El 9 de mayo de 1939 la noticia del descubrimiento y clausura de un local clandestino donde se exhibían proyecciones cinematográficas sicalípticas pornográficas sacudió a la sociedad de la Ciudad de México.

La librería La Tarjeta, propiedad del hispano Amadeo Pérez Mendoza, ubicada en el número 12 de la calle Isabel la Católica, en pleno centro de la ciudad, había fungido, desde tres años atrás, como centro de producción, exhibición y distribución de cintas y publicaciones pornográficas. En este mismo lugar podían adquirirse condones, libros eróticos y revistas de desnudos, lo que le ostenta el título de la primera sex shop mexicana, o al menos de la que se tenga conocimiento público de su existencia.

La captura y detención de su dueño Pérez Mendoza y su socio José Durán, la noche del 8 de mayo del año en cuestión, corrió a cargo del agente Crispín de Aguilar, jefe de los Servicios Confidenciales de la Procuraduría de Justicia del DF.

Se confiscaron no sólo los lúbricos productos, también aparatos con los que se filmaban y proyectaban las cintas. La noticia fue cubierta por diarios como El Universal y La Prensa, en el que, además de dar cuenta del arresto, explicaban con lujo de detalles el modus operandi de los propietarios.

Revistas de desnudos

Pérez Mendoza y Durán habían estado en el negocio de la pornografía desde 1936, el sótano de La Tarjeta funcionaba como cine clandestino donde las transgresoras cintas, que seguramente eran rodadas ahí mismo o en el vecino número 12 de la misma calle, eran exhibidas a un exclusivo auditorio.

De acuerdo con la nota publicada en El Universal:

Este negocio venía funcionando una o dos por semana o por encargo y se cobraban tres pesos por persona. Hacía correr misteriosamente la voz que conducía a parranderos de ambos sexos a ese salón. Los dueños los trataban con toda gentileza a los asistentes y, antes de comenzar, obsequiaban una copa a sus clientes y les suplicaban, bajo su palabra de honor, las más absoluta reserva…

¿Cuánto costaba entrar a un cine porno clandestino en la época de Cárdenas?

El costo de admisión resultaba ser bastante elevado si se hace una comparación con las tarifas que cobraban las salas de prestigio de la ciudad en aquel entonces; cines de primera categoría como el Rex, Regis o Alameda cobraban un peso con 50 centavos la entrada, mientras que la tarifa de cines de primer cuadro, como el Rialto o el Goya, se accedía tras el pago de 25 centavos.

“…las clases altas fueron unos acérrimos consumidores de pornografía nacional”.

El precio de ingreso cobrado por La Tarjeta dice mucho, habla de las posibilidades económicas que poseían sólo unos cuantos para poder tener acceso a este sensual esparcimiento, lo que indica que las clases altas fueron unos acérrimos consumidores de esta incipiente pornografía nacional.

Otro testimonio que avala tal afirmación es el pacto entre caballeros a través del cual se juraba guardar el secreto. Este acto tan novelesco, en donde se ofrendaba lo más sagrado que un hombre poseía de manera simbólica: su honor, reafirmaba su posición social.

La Tarjeta, entonces, no solamente funcionaba como espacio de transgresión, actuaba también como un lugar en donde se gestaron y reafirmaron camaraderías. Esta situación permite entender cómo el ejercicio de ver pornografía en aquel entonces remitía siempre a una colectividad, algo que se hacía entre amigos o entre desconocidos, pero siempre bajo el más grande de los silencios; al final, los convocaba el mismo interés, el acceder a lo prohibido y lo no moral, a algo que no se apreciaba en casa.

Las formas de consumir cine erótico en el México de Cárdenas eran, como nos hemos dado cuenta, muy diferentes a lo que sucede hoy en día donde la pornografía es un producto netamente intimo.

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