En el metro de Madrid, rumbo al distrito de Tetuán, donde me había citado con mis colegas colchoneros para ver la final de la Champions, me sorprendía la presencia mayoritaria de hinchas madridistas a comparación de la inexistencia de rojiblancos. Parecía que el Atleti ni siquiera iba a jugar ese día ningún partido importante. Lo primero que me dio por pensar fue: “estarán acojonados”. Pero eso era absurdo: ¡acaban de ser campeones de España!

Mientras el metro se acercaba más al Santiago Bernabéu, más hinchas blancos invadían los vagones, imponiendo su presencia y, todo hay que decirlo, tensando el ambiente, violentándolo. Sin duda se dirigían al estadio donde estarían instaladas pantallas gigantes para ver el encuentro. Los pasajeros no futboleros notamos un alivio cuando llegamos a la estación de Nuevos Ministerios, donde se apearon la mayoría de los madridistas, y pudimos relajar los hombros. Me bajé una estación más allá, en la de Cuatro Caminos, y ahí también se podían ver madridistas pero ni un sólo rojiblanco. La mayoría de los hinchas eran chavales, gente de 16, 18, 21 años aproximadamente. Llevaban las camisetas del Real Madrid y usaban las banderas a modo de capa, a modo de escudo, a modo de elemento identificativo, y no pude dejar de reflexionar en que los futboleros se aferran a sus colores de la misma manera que los fanáticos religiosos a sus iconos: para darle un sentido a su vida, para sentirse parte de un grupo, para creer en algo superior, para ser aceptados por un círculo social. Hecho que sin duda responde a un vacío intelectual y/o espiritual.

Primero quedé de verme con mi querido amigo Juan, líder de Pareidolia, la primeriza banda en la que estoy tocando el bajo (Juan es el compositor de los temas, toca guitarra y canta), en el local donde ensayamos; él iba con una camiseta noventera del Atlético de Madrid. Nada más verlo le pregunté por la escasez de rojiblancos en las calles. Él me respondió que tuviera en cuenta que estábamos en territorio madridista (norte de la ciudad), que si hubiese venido y/o pasado desde el sur, por barrios como los de Vallecas o Carabanchel, hubiese notado una mayoría colchonera.

El tema de conversación con Juan no pudo haber sido otro: el Atleti y su historia. Me contó sobre el famoso doblete de la temporada 1995/1996 cuando obtuvieron la Liga y la Copa del Rey. Sin embargo, tres temporadas después vendría lo peor: descenso a Segunda División, donde estuvieron errando durante dos años. Así ha sido su historia, con altibajos de antología. También me habló sobre la figura de Jesús Gil, un empresario mafiosón y pintoresco que compró al Atlético en los 90 y que lo llevó a la ruina. Juan y yo coincidíamos en que el Atleti ganaría, más allá de fanatismos. Terminamos repasando un tema nuevo y un poco rayando la hora nos fuimos a la casa de otro Jesús, amigo de toda la vida de Juan, hincha hasta la muerte del Atleti.

Ahí ya estaban otros amigos rojiblancos, emocionados porque los jugadores ya salían a la cancha. Para ver el partido en todas sus dimensiones, Jesús y compañía instalaron un proyector, por lo que teníamos toda una pared de su salón para situar el ojo. El audio de la transmisión de la TV estaba en mute y el sonido provenía de la radio, una manera de disfrutar de un partido que sólo los más conocedores aplican, puesto que los comentarios de los locutores de la televisión suelen ser mucho más imbéciles y menos emocionantes que los de la radio. Además de que en la TV suelen ser más parciales, favoreciendo siempre al Real Madrid. Pero pronto nos dimos cuenta que la transmisión de la TV estaba por detrás de la radio, así que la quitamos y Jesús en su lugar puso un disco en el reproductor de música con los himnos del Atleti y otros temas dedicados al equipo. La hinchada rojiblanca en el estadio desplegó una lona que decía: “Atleti, una forma de ser”.

Así vi el partido, con música colchonera, en pantalla gigante y con un puñado de rojiblancos nerviosos, emocionados y ansiosos de ganar. Jesús no podía pasar más de diez minutos en el mismo lugar, se sentaba, se ponía de pie, salía a la terraza a fumar un cigarro, le gritaba a la pantalla, le sacaba el dedo medio a Cristiano Ronaldo cada vez que salía en primer plano, bebía y se volvía a servir…

El rápido cambio de Diego Costa al minuto 8 fue sin duda un mal presagio pero el gol de Godín al 35’ vino a ser la euforia. Cuando acabó el disco colchonero, pusieron uno de AC/DC porque, según dijeron, es lo que escucha la plantilla del Atleti cuando va de viaje en el autobús. Como el marcador siguió así durante buena parte del partido, los rojiblancos ya estaban soñando con la gloria, regodeándose en una Edad Dorada, como así lo subrayó Jesús. Pero cuando el Real Madrid empezó a tener la posesión del balón y a atacar, la preocupación diluyó la fantasía. Y a minuto y medio de acabar el encuentro, de ser campeones por primera vez en Europa, les cayó un balde de agua fría a los colchoneros: milagroso empate del Real con un cabezazo de Sergio Ramos. ¡El horror! Juan, Jesús y compañía no quisieron tirar la toalla, “será una anécdota”, se dijo. Pero la actitud del Atleti en el tiempo extra era la de un equipo que ya se sentía perdedor y la cascada de goles del Real Madrid vino a sepultarlos definitivamente. ¡Qué injusto es el fútbol!, el 4-1 no refleja en absoluto lo que ocurrió en el partido. Fue una historia típicamente colchonera: rozando el cielo; final trágico.

Cuando acabó el encuentro, Juan, Jesús y compañía se levantaron del sofá a un tiempo y dijeron, “bueno, seguimos siendo del Atleti, ¿no?”, y todos respondieron: “¡SÍ!”. La reunión en casa de Jesús se fue disolviendo. Se apagó la TV (no tenía caso ver la celebración del Real Madrid) y nos quedamos así en penumbras un rato, a pesar de la música, en silencio. Empezaron a buscar culpables y justificaciones a la derrota, comprobé entonces lo supersticiosos que son los futboleros. Les tuve que recordar que eran campeones de España y que habían llegado a la final de la Champions y casi ganado con un presupuesto mucho más modesto que el del Real Madrid; y que por tanto, como decía el “Cholo” Simeone a sus jugadores, no había razón para no tener la cabeza alta.

Me despedí al ver la hora. Salí solo y comí en el primer kebab que vi abierto (estaba hambriento). Luego, al darme cuenta que el autobús nocturno que me llevaba a casa había suspendido el servicio desde hacía meses y que el metro ya estaba cerrado, decidí caminar. Andando me encontré con un montón de zombis del Real Madrid, bebiendo y festejando. Cuando pasé la franja madridista la ciudad estaba desértica y me topé con tres gatos en distintos lugares del trayecto, aprovechado quizá que la gente se concentraba en otros lugares. Hice como una hora y media hasta llegar a casa…

Al día siguiente, domingo, se celebraron elecciones en todos los países de la Unión Europea para elegir al parlamento. Yo no pude votar (mi nacionalidad está en trámite) pero acompañé a mi pareja a que lo hiciera. Me dio la sensación de que se estaba votando en general sin ninguna ilusión. Sin embargo, por la noche nos sorprendieron los resultados: si bien es cierto que en algunos países aumentó el fascismo (¡Francia, inaudito!), en España, contra lo que esperábamos, disminuyeron los votos a la derecha y varios partidos de izquierda alternativos subieron bastante, como es el caso de Podemos, partido con apenas cuatro meses de vida y que consiguió cinco escaños nada malos en el parlamento europeo. Una hazaña sólo entendible si tenemos en cuenta el nacimiento del 15-M hace tres años, un despertar ciudadano que por fin se ve reflejado en las urnas. El panorama no es nada alentador pero hay algo de esperanza; puede que sea el principio del fin del bipartidismo.

Alegres por los resultados, mi pareja y yo nos bebimos botella y media de vino. Me dio por pensar que la llamada “fiesta de la democracia” es esa cogorza que unos cuantos rojetes se montan al final de la jornada cuando hay buenos resultados electorales. En cambio, hoy lunes varios padecemos la “resaca de la democracia”.

Ánimo colchoneros, la historia se escribe latido a latido, las urnas lo están demostrando.


Este artículo forma parte de una serie publicada originalmente en Satélite Música del 20-26 de mayo.

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