En la rockola se escuchaban las canciones de Juan Gabriel, “El divo de Juárez”. Algunos cantaban, otros bailaban y los demás solamente bebíamos nuestras cervezas. Estábamos en la “Burbuja”, un mítico lugar en pleno centro de la ciudad de Morelia que de día funge como restaurante familiar, pero que de madrugada se convierte en refugio para malandros, traileros, travestis, taxistas y borrachos que continuar con el party hasta el amanecer. Después de haber entrado al baño a tirar el miedo me doy cuenta que afuera del lugar uno de nuestros acompañantes platicaba con un vato que pintaba de cholo. Mi amigo el escritor underdog estaba con ellos y parecían estar discutiendo por algo que no alcanzaba a percibir. La situación pintaba mal, así que dejé a los demás borrachos y me acerqué eufórico para ver qué estaba pasando. Los vatos querían partirle su madre a mi amigo.

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Aquella tarde de jueves me ofrecí a ir por el carnal Carlos Martínez Rentería, director de la revista Generación, a la Central Camionera. Había llegado a Morelia para participar en el sexto Encuentro Nacional de Letras Independientes que organizaban los camaradas del Colectivo Paracaídas, el cual tuvo su fin un año después debido al desinterés que mostraron algunas instituciones que lo financiaban, como la Secretaría de Cultura y su gestión fallida. El “Carlitros” andaba bien crudo y yo muy sobrio como para agarrar la cura que él traía desde la noche anterior. El vato quería soda y andaba como pinche loco preguntándole dónde podía conseguir algo al taxista con el que viajábamos. Era el 2011 y la ciudad trataba a penas de recomponerse de todo el desmadre que nos había dejado aquella militarización y la enclenque “guerra contra el narco” que había emprendido desde el 2006 el comandante en jefe Felipe Calderón. El taxista solamente sonreía y yo no sabía cómo decirle que aguantara, que no andábamos para esas cosas así tan de patas abiertas.

Cuando llegamos a la hoy Facultad de Letras, entonces Escuela de Lengua y Literaturas Hispánicas, donde daría inicio el mencionado encuentro, el pinche Carlos agarró una banca del patio secundario y se quedó bien dormido. La inauguración se estaba demorando un poco, como suele suceder en todo evento cultural, y eso le permitió echarse una jeta entre los estudiambres que andaban por el lugar. Más tarde se reincorporó, pidió una botella de Don Pedro (si no mal recuerdo) con Coca-Cola y junto a escritores locales como el José Agustín Solórzano y Ernesto Hernández Doblas compartió parte de sus poemas, los mismos que salieron publicados después con el título de “Barbarie” bajo el sello de Moho, la editorial del escritor Guillermo Fadanelli.

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Bien pimpeados y listos para empezar el desmadre, en la noche nos reunimos varios amigos en el Cactux, un lugar donde fluye gran parte de la movida hípster, hippi y underground moreliana. El pretexto era el cóctel de bienvenida para todos los invitados a aquel encuentro. Todos sabemos que el pretexto real en estos menesteres es beber hasta el culo y meterse cuanta madre se pueda hasta terminar nalgas pa’rriba en alguna habitación de hotel o en barandilla bien atorados. Así son los escritores más inn de la fauna. Pero antes de que todo eso sucediera anduvimos en el conecte y bebiendo todo lo que nos ponían en la mesa. Entre la cuadrilla estaban Oscar Quevedo y Alejandra Quintero, organizadores del evento, el mencionado Carlos Martínez Rentería, mi carnala Andrea “La Perra”, Daniel Espartaco, “el escritor underdog”, y otros más que no recuerdo y que temo mencionar para no involucrarlos.

Después de un agasajo mortal nos cayó la madrugada envueltos en copas de vino y botellas de cerveza. El pinche Carlos traía su desmadre descomunal y todos bien frikis decidimos continuar el party machín. Decidimos que la mejor opción era ir a la “Burbuja” porque ahí nunca cierran y venden cerveza y tacos todo el momento. En el camino varios no aguantaron la carrilla y se dispersaron totalmente derrotados a sus casas. Los pocos valientes decidimos continuar la juerga y llegamos caminando al lugar. Agarramos una mesa cerca de la rockola y los más cursis se dirigieron inmediatamente por unos tacos. Los rudos nos apartamos por unas jarras llenas de cebada oscura y de barril.

Entre la perrada andaba un vato risueño que yo creía que acompañaba a los compas del Colectivo Paracaídas. El cabrón a cada rato le andaba dando baje a la cerveza y refutaba todo lo que mi amigo el Espartaco mencionaba en la conversación. En la rockola sonaban las rolas del pinche Juanga y yo andaba bien casposo y con los pelos de araña bailando con mi carnala la Andrea. Pero después de un rato comencé a sospechar de aquel pinche vato. No me cuadraba el pedo y menos que le anduviera dando baje a la cerveza. La actitud que tenía hacía mi compa el escritor underdog, un vato bien tranquilo y alivianado, era castrante y eso no me estaba gustando. No me latía su cura pendeja y les pregunté a los demás amigos qué onda con ese vato. Nadie sabía quién era, creían que había llegado conmigo, pero no teníamos en cuenta cómo o dónde se nos había pegado el cabrón.

La situación pintaba mal, así que dejé a los demás borrachos y me acerqué eufórico para ver qué estaba pasando. Los vatos querían partirle su madre a mi amigo.

En algún momento de la madrugada al Carlitos Rentería se le apagó machín la pila y estaba tendido en el piso todoborracho. Frente a la “Burbuja” estaba el hotel donde se hospedaría y lo llevaron a rastras para que se quedara dormido. El party continuó de manera acelerada y aproveché entonces para decirle al otro vato que no estuviera mamando, que le bajara a su viaje o que mejor se fuera a chingar a su madre a otro lugar. Le valió al cabrón y continuó de castroso. En algún momento me metí al baño y regresé a la mesa para descansar un rato. Cuando me di cuenta el castroso estaba afuera con un pinche cholo y el compa Daniel Espartaco estaba con ellos. Parecían discutir por algo y me acerqué. Los vatos le querían partir su madre.

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—¿Qué onda?, ¿cuál es el pedo cabrón?- le dije al morro castroso. Me ignoró el vato, pero el cholo me miraba fijamente bajo su gorra de LA que traía puesta.

La situación en Morelia no estaba como para armar un pedo a altas horas de la madrugada. Había el antecedente de que andaban ejecutando al mejor postor que se sintiera de huevos en lugares como en el que estábamos pero aun así me envalentoné. Escuché decir a mi amigo el escritor underdog que no quería pedos y el otro vato seguía con su cura madreada.

—¿Sabes qué?, mejor caile a la chingada si no quieres pedo-, le dije y el cholo me interrumpió con un “no mames”.

—¿No mames qué?-, le dije, solamente sonrió.

Me prendí machín y los taxistas que por ahí se encontraban se acercaron un poco. La rebatiña se estaba encendiendo. El cholo se mantenía muy tranquilo pero una de sus manos la tenía entre la chamarra como sosteniendo un fierro. No sé qué traía entre manos pero no temí porque lo fuera a sacar. Había demasiada gente en el lugar y, además, un vato así no se atreve a sacar el fierro en donde sabe que le puede ir muy mal.

—¡Paren de estar mamando!-, les dije, -yo también soy de barrio y se cómo está el pedo, si no quieren pasarla mal bájale a tu pedo pinche castroso- rematé.

El cholillo medio entendió el pedo y se desentendió un poco de la gresca, pero el otro cabrón seguía con su mame. El cholo ni lo conocía, seguramente el castroso se lo encontró por ahí y le pidió paro pensando que así nos bajaría de huevos, pero andando entre perros uno se enseña no solamente a ladrar, sino a morder cuando es necesario y este pinche french poodle no sabía en lo que se estaba metiendo. La situación en la ciudad había dejado tanto desmadre que uno no sabía ya con quién podía encontrarse en el desmadre, lo pensé también para mí, así que los vatos creyeron quizá que yo era un morro “de altos vuelos” y fue entonces que le pararon a su desmadre.

—¡Nel vato, párale, no es pa’tanto!-, me dijo el cholillo.

Yo ya andaba bien arriba esperando una reacción de esos cabrones pero los amigos que aún continuaban dentro salieron para ver qué sucedía.

—¡Cálmate pinche Noctis… mejor vámonos ya!-, mencionó alguien por ahí y agarré entonces el pedo.

Decidimos retirarnos del lugar. Yo andaba con la adrenalina al cien y quería continuar el desmadre. Pero eran más de las cinco de la mañana y al medio día mis amigos tenían que continuar con las actividades del encuentro. El pinche vato castroso se fue con el cholo pero nos siguieron el paso. Cuando nos dimos cuenta que unas cuadras más adelante seguían cerca de nosotros les comenté que esos cabrones nos andaban siguiendo y que estuviéramos al tiro de lo que pudiera suceder. No quisimos meternos en pedos y dimos media vuelta, hacia la casa de alguien que no tengo idea quién era. Ahí se quedaron algunos de los que nos acompañaban. El compa Espartaco se fue a su hotel y, aunque estaba totalmente destruido, no me quedé con las ganas y me fui con los nervios alterados a continuar la fiesta cerca de mi casa.


Imagen: Tomada de Internet

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