La revista, el veachese, pero sobre todo el recuerdo. Masturbarse llegó a ser una actividad peligrosa y estimulante que nos exigía una concentración total. Había que medir el tiempo en que estaríamos solos en la casa, estirarse en la cama y cerrar los ojos hasta que el recuerdo endureciera las cosas.

El cerebro tenía que ir captando las escenas ardientes de la vida y transformándolas en estímulo puro. La actividad podía durar segundos o minutos. Vaya, había que tener bien entrenado el proceso. Ahora, lejano a todo eso, lo que menos se hace es cerrar los ojos. La pornografía en dispositivos móviles ha entorpecido el bello arte de imaginar el sexo. Entre páginas con todo tipo de categorías sexuales y gemidos en alta definición, el cerebro ha quedado inválido de capacidades.

Incluso intentar lograr esa hazaña el día de hoy es difícil. Cuando, años después de masturbaciones sencillas por el porno digital, se intenta regresar a la imaginación como combustible principal, las cosas se ponen peladísimas.

En principio porque el recuerdo de pasadas relaciones sexuales se va desvaneciendo entre movidas y talentos de pornstar que puedes ver en cualquier momento. Y es que la piel en HD no se compara con noches de hace años que no se recuerdan igual después de tanta vida acumulada.

Volver a lograr un recuerdo solido toma más tiempo del esperado. La verdad es que enfada y desesperada. Incluso el cuerpo está acostumbrado a abrir el celular y poner un video: resistir esta tentación es complicado pero al final puede lograrse.

La masturbación a base del recuerdo es posible pero incompleta. Ya no se puede masturbar igual, el porno digital nos lo quitó todo. En mis tiempos masturbarse era algo peligroso, tenía que hacerse rápido, en silencio y con la mayor velocidad posible. Siempre podía aparecer un familiar y destruírlo todo.

Ahora, en un siglo de casas vacías e internet rápido, se ha perdido ese elemento de riesgo que le añadía adrenalina al evento sexual más íntimo del mundo.

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