A ver si entendí bien, el hombre que llegó a la presidencia gracias al bombardeo mediático que Televisa hizo de su imagen, que se casó con una actriz de telenovelas para reforzar su popularidad, que se abrió camino en las elecciones con despensas y monederos de supermercado, cuya mayor política de gobierno ha sido repartir televisiones y pastelillos marinela, que dio lunch, 500 varos y la oportunidad de ver a La arrolladora banda el limón a los miles de acarreados del 15 de septiembre en el zócalo, ¿Hoy nos dice que se debe estar alerta del populismo?, ¡Caray!, y uno que piensa haber visto todo.

Sin ponerme muy posmodernillo, todo aquello que se dice o hace, e inclusive lo que no se dice o hace, es un discurso que pretende comunicar algo. Es decir, si uno se pone sus mejores trapos para una cita o entrevista, si cuida sus palabras y mesura sus movimientos corporales en determinadas situaciones, es porque desea transmitir algo en específico, y de igual manera, si se habla como marinero o se anda por la vida en total desfachatez, también es porque algo se le quiere decir a los demás, vaya, a lo que voy es que nada en absoluto es hecho o dicho sin intención alguna, por tanto, que Peña Nieto lleve un mes insistiendo con lo del populismo es porque evidentemente quiere decir algo, lo cual ya nos basta para saber que seguirá con esa línea de aquí hasta 2018.

Pero ¿Qué quiere decir con lo de populismo, y más importante, a quién se lo quiere decir?, Si se está al pendiente de los sitios críticos al gobierno, pero también si se presta atención a los medios chayoteros, adivinarlo no resulta tan complicado. Básicamente, la línea discursiva de sus primeros tres años de gobierno fue repetir como merolico lo de las “reformas estructurales” y sus dichosos beneficios. Lo cierto es que más de la mitad de la población está en condición de pobreza, el resto estamos en situación de jodidos, y sólo un cochino 1%, al que pertenece la clase política, ve a México como un país que dizque avanza, aunque seguro que ha de ser a sus bolsillos.

La reforma hacendaría significó el aumento de impuestos en rubros como entretenimiento y transporte foráneo. La reforma laboral ha significado que los jóvenes no tengamos chamba, y que cuando llegamos a conseguir una, se nos pague una miseria con la posibilidad de ser corridos cuando al patrón le de la gana. Y como cereza de pastel, la reforma energética, que no es sino la burda entrega de la renta petrolera a las compañías extranjeras, no ha tenido ni el impacto prometido, ni ha generado los empleos anunciados. Es decir, a tres años de gobierno, la gente no ve beneficio alguno con las reformas, desaprueba abiertamente al gobierno, y más importante -para el narcisismo de Peña Nieto-, la población simple y sencillamente no lo quiere. Lejos de ser el líder guapo y carismático que la televisión quiso vender, hoy Peña Nieto observa cómo se le cae el gobierno en plena mitad de mandato.

Por otro lado, varias encuestas, e inclusive los mismos partidos políticos, reconocen que Andres Manuel López Obrador se coloca como el favorito a ganar las elecciones presidenciales de 2018. Ello tras dos fraudes, después del probado fracaso económico de los tecnocratas, de la crisis de seguridad y justicia, que evidencia al Estado como responsable de arrestos arbitrarios y asesinatos impunes; y entre el sinfín de desgracias cotidianas, la gente se encuentra descontenta, desilusionada, y sobre todo, encabronada con lo que parece ser el status quo que una élite política y económica desea hacer prevalecer.

Aunque parezca que Peña Nieto vive en otro mundo (que no quiere decir que deje de ser un menso), es claro que sabe cuál es el escenario que ha provocado su gobierno, y seguro que sí, entiende que su fracaso puede hacer posible que sectores con intereses distintos y diversos converjan en un solo objetivo: sacar del poder a los políticos, y quizá, probar otra alternativa al proyecto de nación. Eso es a lo que teme Peña Nieto, el PRI y el grupo empresarial beneficiado con las reformas. El populismo al que “alertan” es al de la posibilidad de que se genere un movimiento social con aspiraciones de cambio profundo, que se vincule con la imagen de un líder carismático al que la base popular siga en los comicios y en la calle. Tienen miedo de que los jodidos se alíen con los pobres porque eso significaría luchar contra un candidato imparable, que de seguir así, desharía el status quo que hoy favorece a quienes disfrutan del poder político y económico.

El populismo que critica Peña Nieto es  justamente el que no hace ni él ni su partido. Dar despensas, bultos de cemento, contratar bandas y soltar billetazos, no es precisamente lo que él critica, en realidad supongo que lo piensa como necesario para mantener esa dependencia de los sectores más pobres con el gobierno o los partidos políticos. Lo que teme Peña Nieto, la clase politica y los empresarios, es que la gente se de cuenta de su estado pauperizado, que se manifieste, organice, y entonces, que la población se decida a sacar a los que siempre han estado ahí para hacer tranzas a nombre de la democracia y esa sarta de huevonadas que sólo ellos saben decir.

El propósito del mensaje es doble, por un lado, para ser reproducido en los noticieros y hacer ver al peje como el enemigo del país, y por el otro, para llamar a la cúpula empresarial, cerrar filas e impedir que Obrador llegue a la presidencia. La maniobra está cantada, hoy los periódicos publicaron en contra de Obrador y pusieron al “candidato independiente Bronco” como el bueno de la película. La neta hay que ser un peñabot para no adivinar por donde va este cuento.

 

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