Lo primero que pensé fue que se parecía un chingo a Cuajimalpa, a “Iztapalacra”, o algún lugar del área metropolitana de la Ciudad de México, aunque creo que en México no somos tan morbosos como para querer ver la pobreza desde encima, es más, entre menos se vea, mejor, por eso se colocan anuncios y edificios altos que la tapen, y bueno, hasta el presidente se inventa datos para decir que su gobierno la ha reducido (solamente en los discursos que lee), pero aquí, desde mi cómodo asiento del teleférico, se mostraba frente a mis ojos una de las realidades de Brasil: la favela.

El turismo de la miseria

Según uno de los infográficos de la central del teleférico, el sistema se había construido para conectar a los habitantes de Complexo Alemão (la zona de favelas más grande al norte de Rio de Janeiro) con el resto de la red de transporte público: tren, metro, y rodoviaria, y aunque parecía una buena obra de ingeniería, la verdad es que algo olía a podrido, sobre todo porque en el recorrido no se veía el mar de “habitantes” que se supone transporta diariamente, el costo del pasaje rondaba los veinticinco pesos por viaje, y no sé, lo más sospechoso fue cuando supe que el teleférico se inauguró sólo tres años antes de la Copa Mundial de fútbol.

El turismo de la miseria

Si mi lector@ es igual de desconfiad@, posiblemente también adivinará que lo indeseable de la favela se convirtió de pronto en un bizarro escaparate que se contempla desde las alturas. No era mentira, desde lo alto pude ver a la “policía pacificadora” apuntándole a la gente, escuché que los moradores les gritaban mientras hacían operativo en el barrio, pude ver la superposición ad infinitum de viviendas, vi que los callejones daban vueltas, giraban y se metían entre las laderas de los cerros, y claro, la sospecha se hizo evidente al llegar a la última estación, pues mi amigo, un limeño que ese día guiaba a unos gringos, comentó que no era conveniente bajar a las calles aledañas porque era peligroso. Como el barrio bravo de Tepito, por más que se le intente “pacificar” y adornar, en la favela más vale no andarse haciendo el valiente.

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Aunque Rio de Janeiro no es la ciudad más grande de Brasil, en ella existen cerca de 1070 favelas distribuidas en la zona norte, oeste, y sur de la ciudad, es decir, ellas están en todos lados. Para comprender su aparición como fenómeno urbano hace falta observar tres coyunturas históricas: La promulgación de la ley Áurea (1888), que liberó a miles de esclavos negros, pero que sin intención de integrarlos a la sociedad brasileña, simplemente se les lanzó a las calles; el fin de la guerra de los Canudos en el nordeste de Brasil (1893-1897), que provocó el retorno de miles de soldados sin trabajo; y finalmente, las Reformas urbanas (1903-1906) que expulsaron a los sectores más pobres del centro de la ciudad. Así, la población negra, los pobres, los mercenarios y los desempleados, fueron obligados a vivir donde nadie más quería y podía vivir, en los cerros.

El turismo de la miseria

Sin otro lugar a donde ir, las favelas se han construido y han adquirido una forma nacida en la improvisación, las casas se han adaptado a la geografía del medio como una extensión de la ladera, se han superpuesto unas a otras en busca de un espacio para edificar un nuevo techo. Los servicios de luz, agua y drenaje, se han añadido según la necesidad de crecimiento de la favela, produciendo telarañas de cables por encima y canales de desagüe a cielo abierto por debajo; y curiosamente, uno de los elementos más comunes del paisaje es la presencia del llamado “gato net”, que es un sistema de televisión de paga suministrado ilegalmente por las milicias que controlan la favela.

El turismo de la miseria

Y no obstante que la favela aparece como un escenario recurrente en Rápido y furioso 5 (Universal pictures/2011), pensar en un auto es un sin sentido porque de entrada ni siquiera existen calles para que circule, pues el desplazamiento se hace a través de callejones que suben en interminables escaleras que se conectan unas con otras, que doblan caprichosamente, que terminan en patios pequeños, o que simplemente se cierran frente a la puerta de alguna casa. Es más, ni siquiera se necesita salir de la favela para conseguir los productos de consumo cotidianos, ya que en ella se puede encontrar desde pan, legumbres, ropa, servicios de peluquería, iglesia, consumibles electrónicos, lanchonetes, y si se requiere, juguetes y lencería en las sexshops.

El turismo de la miseria

Sin una planificación urbana, porque no interesaba a la alcaldía y porque sus moradores no eran sectores sociales “relevantes”, la favela se extendió hasta crear enormes áreas de vivienda sin servicios públicos ni infraestructura básica, y mucho menos, de presencia efectiva del Estado. Frente al abandono de la prefectura, en las favelas surgieron grupos que ofrecían “protección” a cambio de paz, y con los años, esos grupos terminaron controlando el tráfico interno de drogas, el servicio de combis, el suministro de luz, agua y gas, así como los permisos para realizar fiestas y bailes funky. No obstante que existen organizaciones criminales que aglutinan a estos grupos, como Comando Vermelho (CV), Terceiro Comando Puro (TCP), o Amigos dos Amigos (ADA), cada una de las 1070 favelas tiene un “dueño” con el que se negocia todo lo que se hace dentro del morro.

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Los gringos (extranjeros con dineroque llegan a Rio de Janeiro,  esperan disfrutar de las playas paradisíacas de aquel exótico país, quieren echarse a tomar el sol en Ipanema y Copacabana, ponerse pedos con caipirinhas, tomarse mil fotos en la samba de Pedra do sal, en los arcos de Lapa, en la escalera de Selarón, con niños negritos, sin faltar la de su feijoada (arroz y frijoles) con un buen filtro instagram, y claro, si se puede, hacer algún tour por la favelas. Uno de los negocios más redituables en el siglo XXI es el del turismo, y en países como Brasil o México, eso significa convertir la realidad en un escenario, poner sujetos “típicos” en la escenificación y cobrar por tomarse fotos en él. Así que si usted va a Rio y desea jugar al aventurero en la favela, pero es demasiado flojo o miedoso para hacer por su cuenta el recorrido en teleférico, no se preocupe, hoy en día se tiene la posibilidad de tomar un tour que lo lleve de ida y vuelta a su hotel, y que por tan sólo 90 reales (unos 450 pesos mexicanos), le permitará contemplar el paisaje de la miseria.

El turismo de la miseria

Pero si su plan es quedarse más tiempo en Brasil, porque se siente asfixiado de la cochina buena vida de su país de primer mundo, no se preocupe, también tiene la opción de experimentar la precariedad en favelas “más fresas” como Vidigal o Babilonia, ahí usted podrá estar en equilibrio con su lado espiritual [sic], junto con otros gringos o europeos que pensaron hacer la misma cosa. Y bueno, si no es una ni otra pero aún así quiere saber cómo son sin arriesgar el pellejo y sin gastar mucha plata, entonces hay que caminar hasta la de Santa Marta en Botafogo. Infelizmente, esta favela es célebre por dos cosas, la primera porque fue en ese lugar donde Michael Jackson filmó en 1996 el videoclip don´t care about us, y la otra, porque ahí se implementó la Unidad de Policía Pacificadora (UPP) en 2008.

El turismo de la miseria

Santa Martha es en todo caso el ejemplo más bizarro del turismo de miseria, pues aunque discursivamente las UPPs se implementaron para expulsar a los bandidos locales y extirpar con ello las actividades ilegales, la proximidad temporal a la copa, y la zona “noble” en la que está la favela, hace pensar que ahí se experimentó un panorama de posible violencia y la forma de contenerla de cara al Mundial de fútbol y a las Olimpiadas de 2016. Como apuntan algunos críticos, las UPPs no pacificaron ni ofrecieron seguridad a los moradores, ellas simplemente se asentaron en un lugar que sigue teniendo los mismos problemas de antes, y peor aún, donde los policías relevaron a los bandidos locales en las actividades de extorsión. Es bizarro porque después de la UPP, en 2010 se colocó una estatua horrenda de Michael Jackson que atrae todos los días a una cantidad importante de extranjeros. Santa Martha se ha convertido ya en la favela del Michael Jackson, y es más, uno de los moradores colocó un pequeño bar frente a la estatua y otros tantos han abierto una que otra tienda donde venden souvenirs con la imagen estereotípica de la favela. No creo que sea malo que los habitantes de un lugar se beneficien del turismo, pero uno traga saliva ante la idea incómoda de que se haga plata a costa de mostrar un lado penoso de la sociedad. Finalmente se sabe que se ha vuelto un lugar turístico porque hay letreros con flechas que indican el camino a la estatua, sin contar que la gente comienza a hablarte en inglés, y bueno, a pesar de que siguen siendo tristes casuchas maquilladas con pintura multicolor, tal y como dijo una amiga, se siente un aire un poco triste; ya saben, lo más gacho es la idea nefasta de felicidad donde no existe por ser un espacio nacido de la desigualdad.

<<No olvide tomar su foto con las casitas pintadas de fondo, colóquele un filtro adecuado que difumine la luz, súbala a instagram o a facebook, y escriba una frase sobre lo que piensa de la favela.>>


Por: Alexis González
Fotos: Alexis González

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