Para la tía Isidra, y sus hijos mis primos. 

Aquella tarde bajamos la portezuela trasera de la camioneta y ahí nos fuimos sentados el montón de primillos y algunos amigos de la cuadra. Nos dirigíamos a la casa del primo Fredy, en un pueblo llamado Cotzio, cerca de donde yo vivía, ya que celebraría su cumpleaños. Durante la fiesta hubo un momento que estuvimos peleando con algunos morrillos del lugar: nos estuvimos lanzando piedras durante buen rato, ellos desde la calle y nosotros desde el patio dentro de la casa. Nadie resultó herido y, al contrario, todos traíamos tremendas risotadas.

Después de partir el pastel vinieron los regalos. Recuerdo bien que al festejado alguien le regaló una alcancía muy extraña (nunca volví a ver algo similar). Se trataba de un ataúd negro con una calavera dentro, en posición de muerto. La función que tenía era que al poner una moneda en un lugar específico la calavera salía con sus manos por delante y con ellas la arrastraba hacia el interior. Mientras los demás reían por los movimientos de aquel objeto, yo sentí un tremendo escalofrío que recorrió todo mi cuerpo y que me hizo perder todo gusto posterior al festejo.

Afuera llovía. Había estado cayendo la lluvia desde la tarde y por la noche arreció un poco. Se percibía algo raro en el ambiente y yo estaba intranquilo. Veía a toda la gente sonriente pero había algo que a mí no me dejaba disfrutar del todo. Mientras los primos seguían algún juego, yo me encontraba sentado al lado de mi madre. No podíamos regresar a casa debido a la misma lluvia, hasta que cesó un poco. La noche ya había cubierto el ambiente con su manto.

Cuando llegamos a la casa de mi abuela paterna, Victorina, fui de los primeros en bajar de la camioneta para correr a resguardarme de la ligera llovizna que seguía cayendo. La sorpresa fue encontrarme dentro y de madrazo con mi prima Nely, quien lloraba desconsoladamente. Otro escalofrío recorrió mi cuerpo. No sabía qué estaba pasando. Era yo tan pequeño y muchas dudas rondaban por mi cabeza. Me era difíl descifrar esa situación.

Tras de mí bajó mi madre, entró a la casa y todo se derrumbó. Escuché claramente cuando le dieron la noticia de que mi primo Luis había fallecido. Yo solamente observaba la situación mientras los demás morrillos seguían con su desmadre. Alguien pidió que nos mandaran a los más pequeños a mi casa para que, obviamente, pudieran hablar del tema sin “problema” alguno. Me quedé inmóvil. ¿Qué era la muerte? ¿Cómo llegaba a cada una de las personas? ¿En qué consistía? ¿Por qué a unos sí y a otros no? ¿Por qué lloraban tan crudamente por mi primo? ¿Por qué siendo él tan joven había muerto y no alguien más viejo? Esas y muchas preguntas más pasaron por mi cabeza. A mis escasos seis años trataba de concertar relación alguna con los hechos. Pero no podía concertar idea alguna. Estaba abrumado.

El día de su entierro fue el primer momento más triste de mi vida. Nunca había visto tanta gente –reunida en un mismo sitio- tan abatida y llorando. ¿Por qué pasaban esas cosas? ¿De qué se trataba todo esto? Seguía preguntándome. Yo veía que la gente pasaba una tras de otra para observar el ataúd. ¿Para qué hacían eso? Me acerqué para descifrarlo yo mismo. Y vi ahí a mi primo, recostado, con los ojos cerrados, con su sonrisa apagada y con sus moretes por varias partes de su cara. Tremendo error haberle visto ahí postrado. Si me pidieran hacer un retrato hablado de esa imagen que vi podría hacerlo tan atinadamente. Recuerdo a detalle cada uno de los elementos y formas que tenían su cara. Jamás me perdoné haberle visto ahí dentro y me prometí a mí mismo que jamás volvería a un funeral, mucho menos que volvería a ver a uno de mis muertos dentro de un ataúd, y así lo he hecho hasta entonces.

Unas semanas después mi primo apareció en un sueño. Creo nunca lo mencioné a nadie porque tenía miedo de que no me creyeran o me pensaran un loco. Pero en ese sueño él se sentó al lado de mi cama y me dijo que no me preocupara. Auguró buenos momentos para mi vida. Me pidió cuidara mucho a mi madre, pero sobre todo me encargó demasiado a mi hermano Erick. Me dijo también que guardara y protegiera siempre las cosas más queridas y que de verdad no me preocupara por lo que había visto ese día, pues “los recuerdos agradables a final de cuentas se quedan ahí en la memoria”. Después se paró y se fue. Todo el día siguiente me la pasé pensando infinidad de cosas. ¿De qué se trataba todo eso? ¿Por qué lo había soñado? ¿Por qué a mí? Días después me enteré de la historia de otra prima hermana, quien había soñado también con él, pero ella si lo pudo compartir con los demás.

Y así fue, los recuerdos agradables han estado por siempre en mi memoria. A él le recuerdo muy bien porque llegaba a casa casi siempre por las tardes y ponía los acetatos de mi padre en el tocadiscos. Le gustaba mucho el mambo y se ponía a bailar frenéticamente en la sala. Le recuerdo también porque procuraba demasiado a mi hermano Erick. Era muy frecuente que estuviera jugando con él o que se lo llevara a ver los toros y demás animales que tenía mi tío en su establo. Lo recuerdo porque era muy buen amigo de mi tío Toño, a quien yo me acercaba mucho de morrillo. Pero sobre todo lo recuerdo porque siempre andaba tan alegre y sonriente que hasta contagiaba a quien estuviera a su alrededor.

Mi primo Luis murió un 9 de junio de 1991 en un accidente automovilístico cuando regresaba de Morelia a su casa en el pueblo. Falleció en la tercera curva de la carretera entrando hacia Téjaro. Le faltaban tan solo unos minutos para llegar a casa. Pero la vida ya le tenía preparado su destino. Yo nunca he sido extremadamente supersticioso con estas cosas, pero definitivamente aquella extraña noche no se me olvidará jamás.


Foto: Internet

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