Para inicios del siglo XX ya existía un mercado consolidado de filmes pornográficos, clandestino –en efecto- pero no se sabe con exactitud cuál fue la cuna de tal industria; mientras unos le adjudican el mérito a Francia, otros señalan que nació en los burdeles de Buenos Aires. Sobre esta cuestión ronda la teoría de que una vez instaurados los códigos y reglamentos de censura en Europa y Estados Unidos, varios cineastas, afectos a realizar cintas provocativas, se vieron obligados a huir a otras latitudes, como Sudamérica, para continuar con su empresa transgresora.

La cinta pornográfica argentina El Sartario o El Satario (1907 como fecha tentativa), filmada en la ribera de Quilmes o en la ribera paranaense de Rosarío, es la prueba más contundente de que dicha hipótesis es cierta, sin embargo, nada está esclarecido. La trama, cuyo título puede considerarse una mala traducción de El Sátiro, muestra a un cómico sátiro, personificado con barba y cuernos, mientras observa jugar en la orilla de un río a seis ninfas desnudas; el mítico personaje se excita con la imagen de las mujeres y abandona su actitud de espectador para salir en su persecución; logra capturar a una de ellas, y tras una serie de forcejeos y resistencia por parte de ella, comienzan a tener una frenética rutina de sexo duro para terminar en un perfecto 69 (felación y cunnilingus simultaneo); la cinta concluye con el rescate de la ninfa con la ayuda de sus amigas y el sátiro huyendo.

El Satario es un caso particularmente representativo, ya que testifica la existencia de un mercado de cine porno en América Latina, que no fue propio solamente de Argentina, sino que es una de las primeras películas pornográficas de las que se tiene conocimiento en ambientar su trama en la antigüedad clásica.

En este sentido, El Satario se vale de personajes mitológicos , como el dios Priapo, para contar desde otro punto de vista las perversiones inspiradas en las culturas griega y romana, que para ese entonces ya eran un clásico del dominio público; pero, su particularidad recae en conjugar las mitologías clásicas con los elementos narrativos construidos hasta ese momento por el cine licencioso: el acto de mirar secreta y lascivamente, el voyeur como antesala al coito.

Entonces, comprendamos a El Satario como un filme relevante, no por el hecho de ser un pionero del género, que ya es un gran mérito, sino por recurrir específicamente a las mitologías clásicas como inspiración de su trama, creando un discurso transgresor cuyo principal pedestal es la recreación de una fantasía sexual que encamina al espectador a un uso instintivo e irracional de ella. La sexualidad se reclamaba como una práctica disfrutable y necesaria.

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