Pagué el equivalente a 15 pesos mexicanos por literalmente ver mierda en el Museo de Arte Moderno de São Paulo (MAM); y no, no me refiero a que vi obras de mala calidad, aunque eso no lo puedo evaluar porque no me considero un conocedor ni mucho menos, pero creo que a mucha gente le causa conflicto el arte moderno y contemporáneo por la aparente ininteligibilidad de su contenido. No les culpo, en el museo vi un “collage elaborado con papel de cigarro quemado”, un payaso que parecía respirar, una pirámide inflable hecha con periódico, y entre otras cosas, una instalación realizada con básculas y videos de un travesti negro leyendo la constitución de Brasil; cosas conceptualmente interesantes, pero que claro resultan bastante extrañas para el común de la gente.

Es probable que al mirar ese tipo de arte usted haya escuchado comentarios como: eso lo puede hacer cualquier niño, o que eso “nomás es embarradero de pintura”. Para el espectador promedio, y sobre todo para aquel en calidad de turista, la obra artística contemporánea resulta excéntrica pero probablemente interesante porque lo dicen los que saben y porque está en un museo; y en tiempos muy recientes, porque las redes sociales cuentan a la hora de tomarse una foto junto a lo que según es “arte”, ya que en el mundo virtual, en el escaparate del narcisismo, tener una foto con una pintura de Picasso, y mostrarla, otorga un estatus “cultural” distinto que demuestra que usted tiene la posibilidad de viajar e ingresar a espacios a los que sus familiares, vecinos, amigos o conocidos no pueden ir.

Tomada por: Alexis González

Tomada por: Alexis González

A propósito, la obra que vi (sin saberlo antes de entrar), fue la famosa merde d’ artiste del italiano Piero Manzoni, creación que continúa siendo provocadora porque coloca sobre la mesa el problema de aquello que es llamado “arte”, y el título y función del “artista”. ¿Quién es un artista?, ¿qué es arte?, y ¿cómo sabemos que aquello que tenemos frente a nosotros es arte?; preguntas complejas para las que me gustaría traer a colación una anécdota graciosa que contaba el sociólogo francés, Pierre Bourdieu: en la ciudad de Bienne, en Suiza, el ayuntamiento compró algunas obras de arte contemporáneo con el fin de exponerlas en los espacios públicos. Un buen día, los barrenderos se llevaron las obras pensando que no eran más que basura (que en muchos casos lo son).

Como explica el sociólogo, la capacidad de “entender” el arte, y sobre todo aquel de tipo conceptual como el contemporáneo, depende del capital cultural poseído por el sujeto, y evidentemente, de lo simbólico que resulte el lugar en el que se resguarde aquello llamado “obra de arte”.

La respuesta de Manzoni es hilarante, en su creación se adivina que el arte es aquello que hace el artista, y en este caso, su mierda puede ser una obra arte. Curioso porque el propio mundo artístico aplaude esas aporías al grado de comprar la mierda o el aliento de Manzoni a precios exorbitantes. Parece en todo caso que no importa la obra que realice el artista, lo que importa es qué tanto se puede convertir en una mercancía y cuánto puede ser fetichizada, de este modo, da lo mismo si la lata contiene efectivamente mierda, pues lo que importa es el halo construido alrededor de ella.

II

Todos coinciden en que “Sampa” es una ciudad con una escena artística importante, pero sin duda alguna, São Paulo es la capital mundial del grafitti, aún por encima de Nueva York. Casi todo artista se consagra o se sabe consagrado en esa ciudad.

Sí uno habla con cualquier grafitero, es probable que la mayoría diga que ellos hacen arte callejero para la gente que camina, que toma el metro o el bus, y que su creación no está domesticada porque la realizan en un lugar “prohibido”, el espacio público.

No obstante, se adivina que el arte callejero se neutraliza fácilmente cuando se le coloca en un museo. Eso fue sin duda apreciable en la tercera bienal de Graffiti en Sao Paulo, donde las obras fueron expuestas fuera del soporte natural del graffiti: el muro; y el espacio cerrado les imprimió esa dinámica de recorrido típica de la museografía. No faltó aquel que rayó sobre algún tópico social o que intentó armar algo más “conceptual”, y a pesar de la presencia de graffiteros tan famosos como Tasso Atsuo, al final uno quedaba con esa sensación de haber visto trabajos muy buenos pero que les faltaba un no sé que, y ese no sé que era desde mi perspectiva, la calle y la longevidad natural que le imprime el cielo abierto.

Tomada por: Alexis González

Tomada por: Alexis González

Pero la calle no lo hace todo, recuerdo que hace unos años se convocó en Morelia a los graffiteros locales para “rayar” el espacio de Tres puentes. La convocatoria fue exitosa y “se llenó de color” aquello que era una insípida obra de ingeniería, no obstante, se marginó y censuró lo realizado por aquellos que quisieron hacer una crítica social, o de menos mentarle la madre al gobernador del Estado, lo cual demuestra que el graffiti también es fácilmente domesticable, y que la posibilidad de hacerlo radica en si es útil o no a la lógica del capital.

Tomada por: Alexis González

Tomada por: Alexis González

Lo anterior explica por qué el Beco de Batman en São Paulo es tan famoso, ya que en cualquier otro sitio sería un callejón pintarrajeado, con las fachadas de las casas rayadas, un lugar de “malandros” al que no se debería entrar por la noche. Sin embargo el Beco de Batman se encuentra en el barrio bohemio de Vila Madalena, una zona de bares y restaurantes “alternativos”, que sin duda alguna están pensados para ser chicks. En este sentido, el callejón se convierte en una atracción turística que “llena de arte” al barrio, y que demuestra que se puede hacer graffiti sin esa carga “vandálica” que le caracteriza, o al menos ese es el discurso típico del empresario y del conservador.

El lugar se convierte en un sitio al que la gente acude no a contemplar o apreciar el trabajo de los graffiteros, que por cierto en algunos casos es muy bueno, sino que su presencia se constriñe a la posibilidad de tomarse una foto con alguna pinta, dando lo mismo el tema o el alias de quien la realice, pues como sucede con la pintura de Picasso, lo que importa no es el autor, sino el haber estado ahí, y mostrarse -y demostrarse-, en un lugar exótico, y sobre todo, seguro. Eso es lo que quiere y busca el turista: una experiencia “inolvidable” sin la inherente vida de los países subdesarrollados o de “tercer mundo”. En el discurso espacial del capital en el siglo XXI, se puede “hacer turismo cultural y pasárselo bomba sin gente indeseable”.

Tomada por: Alexis González

Tomada por: Alexis González

Lejos de ser “indomable”, el graffiti , y el arte en general, se domestica y se vuelve contra sí mismo al servir como una herramienta en el proceso de gentrificación, que significa un desplazamiento y expulsión de los moradores originales de un lugar antiguo e histórico, por la transformación, que en muchos casos es llamada gubernamentalmente “restauración” de los espacios céntricos de una ciudad, para ser convertidos en zonas de bares, hoteles y restaurantes, que efectivamente lucen exóticos, originales y coloridos, pero que en la práctica resultan impagables e innaccesibles para la mayoría de la gente, inclusive para quienes vivían desde tiempo atrás en el barrio, quienes a final de cuentas terminan siendo expulsados o convencidos de vender sus propiedades. La moda del turismo “cultural” del siglo XXI es llevarte a una zona antes marginal pero que hoy en día es segura y exótica, una vitrina de cristal blindado desde donde se ve al Otro. El beco de Batman, que seguramente en otro momento fue un peculiar espacio de expresión, hoy en día es un perfecto instrumento de venta para los empresarios. Puedo decir que lo mismo acontece con las favelas, que coloridas pero con los mismos problemas para sus moradores, ahora son objeto de recorridos turísticos.

III

En el capitalismo del siglo XXI todo es comercializable, de manera que la caca de un artista puede valer literalmente lo mismo que el oro, y en otro sentido, el arte callejero brasileño puede ser el telón de fondo ideal para la comida de una pareja estadounidense en un restaurante tailándes, y la pobreza de los marginados puede ser una perfecta fotografía que la mirada “sensible” del gringo busca en un país marginal. Lo curioso es que los activistas y artistas no adivinan que el capitalismo es espacial, es el nuevo Serengeti de lo urbano.


Foto de portada: Tars

Fotos: 3a. Bienal de Graffiti de São Paulo/Tomadas por: Alexis González.

Beco de Batman.

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