus lectores. En MexicoIndie me dijeron que escribía bien, pero que me faltaba “más acá” el asunto. Que mis reseñas eran muy profundas y que mejor pusiera cosas como “esta canción me hizo sentir cositas aquí y aquí”. En la ERRR me dijeron: ahí está, haz lo que sea. Pero lo que sea es muy sencillo. Así que abandoné todo eso. Pero me quedé acá, por que hay una idea invisible por no bajar de calidad y proponer siempre algo. Además de que pagan bien.

La primer columna que hice era sobre los barecitos covereros. La anterior a esta, sobre los beneficios de ser gordo. Y entre todo eso, se ha emputado conmigo una cantidad descarada de personas. Para mi fue increíble saber eso, fomenté la lectura a través del odio. Pero también a través de otras cosas. Mucha gente se ha reído, mucha otra se ha fascinado. Más de alguien me ha querido coger por escribir. Más de alguien alguna vez me mandó matar, también. Al final se genera algo y eso me hace sentir que no nomás vine al mundo a hacerme pendejo y morir como si nada.

Y escribir no es tan difícil ni tan sencillo. ¿Porqué digo está pendejada sin sentido? Por que es verdad. Hay días que no tengo ni cerebro ni ganas de escribir. Hay otros días que hasta que se amanece me la paso pegado dándole. Hay tantos temas de qué hablar y a veces es imposible soltar una frase bien hecha durante meses. Uno se termina odiando a si mismo en el proceso. Un hombre que escribe y no es capaz de contar algo bien, pierde sentido. Pero luego salen las buenas ideas en los lugares más perras raros y ya todo vuelve a su orden.

He escrito cosas horribles como una columna sobre el amor, pero también cosas que a mi me parecen buenas, como la crónica del Arcadia o la del taxista que se cogió a un morrito. Cosas que quizá en un futuro hagan que mire al pasado sin sentirme tan triste como cuando recuerdo mis 16 años, donde era una gloria local del billar y las maquinitas, pero al primer partido de fútbol me quebraba y dejaba inservible para siempre un dedo del pie.

Y experiencias han hervido como nunca. Una noche, por ejemplo, fui a un evento chiquito en Morelia, llamado Salvajenada. Quedé tan maravillado y feliz que juré escribir sobre ese evento hasta que alguno de los dos muriera. Por la crónica del Arcadia pasé meses enteros de quejas y amenazas. Una vez escribí sobre las combis y alguien me dijo que capté un sentimiento universal. Como decía Chavela Vargas, lo que importa son las pequeñas cosas. Todo el dinero de las columnas me lo he gastado en dulces, juguetes, comida, cine y conciertos. Nunca en alcohol a lo estúpido. Creo tajantemente que la figura del escritor que tiene que ser un borracho y drogadicto para sobresalir es una de las grandes idioteces de nuestra generación.

Cine arcadia-22

Nunca me he decidido a escribir solamente sobre música. Ni conozco tanta, ni me interesa conocer toda. Le tengo a la reseña musical y de conciertos un respeto tan grande que solo lo toco cuando de verdad es necesario. No me gusta ese periodismo que se siente dueño del entorno y pretende decirle a la gente qué puede entrar a su cuerpo y qué no. Se me hace la misma actitud que la de un sacerdote o un político pendejo. A los reseñistas nos toca exponer una noticia increíble o asquerosa, pero antes de todo: honesta. Si no es así, allá afuera hay miles de candidatos que necesitan gente que les agite una bandera en los semáforos.

Mucha gente ya no me habla por que hablé mal de sus bandas o fotografías, otros solo me hablan cuando quieren que escriba sobre sus exposiciones. Sin embargo, los verdaderos amigos siempre han estado ahí, no al pendiente de lo que diga de ellos, al contrario, consientes de que hay más comunicación que la obligatoria. Que así como creamos algo, esto puede interpretarse de muchísimas maneras. Y que el derecho a opinar, lejos de ser universal, tiene en ciertas personas un tono menos complaciente y mas analítico.

No escribo esto por que renuncie o tenga cáncer terminal. Tampoco me voy a otro país o me retiro un tiempo. Sigo como cada semana escribiendo. Pero sí quiero agradecer a la gente que me encuentro en la combi, los bares, la calle, en inbox, y que dice que me lee y que les digo que gracias; pero por dentro, se los juro, aunque ponga cara de perro emputado, me siento como cuando Woody enseña bien orgulloso que trae el nombre de Andy en su bota.

Dekis Saavedra

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