“Parecía como si sólo hubiese dos elecciones:

vivir dentro de la carrera de atropellos o ser un marginado hundido.”

Charles Bukowski

Hace unos días vi como atropellaron a un perro callejero. Vivo en un edificio pequeño de departamentos a un costado de un boulevard por donde transitan varios carros cada instante. Mi ventana da hacia la calle y desde ahí puedo ver el acontecer diario desde esa perspectiva.

Esa tarde bebía plácidamente con mi novia. Me acababa de servir un Jack Daniel’s y me paré de mi silla para abrir un poco más la cortina. Quería que entrara un poco más de aire a la habitación, estos días en Tijuana la temperatura se ha incrementado incluso hasta los 40 grados centígrados. De repente escuché un madrazón que me hizo voltear la mirada. Primero pensé que habían atropellado a un niño, pero no, era un perro callejero de mediana estatura y bigotón. El carro lo impactó de frente, el perro dio dos vueltas por el asfalto y se perdió entre la carrocería y las llantas. Cuando el carro avanzó pensé que vería al pobre perro destrozado y con las tripas de fuera. Pero no fue así, el recabrón perro se levantó en chinga y con sus propias patas se encaminó campante hacia el camellón y sin mostrar miedo alguno todavía se dirigió al otro lado de la acera.

Pinche sustote me sacó aquel animal, pero lo vi más adelante todavía muy campante y atrevidamente cruzar la avenida de regreso a donde había partido desde un principio. Lo que más me sorprendió fue que aquel perro no lanzó quejido alguno después de haber rodado dos veces por el asfalto y haberle pasado encima una carrocería de metal, incluso no cojeaba ni mostraba dolor alguno provocado por el impacto. Pensé entonces que aquella bestia y yo teníamos algo en común y el cabrón me lo estaba recordando: por más atropellos que nos provoque la gente nos seguimos levantando por nuestro propio pie sin temor a volver a ser atropellados. La vida nos hizo perros, y en la calle hemos aprendido a andar a tientas y sin sobresaltos.

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