Las bóvedas de la Filmoteca de la Universidad Nacional Autónoma de México resguardan un sinnúmero de tesoros invaluables para los estudiosos de la historia del cine nacional. Desde su fundación, el 8 de julio de 1960, siendo rector de la universidad Nabor Carillo, la institución se ha encargado del rescate, preservación y difusión de la memoria fílmica universal y mexicana, contando además con un rico fondo documental, en donde cinéfilos e investigadores pueden encontrar carteles, guiones, fotografías y bibliografía especializada en historia del cine y análisis cinematográfico.

De acuerdo con Iván Trujillo Bolio, quien trabajara en dicha institución de 1980 a 2008 -y fuera también director general de la misma-, la importancia de los archivos fílmicos recae en que las películas no sólo pueden -y deben- considerarse como obras de arte, sino también como fuentes de información que hablan de diferentes aspectos y momentos por los que una sociedad atravesaba en un tiempo y espacio determinados. Siguiendo con Trujillo, hay seis formas para que una película ingrese a un acervo fílmico: 1) compra, 2) donación, 3) depósito, 4) intercambio, 5) permiso para copiado y 6) producción propia.

Dentro de este inmenso cuerpo documental resguardado por la Filmoteca existen 29 cortos de carácter estrictamente pornográfico –de supuesta manufactura mexicana- que llegaron a sus bóvedas por asares del destino. Muchas de estas cintas aparecieron de manera inadvertida en un lote de películas de nitrato adquirido en el mercado de “La Lagunilla”, mientras que otro tanto llegó a través de una donación realizada por una familia acaudalada junto con un aparato de proyección de 9.5 mm de la marca Pathé Baby, patentado en el año de 1922. La institución también cuenta con una colección pornográfica de origen francés en formato DVD, por lo que el material que ofrece de este género cinematográfico es realmente amplio.

En una entrevista realizada por Juan Gabriel Solís en septiembre de 2008 a Francisco Gaytán, ex director de restauración de la Filmoteca, comentó: “La característica de estas cintas es que son copias de copias de copias. Vienen muy rayadas y dañadas. La calidad no es la mejor”.

El problema del estado físico de las cintas es lamentable ya que impide una observación y análisis óptimo de las mismas; algunas de ellas no están completas, sin embargo, también hay otros contratiempos para su estudio; al carecer de datos técnicos: director, reparto, año, equipo de producción, etcétera. El personal de la Filmoteca ha bautizado a la mayoría de estas cintas con títulos apócrifos que responden a su temática situacional con la finalidad de tener un mayor control de clasificación, acción que resulta interesante por el hecho de que fueron “otros” los encargados de nombrar los cortos.

Fue a través de un intercambio de gustos, saberes, entendimientos y análisis que el material de la colección cobró identidad, dando como resultado un andamiaje en el que el nombre no son meras letras sueltas, sino que dice algo, trasmite un punto de vista; mientras que para otorgarles un supuesto año de elaboración tuvieron que recurrir a elementos como el vestuario, locaciones, utilería, entre otros, para fecharlas entre los años de 1926 a 1950 aproximadamente, sin embargo, los datos precisos permanecen en el anonimato.

La colección pornográfica de la Filmoteca es una joya que ha permanecido en total invisibilidad. Las cintas se han transferido a video y DVD para salvaguardar los formatos originales, siendo exhibidas en lugares como el Museo José Luis Cuevas o festivales como el de Cine Erótico de la Ciudad de México en 2005, Expresión en Corto en Guanajuato también en el año 2005 y el Festival Internacional del Cine de Morelia en 2007. Durante este último, los cortos porno, musicalizados en vivo por la pianista Debora Silberer, fueron proyectados en una función especial al filo de la media noche como preámbulo al estreno del cortometraje Bramadero de Julián Hernández.

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