No sé cuántos curriculums vitae he impreso y repartido en estas últimas semanas, con seguridad han sido más de veinte. Tener un posgrado, hablar tres lenguas, ser profe visitante en otro país y escribir en medios digitales no ha sido suficiente para que alguien se interese en mis habilidades. No tengo un tío o pariente que trabaje en alguna secretaría de gobierno, tampoco vengo de una familia con negocios, mis padres no tienen contactos o conocidos que me recomienden para alguna chamba, y saben, el color tostado de mi piel y el no tener un apellido rimbombante seguro no hace que las cosas sean más fáciles.

Sabes que el punto culmen de la desesperación ha llegado cuando se rompen tus calcetines de tanto caminar buscando un trabajo. Calzada Tlalpan, Narvarte, la de Valle, Izazaga, innumerables calles y colonias he recorrido intentando encontrar algo, y es más, ya ni siquiera pido un buen trabajo, me conformo con algún empleo que me permita sobrevivir por algún tiempo en lo que me muevo a otras cosas.

En esos ires y venires, la señorita de recepción recibirá (en el mejor de los casos) tu hoja de vida para después colocarla junto con un montón de folios a reciclar o triturar; otras veces te harán cara de desprecio, como si buscar trabajo fuese similar a pedir limosna; e inclusive, en algunos lugares he tenido que enfrentar malos tratos de alguien que se siente disminuido por el grado que has obtenido o por las cosas que se ostentan en el curriculum.

Tras fallidos intentos decidí quitar todo aquello que me causa orgullo para dejar sólo lo básico: grado académico, alguna otra formación, las chambas freelance que he realizado en medios, así como los idiomas que hablo. Casi de inmediato me llamaron para concertar una cita, había que volver por la tarde y hablar con los jefes de información, lo normal. Boberías sobre qué puedo aportar a la empresa, si estoy dispuesto a trabajar en equipo, qué habilidades me caracterizan, todas esas cosas a las que uno responde afirmativamente mientras se evita pronunciar la frase “necesito el dinero”. Después de una charla amena llegó lo importante de la entrevista: el asunto de la paga. La cosa era simple, había que trabajar al menos ocho horas, con la posibilidad de ser hasta trece, comenzando en un horario de las ocho de la mañana o a la hora que me hablasen de la redacción, y lo más importante, pagándome tres mil pesotes el primer mes, para subir después a cuatro o cinco mil humildes varitos, ¡Ni la mitad de lo que percibía con mi beca de maestría!; en ese momento estuve a punto de mandarlos a comer mierda, pero entonces pensé que no tengo ni un jodido peso, así que les dije que lo pensaría y en breve les llamaría.

“El punto culmen de la desesperación es cuando se rompen tus calcetines de tanto caminar buscando un trabajo”

Hace treinta años ya habría sido jefe de algún departamento en la universidad donde estudié, estaría dirigiendo alguna dependencia de gobierno, o de menos, ya para entonces habría tenido un trabajo seguro en alguna empresa paraestatal o del sector privado; y sin embargo, heme aquí, con 28 años, un posgrado, hablando varios idiomas, con experiencia laboral, y con todo eso, no tengo trabajo y ni un quinto partido por la mitad, porque lo que hoy se oferta son vacantes en ventas y servicios, pero para llegar a una gerencia de eso, uno debió haber comenzado haciendo su servicio en ese lugar.

Los tiempos han cambiado, es difícil no pensar que mi padre ya había procreado a mi edad a su segundo hijo (yo), tenía una plaza de profesor y estaba comenzado un negocio relativamente exitoso.

Ahora mismo estoy saliendo para otra reunión, la verdad me siento frustrado y ya estoy temiendo lo peor. Pensé encomendarme a San Juditas Tadeo, el santo predilecto de los chacas por ser el de las causas perdidas, tambien pensé prender una veladora o ir a que me hicieran una limpia porque de plano parece que estoy salado, aunque lo cierto es que todos los empleos y todos los jóvenes profesionistas están igual de jodidos que yo. A ver cómo sale esta vez, espero que al menos todo quede claro desde el principio.

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