A Roberto un amigo de la Prados Verdes le consiguió un boleto para el Monarcas-América en 550 pesos. No lo dudó y sacó dos billetazos. ¿Qué orilla a un hombre que gana cuatro mil pesos al mes en una tienda a gastarse más del diez por ciento de su salario en un juego de dos horas?

El revendedor se dedica justo a eso. Ahorra un poquito de sus quincenas y otro más de los trabajillos que hace con su suegro en el taller para comprar boletos a precio de taquilla y sacarles el doble para sacar billete. Con juegos como éste contra el América, se ha podido comprar un celular buenísimo, dice, y un viaje a Ixtapa para su muchacha.

Roberto compró su boleto carísimo y se subió corriendo a un camión. De ahí, se baja en el Periférico y agarra una combi gris. Por las prisas de llegar a tiempo se pone el boleto en la bolsa trasera del mezclilla y se amontona entre el gentío de la clásica combi llena. Mientras sube y baja gente, el boleto se le empieza a salir y tambalea. Alguien de la combi lo nota y empieza a mover despacio la mano para quitárselo sin que se dé cuenta. En un frenón, Roberto se sube el pantalón y el boleto se acomoda de nuevo. El tipo que lo quiere agarrar sigue intentando pero es tanta la gente parada en la combi que su robo corre riesgo. Nadie quiere ladrones y mucho menos cuando el boleto costó días enteros de sacrificio laboral. De repente pierdo de vista a Roberto y cuando lo vuelvo a enfocar, el boleto ya no está. Llegamos al estadio y se empieza a tentar las bolsas. ¡Nada!

Ya en el camino al estadio, con Roberto pidiendo un boletito que les sobre, empiezo a notar que un encuentro así de grande no arranca cuando silba el árbitro. Para los morelianos, el partido inicia desde bien temprano. Desayunan carnitas, van por cerveza, sacan la playera vieja del equipo y se montan a la familia en el auto, en un peregrinar por los caminos pedrosos de hierba seca que conducen a la entrada del estadio. Aunque descuidado e inseguro, la ruta a las gradas motiva de inmediato. Hay banda de vientos masacrando sus trompetas y tamboras. Los revendedores y los comerciantes de banderas le hacen ojos a todo el que pase. Los niños piden y piden refrescos y Roberto empieza a sudar por los nervios de quedarse afuera. Al final, y de repente, una señora le dice que por doscientos pesos lo deja meterse a su palco. Acepta y se despide emocionado. Este encuentro le saldrá carísimo, pero tiene todo el derecho de ver perder a su equipo en casa.

En la Malla 4 la Lokura aún no llega. Las edecanes en la cancha se recargan en una pierna, luego en la otra; los vendedores de pizza reciben más chiflidos que las muchachas para que les calme el hambre a todos. El partido empieza en una hora y el gentío es tanto que uno no comprende cómo a pocos juegos de descender se sigue convocando tanta afición. Amor puro, dicen algunos, eso es lo que los obliga a venir al estadio a ver perder a sus Monarcas cada quince días.

“Arrancan bien, ganando siempre, pero luego empiezan a empatar y a perder, y ya al final nomás los vemos sin clasificar y a punto de descender”, dice un señor que lleva seis cervezas de a litro antes de que inicie el partido. “Pero ahora sí nos chingamos al América, vas a ver”, jura, con un bigotazo de espuma encima en la boca. Resulta sorprendente ver cómo el equipo michoacano está a menos de veinte partidos de abandonar la Primera División y la entrega es tanta como para imaginar que se le puede ganar al América.

El primer tiempo es tan ingrato y aburrido que obliga a todos a llenarse de garbanza y cerveza. Los empates a cero son los que más embrutecen. Para el minuto cuarenta todos están mareados. Para el segundo tiempo ya todos traen los ojos chuecos y el jadeo típico de borracho. En redes sociales se dirá que hasta el gobernador salió así en una entrevista durante el medio tiempo, quién sabe. Pero un partido tieso puede resultar atractivo para muchos, el de la cerveza ya vendió cuatro barriles de clara “y vamos por los siete barriles hoy, carnal”, me dice.

Estuvimos dando vueltas al estadio: los palcos aburridos, las plateas llenas de señoras, el preferente con señores de largo aguante por tanto grito y las zonas de general norte y sur, en donde más que un partido es un calvario. Hay gente con playeras del América entre el gentío monarca y empiezan los agarrones. Salen volando los golpes torpes y los vasos de cerveza. Entre el caos del pleito, un niño me dice que tiene miedo, no quiere que lo golpeen. Cuando le digo que se calme y nos diga dónde está su papá para que lo cuide, me señala un descamisado que está pateando a un morrito con playera del visitante.

Caen dos goles del América y los americanistas michoacanos celebran como si los hubiera metido Messi. Sus ídolos por fin están en Michoacán y están masacrando a los locales. Un sábado perfecto. Para mucha gente que los detesta, los americanistas están recibiendo todo el odio que solicitan en su eslogan.

Al final ganó el América, como era lógico, y los aficionados locales están encabronados. Hartos de la directiva, de TV Azteca, los malos fichajes, la mala dirección técnica, los dieciséis años de desiertos… y sobre todo están cansados de que se rían de ellos en su cara y en su casa. Pero aún así gritan y se acostumbran a celebrar pequeñas jugadas, que es todo lo que su equipo les da. A pesar de los malos resultados, un sábado en las gradas del estadio sigue siendo una emoción hermosa.

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