Cuando un escritor, actor o cantante muere, las redes sociales se llenan inmediatamente con notas y opiniones sobre aquel fallecido. El famoso trendig topic (tema tendencia), dicta cuáles son los contenidos más rentables para los medios de información, pues un asunto de actualidad genera visitas y likes de sus lectores, los cuales se traducen en ganancias derivadas de los anuncios pagados por los patrocinadores en el medio.

Imagino que nadie se enteró de la muerte de Alberto Aguilera Valadez, pero en twitter los internautas sí se conmocionaron con el hashtag  #JuanGabriel, con el que identificó el deceso del cantautor. Con premura, los portales noticiosos derrocharon letras sobre la vida y obra del “Divo de Ciudad Juárez”; los amigos escribieron sentidos mensajes donde invocaban recuerdos infantiles en alguna fiesta familiar o en la hora del aseo junto a la madre, sin faltar, claro está, la típica canción en sus muros de Facebook; los memes respondieron de forma ingeniosa al acontecimiento, y en resumidas cuentas, nadie quedó al margen de lo sucedido, pues aunque no fuese de su agrado musical, vecinos, choferes de microbus y hasta en el metro, pusieron una y otra vez sus canciones, incluyendo el cover de Creedence Clearwater, el mismo que meses atrás fue objeto de burla en las redes sociales que ahora lamentan su pérdida.

II

Como sucede con los escritores, una vez muerto el fulano, lo que se admira o detesta es su obra. No faltó aquel que quiso hacer una apología de “Juanga” como defensor de la cultura popular y máximo representante de la mexicaneidad, casi un paladín de la justicia social por haber sido vetado de Televisa en dos ocasiones, a lo que respondió: “Televisa no me vetó, yo veté a Televisa”. A su vez, un sector de la izquierda mexicana recordó las mañanitas cantadas al presidente venezolano Nicolás Maduro, sucesor de Hugo Chávez.

En otro extremo, “Juanga” fue descalificado al ser considerado un “soldado del PRI”, en alusión al apoyo brindado a Francisco Labastida, candidato del Partido Revolucionario Institucional en las elecciones presidenciales del año 2000. Inclusive, en aquel entonces el cantante compuso una canción que decía: “Ni Témoc, ni Chente, Francisco va a ser el presidente”. Su militancia en el Revolucionario Institucional no era desconocida, ya en 1988 había hecho comentarios halagüeños sobre Carlos Salinas de Gortari, a quien describía como un “hombre de buenas ideas, inteligente y bueno”. Ahora sabemos que antes de morir, Juan Gabriel escribió una carta a Enrique Peña Nieto, donde expresaba que como él, el PRI tampoco se iría de México.

Es paradójico que el “Divo de Ciudad Juárez” fuera encarcelado en el Palacio Negro de Lecumberri, lugar en donde los gobiernos priistas refundían a sus opositores políticos y, donde además, nació el apelativo de “joto” para referirse a los presos homosexuales alojados en la crujía “J” de la prisión. Juan Gabriel, o mejor dicho, Alberto Aguilera Valadez,  fue capaz de emocionar con sus canciones a una sociedad que en lo cotidiano reprobaba su condición homosexual y, que en sus años jóvenes, lo obligó a prostituirse para no pasar hambre y frío. Se trata de un claroscuro que apoyó a un régimen que le impuso uno de sus instrumentos más duros de represión.

 

III

Para François Hartog,  hace tres décadas la sociedad moderna sufrió una transformación profunda en su forma de concebir el tiempo. Según este historiador francés, desilusionados con las promesas de un futuro de progreso y desanclados del significado tradicional del pasado, los hombres se avocaron a responder a la inmediatez incesante del presente. Sin un futuro y un pasado capaz de decirnos algo, nos hemos acostumbrado a lamentar por unas horas y en trending topic, el fallecimiento de algún famoso. Así, ante la muerte de un escritor, nuestra respuesta habitual es una cita barata de algún párrafo de su obra, o como en el caso de Juan Gabriel, de alguna canción conocida de su repertorio.

Alberto Aguilera falleció a los 66 años con todas las contradicciones políticas y personales que un hombre cualquiera podría tener, pero en su lugar quedó la música de Juan Gabriel. Admito que no sé casi nada sobre su trayectoria, pero recuerdo un cassete que ponían en la casa cuando era chico, ahora sé que el álbum se llama El México que se nos fue (1995). Con ocho años, no sabía que “Juanga” era homosexual o que apoyaba al PRI, y sin embargo, cuando sonaba Cuando estoy en el campo, me gustaba pensar en mi pueblo, ir a jugar al manantial y ver a los animales de mi abuelo en el rancho. Eso fue para mí Juan Gabriel.

 

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