Sobre las 17:30 horas del sábado 17 de mayo me dirigía en un autobús al centro de la ciudad de Madrid para unirme a una manifestación que se efectuaría a partir de las 18:00 horas comenzando en Cibeles (donde festeja el Real Madrid sus triunfos) hasta llegar sobre las 20:00 a la Puerta del Sol (donde se encuentra el kilómetro cero de España). Un recorrido que a pie no es demasiado largo, algo menos de quince minutos, pero que se recorre mucho más lento en una marcha. La manifestación fue parte de las actividades del tercer aniversario del 15-M, el movimiento ciudadano de la indignación. Si bien desde el día jueves 15 ya se habían estado celebrando iniciativas, no fue hasta el sábado que participantes y simpatizantes nos congregamos a modo de manifestación. A esa misma hora el Atlético de Madrid jugaría contra el Barcelona en el Camp Nou para decidir quién se llevaría el título de La Liga. El Atlético tenía 18 años sin ganarla.

En mi viaje al centro noté que las calles estaban vacías y sólo parecía haber vida en los bares donde se apretujaban personas vestidas de rojiblanco, hambrientos de títulos, deseosos de no seguir viviendo siempre a la sombra del Real Madrid. Por un lado sí me apetecía ver el partido con algunos amigos en un bar del distrito de Tetuán pero faltar a la manifestación por algo como eso me hacía sentir remordimientos, por lo que decliné la idea; de cualquier manera el partido del sábado 24 es todavía más interesante —final de Champions, duelo madrileño—, del que escribiré en la tercera entrega de estos artículos dedicados al impacto futbolístico-social que está aconteciendo en Madrid en estos momentos.

Lo primero que vi al llegar a Cibeles fue que el tráfico no había sido desviado y que la columna de la manifestación no era demasiado grande. Me uní a ella en cuanto me bajé del bus. Poco a poco la policía comenzó a cortar algunas calles pero se notaba claramente que, a pesar de la siempre ruidosa y vitamínica batucada y de la representación de distintas asociaciones ciudadanas afines, en esta ocasión el 15-M no movilizó a demasiadas personas, creo que sobre todo por tres cosas: este año hubo mucha actividad “quincemayista” disgregada debido a que se realizaron otras actividades —tales como charlas, mesas informativas, debates, asambleas, convivencia (cafetería, cine, etc.)—, en una jornada de puertas abiertas en otros puntos de la ciudad durante prácticamente todo el sábado y todo el domingo, ocasionando que el foco de atención sobre la manifestación no tuviese tanto efecto; por el partido del Atlético, claro; y porque, glups, nunca había visto al movimiento tan desgastado, fatigado, deprimido, de capa caída e incluso en decadencia (al día siguiente lo volví a comprobar visitando por motivos laborales La Tabacalera, un recinto autogestionado que ha estado vinculado al 15-M de alguna u otra forma; ahí, por ejemplo, se estrenó la ópera bufa El crepúsculo del ladrillo, de la que ya les hablé anteriormente). No es para menos, han pasado tres años duros y desmoralizantes en que el país ha ido a mucho peor; la creatividad y entusiasmo que eran tan visibles en el estallido del 2011 ahora no resultaban tan fáciles de ver, sustituyéndose por mal humor y cansancio. Son impresiones que yo he sentido en las calles, no obstante, el partido político Podemos (derivación lógica, natural y necesaria de este despertar ciudadano) ha conseguido mucha notoriedad en su, por ahora, corta vida “oficial” y este domingo 25 de mayo medirá sus fuerzas de una manera realista en las urnas ya que se celebran elecciones para elegir al parlamento europeo. Veremos qué pasa entonces.

Noté algunos momentos de tensión, uno cuando la policía quiso detener a un fotógrafo (al parecer amateur). No pasó nada porque la gente hizo presión y le soltaron sin más. Luego, ya llegando a la Puerta de Sol, la marcha se topó de frente con un grupito de siete inofensivas personas, cinco chicas y dos chicos. Llevaban una bandera de Ucrania y pancartas que decían “Yo apoyo a Ucrania” y “Putin, basta ya!”. Al poco, integrantes de la marcha rodearon al grupito y les empezaron a increpar, gritándoles “fascistas”, “nazis”, “no a la Unión Europa” y “¡fuera!”. Ellas/os negaban con la cabeza y pedían diálogo y respeto, firmes pero educadas; ni unos ni otros cedían en su postura, mostrándose agresivos los integrantes de la marcha. Comprendo que muchos, del 15-M o no, condenen con razón una Ucrania pro estadounidense y pro Unión Europea que rechaza a Rusia, pero definitivamente el gobierno de Putin tampoco es ninguna maravilla, todo lo contrario. El tema del conflicto ucraniano, como todos los conflictos, es más bien complejo y creo que cualquier opción traerá malas consecuencias para el pueblo, y por eso me pareció absurdo que algunos integrantes de la marcha se ensañaran de esa manera con un grupito de ucranianas/os que ni siquiera estaban provocando, enrabiados por una visión totalmente simplista de supuestos “buenos” y “malos”. Se llegó a tal punto de tensión y confusión generalizada que unos les pisotearon las pancartas a los otros, y hubo discusiones acaloradas de todos contra todos, incluidos integrantes de la marcha que pedían a gritos prudencia y templanza a otros integrantes. Al final intervino la policía, llevándose al grupito. Quedó en roce pero la disputa que se montó es buen ejemplo del ánimo contraproducente que se está generando no sólo en el 15-M, sino en todo el país.

En uno de los hemisferios de la plaza de Puerta del Sol se celebró la característica asamblea abierta y por turnos de palabra hablaron diversas personas sobre varios temas: Monsanto, violencia de género, la lucha de EZLN, represión policial, etc. Tampoco es que dijeran nada que no supiéramos ya. Casi al final de la asamblea ya se podían observar rojiblancos del Atlético cantando y festejando, dirigiéndose a la Plaza de Neptuno, donde ellos celebran sus triunfos. Entonces di por hecho que eran campeones pero ni sabía el marcador del partido ni, en realidad, me interesaba.

Abandoné Sol y hacia Neptuno me dirigí; encontré bastante muchedumbre ahí y en sus inmediaciones; mientras los minutos pasaban aquello se poblaba más y más. Estuve dando vueltas sin rumbo fijo, simplemente observando el circo por curiosidad. Ya me ha tocado ver otros sucesos futbolísticos así en la ciudad y la verdad es que, meditándolo ahora y en el momento, no alcanzaba a distinguir diferencias sustanciales entre la hinchada masificada del Real Madrid de la del Atlético de Madrid, a mis ojos son iguales, tan sólo una concurrencia enorme de, en su gran mayoría, borregos alcoholizados y nada más (individualmente sí podría hablar de unos y otros puesto que he conocido fanáticos de ambos equipos y sí se caracterizan por una forma de ser u otra, por un espíritu u otro, pero desde luego estas particularidades no se notaban en Neptuno con tanta gente y con ese ambiente vulgar).

Al experimentar este tipo de acontecimientos, resulta fácil vislumbrar la abismal e insalvable brecha que separa a los indignados de los futboleros: Durante la marcha nos hicimos oír apenas muy tibiamente por las calles vociferando las protestas habituales (“que no, que no nos representan”, “lo llaman democracia y no lo es”, “no es una crisis, es una estafa”, etc.) ya que ni éramos tantos ni parecíamos tener demasiadas fuerzas; en cambio, Neptuno rugía a grito de “campeones, oe oe oe” y “ole ole ole, Cholo Simeone”. No había punto de comparación; no hay quien pueda combatir al circo futbolístico.

Uno de ellos, ebrio por supuesto, me gritó no muy simpáticamente y como buscando molestarme (quizá por ir vestido de manera neutral, de negro, cuando el 90% iba de rojinegro): “¡Aúpa Atleti!”. Yo le levanté apenas el pulgar a modo de aprobación pero mi respuesta fría y cortante no le satisfizo y me cuestionó de manera un tanto impertinente si no me alegraba que el Atleti fuera campeón. Me irritó su manifiesta estupidez y simpleza y le respondí que yo iba a seguir siendo igual de pobre, y sarcástica y ácidamente agregué: “¿acaso el club te ha ingresado dinero en tu cuenta?, ¿no?, ¿entonces por qué tan contento?”. Se quedó extrañado y confuso y creo que le destruí una de las dos neuronas que le quedaban…

Estando ahí terminé de mal humor porque, más allá del equipo que sea que haya sido campeón (eso a mí me da igual), constaté una vez más que vivimos en una realidad del todo patética y mediocre. Ante masificaciones adocenadas de este tipo y el total desinterés del grueso de la ciudadanía por encontrar y/o desarrollar métodos que garanticen la dignidad de todos nosotros, no puedo pensar en otra cosa más que en el futuro mezquino e intelectualmente desgraciado que nos espera el resto de nuestra existencia. Lo siento, pero no puedo ser optimista: nos dan poco o nada de pan y nos venden un pésimo circo, ¡y la mayoría lo acepta!

Sí, veré la final de la Champions para compartir algo agradable con mis queridos amigos colchoneros (prometo entregar una columna más amena), pero definitivamente no volveré ni a Neptuno ni mucho menos a la Cibeles a mirar un festejo, no me pierdo de nada; en cambio seguiré exigiendo un mundo más justo…


Este artículo forma parte de una serie publicada originalmente en Satélite Música del 20-26 de mayo.

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