La verdad es que me cuesta trabajo decir si me gusta o no la pintura de Frida Kahlo, es decir, no me desagrada, al contrario, creo que tiene una fuerza extraordinaria, pero no sé, creo que nunca me había detenido a pensar en esta cuestión porque la verdad es que me parece que hay muchos otros pintores mexicanos con talento. Por ejemplo, siempre pensé que el muralismo de José Clemente Orozco y el de David Alfaro Siqueiros poseía una estética que lograba construir una fuerte narrativa revolucionaria y, aunque no fueron mexicanas de nacimiento, Remedios Varo y Leonora Carrington produjeron una obra del todo interesante para el movimiento surrealista. Sin denostar a la pobre Frida, habrá que reconocer que además de ella y Diego Rivera, su esposo, en México existe un movimiento artístico mucho más amplio y  rico que el de estos dos conocidos exponentes.

Frida Kahlo es una especie de grito narcicista que dice ¡veánme, soy auténtica, hermosa, fuerte y feliz!,

Pero el asunto no va por ahí, el éxito que Frida Kahlo ha tenido dentro y fuera de México en realidad no tiene mucho que ver con su talento artístico. Su popularidad radica, según mi parecer, en elementos de su figura que han sido altamente explotados durante las últimas décadas. Si pensamos en su contexto histórico, Kahlo era para sus contemporáneos una “mala mujer”; fumaba, bebía, usaba ropa de hombre, tenía múltiples amantes y aventuras eróticas, gustaba por igual de las mujeres, pintaba y componía poesía, y por su accidente, ella nunca pudo procrear hijos. Para su época, Frida era lo contrapuesto a la madre abnegada que se enclaustraba en el espacio privado de la casa, que dedicaba su vida a los hijos y al marido, que se callaba y aceptaba su condición inferior de mujer. Sin parangones, Frida, como alguna otras, era un tipo distinto de mujer.

Precisamente, es en las últimas décadas donde la feminidad ha vivido una serie de importantes reconfiguraciones. Los movimientos feministas han abogado y luchado por espacios dentro de lo público,  han salido a las calles a exigir sus libertades, se han batido por el sufragio y los derechos laborales, han reclamado su condición de igualdad frente al hombre, han luchado por el derecho a decidir sobre su cuerpo, y, a ellas hay que agradecerles el haber puesto sobre la mesa la discusión del género más allá de los órganos sexuales. La feminidad de hoy en día es diferente a la de Kahlo en su época, y curiosamente, tal parece que ella es la representación de cómo desearían sentirse muchas mujeres de hoy. La pregunta obligada es ¿Las mujeres desean ser como Frida Kahlo?, la respuesta es ambigua como muchas cosas en esta vida, es decir, sí y no al mismo tiempo. Me parece que muchas veces desean ser lo que ella representa: la transgresión, la personalidad imponente, el “empoderamiento”, la autenticidad y la libertad (quien sabe porque esto último); pero al mismo tiempo no quieren ser la mujer de trenzas, con bigote, que tiene muchos amantes y que gusta abiertamente de otras mujeres, porque en primera, esa es una estética contraria al canon de belleza occidental, y luego, porque lo otro sigue siendo moralmente mal visto por las mayorías. La veneración a Frida Kahlo parece que a veces pasa más por cómo a muchas mujeres les gustaría verse a sí mismas, que a la obra o a su vida.

La transformación de su imagen se ha vuelto imparable porque la industria de consumo se ha dado cuenta de esa reconfiguración y deseo de las mujeres. No es raro encontrarse con bolsos, blusas, carteras y ropa con la imagen de Kahlo. Más interesante es la vuelta que esa industria ha dado para adaptarse a las tendencias en los gustos de las masas, si hace unos años se rechazaba lo autóctono por ser sinónimo de lo indígena, y por ende del atraso, hoy no es extraño ver a la Frida estampada en una bolsa de mandado, a un precio ridículamente caro y que no sirve para echar chiles ni jitomates, ni tampoco es raro encontrarse con algún restaurante que lleve su nombre y que a la entrada te reciban modelos disfrazadas de ella, ya saben, con un traje “típico mexicano” y con la característica cejota pintada.

Frida Kahlo, o mejor dicho, su imagen, es imparable porque se ha sintetizado para adaptarse a la sociedad actual. Más allá de sus autorretratos, lo cierto es que pocas personas ubican sus obras, precisamente, creo que la pintura donde aparece su rostro es tan popular porque se asemeja a las selfies de facebook, a la estética hipster de coronas en la cabeza y al uso de la frase “Viva la vida”. Frida Kahlo es una especie de grito narcicista que dice ¡veánme, soy auténtica, hermosa, fuerte y feliz!, (la felicidad, ¡carajo! ese sentimiento obsesivo de nuestra época), unido a un escenario folklorizado de lo que se supone que es México.

La obra de Frida es chida, ella grita un montón de frustraciones de la vida común, y al mismo tiempo, nos habla del tormentoso periplo de un artista, que como muchos otros, la pasan de la chingada. Habría que empezar por no ser tan ingenuos con respecto a ella, por poner en una balanza su obra, su vida, su contexto, y sobre todo, por pensar en la multiplicidad de implicaciones que tiene el uso de su imagen. Está chingón que se valore a una artista mexicana, pero bueno, como ya dije, en México hay un montón de otras expresiones artísticas fenomenales.      

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