La Ciudad de México es única como pocos lugares en este mundo, eso se sabe desde el momento que se pone un pie en ella. Pensarla me remite siempre a tres cosas: al sonido de la música salsa y cumbia que suena en comercios, puestos ambulantes, en la calle y en los microbuses; al gusano naranja que atraviesa con furia todos los rincones de esa enorme ciudad de más de 20 millones de habitantes; y precisamente, Ciudad de México siempre me parece que es movimiento. En ella hay que caminar rápido, observar todo, ponerse “abusado”, en ella no hay forma de detenerse, y sin embargo, conozco un lugar que lleva casi quinientos años suspendido en el tiempo. México, “el ombligo de la luna”, Metztli (luna), xictli (ombligo) y co (lugar), es el lugar que resiste al tiempo.

**

El barrio de la Merced, uno de los lugares a los que el turista promedio no debería de asomarse. Es famoso por ser uno de los puntos comerciales de la ciudad de México, e infelizmente, también es  conocido por ser el lugar donde existe mayor cantidad de prostitución, sin contar que es bastante probable que te asalten si no te pones truchas. No obstante, en él existe otra cosa que afortunadamente pocos conocen  y que es una joya para la ciudad: la casa más antigua de México.

Merced4

Se puede arribar a la dichosa morada desde la estación de metro “Merced”, siguiendo a pie por Circunvalación, atravesando la enorme cantidad de puestos que venden desde comida, ropa, discos pirata, frituras al por mayor, dulces de confección tradicional, y por supuesto, en medio de las muchas miradas de rasgos indígenas de las muchachas que ofrecen sus servicios sexuales en esa y otras calles aledañas. Ahí, en la calle de Manzanares, casi llegando al cruce con Circunvalación, y a tan sólo unos pasos de la capilla del Señor Humilde, se encuentra, en el número 25 la que según el Fideicomiso de la Ciudad de México, es la casa más antigua de la capital, y quizá, de todo el país.

La verdad es que pocos imaginarían que detrás de esa puerta vieja de color rosado, con palmeras enfrente, se encuentra un lugar de importante legado arquitectónico del siglo XVI. Ninguna placa, ningún letrero, y afortunadamente ninguna información turística, menciona que ese sitio es más antiguo que muchos otros puntos emblemáticos de la ciudad. En realidad, cualquier neófito en la materia pensaría que es una simple casucha abandonada. Delante de ella se estacionan carros, al costado hay un callejón con basura en el que se cuecen en anafres los elotes que serán vendidos en las populosas calles. En su gran parte ya no tiene techo, algunos de sus muros presentan rayones hechos con aerosol, y es más, en el escalón de la puerta me encontré un sujeto que plácidamente tomaba una siesta sin saber que se recargaba en una construcción de casi quinientos años de antigüedad. Francamente nadie sabría de su existencia si no es por un detalle importante, en la esquina de la construcción: detrás de una puertecita de metal, hay un policía que cuida algo, y por lo que se puede ver, se turna para hacerlo con otros compañeros. Evidentemente lo que se la encargado vigilar es eso, la casa.

Fue a ese “poli” a quien saludé y pregunté por la construcción, y ¿saben?, fue curioso que éste tuviera rasgos indígenas y color de piel bastante morena. Probablemente fue un alucín producto de mi expectativa, pero me pareció paradójico que su trabajo consistiera en cuidar una casa construida después de la conquista de la gran Tenochtitlán, en medio de un barrio tan loco, y bajo el constante asedio del gobierno de la Ciudad de México que se ha empeñado en expulsar a los indígenas pobres que viven entre los viejos edificios en ruinas.

Después de rogarle un poco al poli, quien dijo que estaba prohibido entrar, que podría perder su chamba -pero al que por alguna razón le caímos bien-, éste quitó la cadena y nos abrió las puertas de la casa bajo la condición de no tomar fotografías y de “echarle un ojo” lo más rápido posible. Como era de esperarse, la casa tenía el típico patio central con cuartos dispuestos alrededor, y lo que se advertía, debió de ser el lugar para los corrales al fondo. Ciertamente, si la casa ha sobrevivido tanto tiempo es porque ha sido habitada de manera constante a través de años, décadas y hasta siglos. Las marcas son evidentes en el lavadero de concreto, que muy probablemente, sirvió a los moradores cuando fue vecindad, en los distintos mosaicos colocados en el piso y que revelan la superposición de épocas, por las estructuras de metal que sirvieron para montar las cortinas de lo que, aparentemente, fueron locales comerciales que miraban hacia la calle, por un cuartucho que visiblemente fue ocupado hasta hace poco,  y por un baño con azulejos que lucía -poco más o menos- de los años ochenta.

Ellugarqueresistealtiempo2Tal vez la casa no contenga ese halo de “grandeza” y misticismo que esperan quienes van a un museo a ver piezas sacadas de su contexto de producción original, y creo que la de Manzanares número 25 me gustó precisamente por eso, porque es un sitio anclado fuertemente en el pasado y el presente.

A unos pasos de la casa se encuentra la capilla del Señor Humilde, que fue una de las siete ermitas que el propio Hernán Cortés mandó construir, y que hoy en día es conocida como la “capilla de las putas” y de los ladrones, personajes que van a rezar para seguir teniendo trabajo y no ser atrapados. En los alrededores siguen existiendo las famosas vecindades, en las que habitan familias enteras que son incapaces de pagar el alquiler de una casa. No tan lejos, queda el famoso puente de Roldán, que durante el virreinato fue el principal puerto interior de la ciudad, y que cuya construcción revela la tardía presencia de aquellos canales heredados de la antigua Tenochtitlán. Cerca también, se ubica la plaza de “La aguilita”, lugar en el que se supone los aztecas vieron el águila parada sobre el nopal devorando a la serpiente, sitio que eligieron para fundar su ciudad.

La casa de Manzanares número 25, resiste al tiempo porque sigue viviendo en él, sigue dando cobijo a los habitantes de la gran ciudad, y sus proximidades continúan otorgando significados a quienes recorren el espacio urbano de la Ciudad de México. Aunque se corre el riesgo de que un día se venga abajo, no sé si me gustaría que la convirtieran en un centro cultural o una de esas cosas que el gobierno capitalino se inventa para después desplazar a los moradores del Centro Histórico. A lo mejor, como en Morelia, mucha gente desearía ver un lugar bonito y seguro para ir a dar un tour y tomarse fotos, no obstante, hacer eso sería despojarlo de su carácter de cotidianeidad, sería convertir la calle en un museo que petrifica el tiempo y que nada dice a sus habitantes. Es decir, nadie siente como su barrio o su casa a un centro comercial, justamente porque esos lugares han sido pensados como espacios para ir a comprar cosas; quien va a un centro comercial no siente una relación de reciprocidad con el espacio pues su papel está condicionado a que el sujeto vaya, consuma, y regrese a su casa. En esos <no-lugares> de la modernidad, no existen recuerdos, no hay historia compartida, y su función es la de ser simples espacios de tránsito donde las selfies se convierten en la marca de haberlo recorrido.

Para los mexicanos, a diferencia de otros pueblos, el pasado y sus lugares nos dicen quiénes somos, nos evocan la infinidad de historias entre las que crecemos, y aunque en otros países se derrumbe un viejo edificio para cumplir otra función urbana, el que se mantenga en pie, inclusive de manera raquítica, como lo hace la vieja casa del siglo XVI, me parece que ya es una razón suficiente para que queramos conservarla, y saben, creo que me gusta que se quede así.


 

Comentarios

comentarios