Salieron los primos de Jalisco fanfarroneando las bellezas que montaban. Caballos tan duros y precisos que daban cátedra de carácter y equilibrio, ni las modelos en pasarela desatan tanto asombro. Andaba tan bravo el toro que tumbó la puerta. ¡Que juegue que juegue, suéltalo! Se llamaba Tabarín y andaba intenso. Quería cornearlo todo. Pero los jinetes andaban potentes y le lazaron los cuernos de volada. En menos de dos vueltas dio el sellazo en el piso y levantó una polvadera que dejó ciega a media plaza. La gente amontonada escupía sus garbanzos con salsa. Mientras sonaba Un rinconcito en el cielo, el jaripeo, deporte antiguo y fiero, cobraba vida, mi gente.

Foto: Janik Frías

La banda Garambullo sudaba con el solazo de frente pero no dejaba de tocar. Traían babeadas las trompetas. Hasta que les dijeron, “no toquen hasta que les traigan agua o qué quieren, ¿cerveza?”. Si el agua destruye puentes y caminos, qué no hará con los intestinos, decía el narrador para que le trajeran una botella de tequila blanco. Y es que el sol de enero en los pueblos pega como misiles del desierto.

Cuando guardan al toro, el compa de las semillas se avienta al ruedo a ofrecer botana. Como dice la canción “de a diez la bolsita“. La gente le avienta la moneda a su canasto y él les estampa las semillas en la cara con un aventón tremendo derivado de sus años en la mezcla y el tabique. Un señor ofrece cartas de baraja española. A 20 la carta: al final se hace una rifa, el ganador se lleva dos cintos piteados. Ya lleva vendidas casi todas. El nueve de copas saldrá ganón en la rifa final barajeada por una chulilla de cadera grande y cintura de cortina amarrada. Un bragao de la zona con más sombra alzó el sombrero. Dos cintos bien chulos van para allá, mi gente.
¡Apláudanle al ganador!

Foto: Janik Frías

Luego salió el Indio de Tijuana, toro azabache, con el Son Caliente alebrestándolo. Hacía pedazos las piedras con las navajas que traía. Estaba enfrentado a la cuadrilla moreliana de los No me se rajar. No se pudo tumbar la bestia, traía un tendedero en las patas y no caía.

Los toros son como las mujeres: a veces quieren y a veces no quieren; cuando les das las confianzas te traicionan, mi gente. ¡Aplausos para el Indio!

Foto: Janik Frías

Luego surgió el rumor de que uno de los jinetes había perdido un dedo. Todo mundo andaba espantado y el vocero anunciaba que alguien buscara el pulgar por ahí entre el polvo. Todos se asustaron y empezaron a buscar. De repente en un jalón de cuerda a un jinete se le había desprendido algo, dijo el comentarista. El culpable se llama La Rabia, un toro desgraciado y travieso que se lanzaba directo a las patas de los caballos. Al final, nomás fue un cortón sencillo y un espanto enorme.

Luego salió El Sargento, de Rancho El Gorgojo, advirtieron a todos: Sargento tiene fama de asesino. A ver de cuál trapero salen más pabilos. Se puso fiero y heroico detrás de cada caballo que le bailaba cerca. Le echó el ojo a uno… ¡avienten los sombreros, mi gente, avienten los sombreros! De repente el sargento se lanzó recto contra un caballo precioso y joven, le ensartó el cuerno izquierdo en la costilla. Quedó atrapado contra las piedras del muro. Las tripas quedaron de fuera. El espectáculo derivó en pánico y lo bueno que el jinete sacó a su corcel a tiempo.

Foto: Janik Frías

La gente comentaba el encontronazo y tiraba la basura al ruedo. El sol se iba acobardando detrás de los cerros tupidos de hoja. Una señora empezó a sentirse incómoda encima de una piedra y dijo que ya era tarde. El atardecer le daba sueño y la hacía pensar en sus artesanías. Un muchachillo llegó montado en su caballo y lo hacía relinchar para llamar la atención de una chiquilla. La morenita andaba bien metida en el danzar de un tromponista enorme que tenía la cara hinchada de tanto soplido intenso. A un lado del trombonista estaba un chiquillo a rapa que les atendía las urgencias: les llevaba agua, tacos, tequila y cigarros. De repente la música se cortó de golpe y los toros dejarón de agitar las rejas.

Capula se había alebrestado y la luna de uña les decía que ya era hora de ir a destender las camas.

Foto: Janik Frías

 

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