Los museos, bazares y casas de antigüedades han acaparado parte significante de la historia de cada comunidad. En sus pasillos, estantes y repisas infinidad de objetos hacen gala de épocas remotas que parecieran tan lejanas, pero que con su sola presencia parecían evocarnos a esos pasajes aunque sea solo momentáneamente. Hay quienes de este brebaje han creado todo un negocio y están dedicados a la compra-venta de objetos sin ton ni son, sin emotividad alguna, pero pocos son los que con esto han significado sus propias vidas, al extremo de vivir a través de lo que los objetos les brindan de sí mismos.

Ese es el caso de don Eduardo Tinajero Luna, un peculiar coleccionista de Morelia que desde hace 38 años ha dedicado su vida a recolectar los objetos más inverosímiles e inimaginables para el sentido común. En su local “Marcos y Molduras El Arte” (ubicado en la calle Virrey de Mendoza #910, colonia Ventura Puente), que funge principalmente como taller de marcos y cuadros para retratos y obras de arte, se guardan en sus paredes, pasillos, cuartos aledaños y segundo piso una infinidad de objetos antiquísimos, muchos de ellos enmarcados o característicos del folclore popular.

“No te imaginas ni a dónde me he metido para sacar tantas cosas”, me menciona el señor Timajero mientras recorre los objetos con su mirada: “Tengo 20 años con este lugar y todavía poseo una bodega cincuenta veces más grande que ésta”, presume introvertidamente el que se dice ser amante de Mickey Mouse.

A los 14 años, Tinajero Luna ya había creado su propio museo en la casa de sus padres; menciona que todo comenzó cuando murió su abuelo, pues en el rancho que tenía había muchas antigüedades que le llamaban la atención: desde fonógrafos, cabezas de venado, monedas, un rifle y demás cosas que se llevó e instaló en un cuarto solitario que tenía su padre. La pasión por la recolección de objetos lo atrapó y desde ese instante ya no dejó de adquirirlos.

Me comenta casi extasiado que cada que ve un objeto o alguien se lo ofrece se pone tan nervioso por obtenerlo, le corre la adrenalina por querer comprarlo y, confía que, si no les llega al precio hasta se enoja en señal de frustración. Hubo incluso una ocasión en que decidió invertir el dinero que tenía destinado para las colegiaturas de sus hijos en varios objetos que todavía tiene, “eso me llevó a tener una deuda de hasta 100 mil pesos, así que me toco pedir un préstamo para solucionar todas las deudas”.

Durante el recorrido por todo el lugar, don Eduardo se nota impaciente porque siente que no alcanza a mostrar todo lo que durante tantos años ha adquirido. Sin titubear, menciona que todo lo que uno ni se imagina él lo tiene ahí listo para ser mostrado, “sólo hace falta que me pregunten y yo voy por él”, aclara.

Bancas del antiguo ferrocarril, rieles, cambios de vía, botellas de canica de refrescos que se producían en Morelia por el año de 1912, pinturas de Alfredo Zalce, rocolas de 1940, un billete de millón de dólares, una colección completa de muñecos de Mickey Mouse (que no tiene precio y nunca venderá por declararse fan del personaje de Walt Disney), las primeras bombas de gasolina que hubo en la ciudad, periódicos deportivos especiales de los mundiales de futbol; además de carros infantiles de metal, marionetas, calderas del año 1800, agujas de alta costura, fichas de botellas, taparroscas, álbumes de estampas históricas de 1968, cámaras fotográficas antiguas, Polaroids, juguetes de metal, infinidad de publicidad de refrescos, una réplica de una tienda abarrotera con todo y sus productos, acetatos, son parte de la vastísima cantidad de objetos que se albergan en este lugar.

Un sitio donde pareciera no transcurrir el tiempo, varias épocas amalgamadas en estantes parecieran detenerlo por largas jornadas, o mejor dicho, que confluyen en un torrente de sensaciones. Nunca serán suficientes un par de horas para deambular por cada uno de los rincones que el bazar arranca de la historia, “habría que venirse todo un fin de semana para que pudieran ver todo lo que yo he obtenido”, como él mismo lo menciona.

La intención de este singular y carismático coleccionista es clara, pretende crear un museo donde pueda exhibir todo el material que tiene, sin cobrar al público por admirar “sus cosas”, pues nunca ha pretendido hacer dinero de esto; su labor es simplemente contemplar el regocijo y satisfacción que le producen los objetos en su poder, revivir esos parajes que la historia ha marcado en cada una de las época por las que nuestro estado ha transitado y, compartirlo con la gente, sin mayor pretensión.

Don Eduardo se siente muy satisfecho por todo lo que tiene aunque a su esposa no le agrade mucho la devoción con que lo practica. Ha pensado muchas veces en desprenderse de todo ello pero le resulta muy difícil. A él le satisface que sus hijos sigan la tradición de coleccionar las cosas que “otros no aprecian o valoran”; señala que uno de ellos tiene una colección vastísima de artículos del rapero Eminem, y que el otro tiene “el montón de libros” sobre lo que está estudiando.

Finalmente todo este trabajo realizado durante más de 38 años le ha valido para estar en programas de televisión, filmes cinematográficos, documentales, comerciales, exposiciones y otras cosas más, ya sea él personalmente o sus objetos. Sus amigos de confianza le llaman “El coleccionista incurable”, porque compra todo lo que tenga a su alcance sin importar lo que haga de por medio. Todo esto le satisface ampliamente y “nada más”, sentencia con una sonrisa clara en el rostro.


Fotografía tomada de Google Maps

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