Hace unos meses, durante  el encuentro de los “300 líderes más influyentes de México” (nombrecito ya de por si chocante), Enrique Peña Nieto recordó el haber dicho que la corrupción es un asunto cultural. Su combate, según él, debe partir de reconocer que es una situación que existe para entonces crear instituciones capaces de dar certeza sobre el actuar del Estado. Su discurso es peculiar porque el hombre en el cual recae la soberanía de la nación, reconoce abiertamente que hay corrupción, más importante, su mensaje señala que ésta se ejercita cotidianamente.

Por estos días (24-26 de febrero), se espera aprobar el Sistema Nacional Anticorrupción en las cámaras de diputados y senadores. Es decir, por primera vez existirá un instrumento encargado de combatir lo que según Peña Nieto, ya está enquistado en el mismo Estado. Si se piensa en términos médicos, el SNA pretende ser el medicamento capaz de curar la enfermedad que claramente muestra síntomas en el cuerpo, no obstante, la metáfora es precisa justo porque como sucede con la medicina alopática, el medicamento recompone la salud del cuerpo, no la integridad de la persona, cosa que eso no les interesa; en el mejor de los casos, el Sistema Nacional Anticorrupción servirá para maquillar un problema estructural, en el peor, será una cubierta para permitir la impunidad institucional de un Estado que no se siente obligado a explicar de dónde salieron casas millonarias, cómo se hicieron contratos de obras sin licitarse o qué pasó con 43 estudiantes desaparecidos.

Para entender a México y a su gente, hace falta conocer y saber emplear el verbo chingar

Me parece que los mexicanos nos sentimos históricamente encabronados e indignados cuando nos enteramos que Santa Anna vendió un pedazo de tierra a los Estados Unidos, aunque vivamos lejos y nunca vayamos a conocer el norte del país, nos encabrona saber que Santa Anna nos chingó a todos, ¿cómo o por qué?, quien sabe.

Algunos amigos extranjeros han observado que los mexicanos tenemos palabras que son polisémicas, es decir, que tienen múltiples significados y que se pueden desdoblar en muchísimas funciones. Para entender a México y a su gente, hace falta conocer y saber emplear el verbo chingar. Como decía Octavio Paz en el Laberinto de la Soledad, si los españoles blasfeman con “me cago en Dios”, es porque al mismo tiempo creen en él. Si ponen en una oración a la mierda y a Dios, no es porque lo rechacen, sino porque le rinden pleitesía al nombrarlo. Cuando el español suelta improperios lo hace dentro de una actividad lúdica, los mexicanos en cambio, al insultar decimos cosas como: chinga tu madre, me lleva la chingada, me lo/la voy a chingar, hijo(a) de la chingada, etcétera. El chingar está presente en todos los momentos de la vida del mexicano.

Si le hacemos caso a Paz, en el imaginario de los mexicanos sólo existen dos tipos de personas: el que se chinga a los demás y al que se chingan. Lo chingado es pasivo, inerte, abierto, mientras que el que chinga es activo, agresivo, cerrado. Quizá es por eso que el mexicano es estructuralmente machista, porque en la vida, vista como un combate de antagónicos, no desea ser el chingado, quiere ser el chingón.

Según la Auditoría Superior de la Federación (ASF), en la cuenta presentada por Peña Nieto en el año de 2013, se halló un quebranto de cincuenta mil millones de pesos (50, 000, 000, 000). Por las pesquisas de la ASF, ese quebranto se produjo en al menos 1,300 situaciones de corrupción, es decir, y siendo optimistas, al menos 1,300 funcionarios públicos se chingaron todo ese dinero.  Si uno pone atención, una gran parte del fraude se cometió dentro del programa estatal “cruzada contra el hambre”, el cual fue pensado como un instrumento que otorgase alimentos esenciales a las personas más necesitadas (pobres).  Sin dar muchos rodeos, el mismo gobierno se chingó a la población más vulnerable de este país. Sin embargo, el problema no sólo fue el haber robado dinero del programa, pues los alimentos repartidos fueron negociados con empresas como Sabritas, Jumex Bimbo; pura comida basura. Peor aún, es que según el informe de la ASF, “inexplicablemente” se perdonaron impuestos a esas mismas empresas. No hace falta ser un genio para entender que el dinero no fue a parar únicamente a los funcionarios de medio pelo, sino que todo fue un negocio redondo entre empresas privadas e instancias de gobierno, ¿apoco es casualidad que Vicente Fox trabajara para Coca Cola o que Ernesto Zedillo lo hiciera para Kansas City Southern?

Aun hoy, mucha gente quiere ser burócrata, aspira a comprar su plaza de profe, desea pertenecer a un partido político y que le den un hueso, quiere ser chingón, aunque para llegar a eso tenga que chingarse tantito. Para muchos mexicanos, en la vida se juega la posibilidad de chingar o ser chingado. Cabe la posibilidad de ser el que castiga, el que ofende, el que humilla, o se puede ser al que se le ejerce la violencia, el chingado. Desde niños se nos enseña que si sabemos emplear el verbo chingar, entonces se pueden resolver los problemas, al poli se le puede dar mordida sin miedo, se puede lambisconear al funcionario para agilizar un trámite, es posible sobornar al profe con al de pasar la materia y, en un caso generalizado de los gobiernos, arreglar para que una obra cueste cinco veces más que lo determinado por el contratista. En el chingar está implícita una transacción asimétrica donde inicialmente ya hay alguien chingado, lo que queda entonces es jugar con la negociación.

Peña-riendo

Si el presidente dice que debemos reconocer que hay corrupción, es porque está diciendo que debemos aceptar la situación asimétrica, por esa razón no dijo nada sobre su casa de ochenta y tantos millones de pesos, ni va a explicar nada sobre Ayotzinapa, ni tampoco se sentirá con la obligación de decirnos dónde está todo ese dinero defraudado. Si cagarse en Dios es jugar, chingar tiene que ver con el goce de saberse amo. Aunque el tipo se descomponga, aunque sepa que el país se lo está cargando la chingada, no va a permitirse ser enjuiciado, estar del lado del chingado.

Según el discurso de este nefasto gobierno y de quien lo encabeza, la corrupción al ser un elemento de nuestra cultura, debe de entenderse como un esencialismo del “ser mexicano”, es decir, que el ejercicio del Estado corrupto se justifica por decir que así somos y ni modo. Sin embargo, al explicitar la idea, el Estado nos está diciendo que existe una relación desigual en la que debemos aceptar nuestra posición: el chingado.

Para el mexicano, la vida es una posibilidad de chingar o ser chingado.

Al mexicano promedio seguro le molesta e incomoda saber el grado de corrupción que hay en el gobierno, pero no porque sienta que está siendo dañado el patrimonio público, ni el futuro de sus hijos, sino porque siente que se lo están chingando. Como con Santa Anna, se sabe que Peña Nieto nos está chingando, ¿cómo o por qué?, quien sabe pero lo hace.

Si no me equivoco, el SNA servirá para hacer legal la impunidad, o al menos para no hacer tan público el grado de descomposición del Estado. Nosotros, la gente de a pie, seguiremos como siempre, chingándonos. Es claro que advertimos el deseo de cambiar la situación, sobre todo los jóvenes, pero si únicamente apostamos al “cambia tú mismo para cambiar al país”, en realidad estaremos haciendo lo mismo que cuando no vemos al otro. La gran falla del liberalismo es concebir al individuo como el sujeto social por excelencia.  En México, esta idea ha engendrado la pesadilla en la que estamos metidos y de la que no vemos salida. La posibilidad de transformar al país está en voltear a vernos unos a otros y dejar de estarnos chingando, ahora sólo falta empezar a imaginar e intentar esa opción.

Para terminar, el lugar último de la chingada es cuando se manda a alguien o algo, ¡vete a la chingada!, a un lugar vago e inespecífico pero que se sabe jodido, roto. México está de la chingada, está quebrado, descompuesto, la cosa está en que no podemos mandar el país a la chingada, porque es el único lugar que tenemos, habrá que impedir que lo sigan chingando.

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