Mapping: meses de computadora se transforman en quince minutos frente a una pared

Entre una bocina reventada y una puntualidad lejanamente británica, el Festival Internacional de Mapping arrancó con aplausos, cohetes, música y un David Bowie amorfo.

Un astronauta se mecía lentamente por las paredes de un templo antiguo construído hace más de cuatrocientos años. A lo lejos, y en puntillas, una mujer carga a su hija para que vea el espectáculo: la pequeña se distrae con un dron que vuela como avispa blanca encima de ella.

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El mapping, poco conocido y explorado en México, se nutre de reconocimiento y gracia en la ciudad de Morelia con el primer festival de latinoamerica dedicado a este nuevo arte visual que necesita grandes edificios para obtener aún más vida.

Las cifras se mostraron temerosas y entre treinta y cinco mil personas que aseugraba un organizador, fácilmente se podía contar a la mitad encajando la vista primero al templo franciscano y luego al escenario en donde unas lámparas decoradas como tubas empezaban a parpadear luz rosa.

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Nortec: la dictadura del acordeón mexicano

Mucha gente te va a decir que la música de banda es horrible. Que sus trompetas chillan como diablos pequeños y que el acordeón es para la gente pobre que se la vive en la cantina. Pero ponles a Nortec en vivo y las trompetas son increíbles, un homenaje a la música popular. Y el acordeón, por dios, debería estar tocando en Bellas Artes esa belleza.

Así es la gente y así es Nortec, los guardaespaldas de dos hermanas deformes: la música electrónica y la musica norteña.

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Lo distinto en ver a Nortec en vivo en una plaza pública, durante un evento familiar, es que terminarás bailando como loco frente a tu padre, o peor, verás a tu padre bailando como loco frente a ti. Esto pasó y mucho. Las señoras dejaron de grabar para empezar a revolver la pelvis, con una rabia y un gusto de hacer algo que sus padres no les permitieron.

Entre un olor a marihuana que ya suena familiar y algunas personas escalando árboles, Nortec le quitó la escarcha a una ciudad de abrigos calientes para recordar que, por una noche, se puede amar a la música popular siempre que tenga el pretexto de no sonar en un palenque o cantarle al amor entre botellas de güisqui herido.

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 Foto: Janik Frías
Texto: Dekis Saavedra

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