Calificación

7

 

Los días en donde tenías que bajarle el volumen a las canciones de Molotov para que tus jefes no te regañaran se han acabado. Están bien atorados en el pasado. Perdidos por allá, en alguna zona de los noventas.

Las nuevas generaciones nunca experimentarán ese tipo de rebeldía. Las cosas han cambiado: la grosería dejó de ser asunto de libertad para pasar a ser cualquier cosa que no lastima en nada la moral de la familia. Quizá las familias han cambiado, pero ya nadie se puede sentir diferente o rudo por escuchar a Molotov. Ya hasta tocan en las ferias del pueblo pagadas por el gobierno al que antes le tiraban. Y te intentan atrapar con frases como: “me pagan por decir groserías”. Rudísimo. Y las juventudes izquierdistas le trepan al iPod para que Molotov les truene la oreja en lo que dan la vuelta en rila mientras llueve.

Agua Maldita, de maldito, sólo tiene el nombre y el tiempo que tardaron en sacarlo

 

Con este nuevo discurso Molotov saca el Agua Maldita. Que de maldito sólo tiene el nombre y el tiempo que tardaron en sacarlo. ¿Por qué no funciona el Agua Maldita? No es que el disco esté mal hecho. Tampoco es que no traiga bien parado el guitarrazo y el bajeo choncho. Al contrario, suena muy bien. Denso. Le toparon recio al estudio. Pero el disco se aguada en el mensaje. Molotov cree que aún va a decir lo que nadie ha dicho. Para nada. Esos años ya quedaron bien rebasados. Puto lo dicen todos. Puto es ahora un lema patriótico en los estadios del Mundial. Una palabra que hasta los intelectuales defienden. Y el Chinga Tu Madre es asunto de cada noche en Telehit y Canal 5. Es algo que grita mi sobrinito cuando vamos en el carro y el de adelante no le pisa. Porque la grosería como método de ofensa quedó superada por la violencia, la matanza, el buleo, el albur pesado, el narcocorrido, los levantones y tanto desmadre nacional que hacen que la grosería pase a ser un postre light que se come con cucharita.

Una rola del Agua Maldita dice: “cada vez más siento que duermo más pobre”. Ei. El asunto es hablar de la pobreza, pero Molotov sólo está quejándose cuando Hacienda les jala varo. Bueno, Molotov, hay chingo de gente que los escucha y están a punto de que el banco les embargue la casa. Hay gente que los escucha y le deben como seis grandes al diler y saben que mañana se los van a quebrar. Hay gente que no armó chamba y ya lleva como ocho meses sin comer algo decente y nomás se endeuda.

Sí, lo suyo puede ser una interpretación de la situación económica y de cómo nos ensartan las instituciones, pero no lo hagan creyéndose voceros. La necesidad es cabrona, pero sólo para la gente que de verdad sabe lo que es necesitar. El público no se cree mucho cuando hablan de falta de varo cuando los ven dando turs en Rusia y Alemania. Sí, gracias por hacer pensar que México es algo más que Maná en el extranjero, pero ya nadie se siente muy identificado como en las épocas del “Gimme the Power” o los años donde siguieron sorprendiendo con “Frijolero”.

Molotov Agua Maldita

En principio el nuevo disco de Molotov era necesario. Sabíamos que si no se podía cambiar algo con marchas y protestas, mínimo se iba a alcanzar un bienestar con canciones que lograran lo que bien dijo Juan Villoro en el documental que Olallo Rubio le hizo a Molotov: “generar el soundtrack de nuestro descontento”. Pero no hubo nada de eso. Recuerdo que cuando Peña Nieto ganó, mucha gente ya estaba esperando una canción de Molotov para el presidente. Una que dijera exactamente lo que todos pensamos: que es un pendejazo. Y no, sólo le sacaron un cover a José José y luego la aburridísima “Ánimo Delincuencia”. Uno de los temas más apurados y sin sentido en la historia de Molotov. Queriendo decir lo que sea, con tal de decir algo. Con la inteligencia y la propuesta social de cualquier rola de Alex Syntek. Y con letras que ya escribieron los de la Maldita Vecindad y los Botellita de Jerez hace más de diez años. Y la frescura por allá, quién sabe dónde. Nunca hubo rola contra el de hasta arriba.

Por eso Agua Maldita no ofrece nada nuevo, sólo más conciertos y el mensaje de que Molotov sigue presente en la escena. Algo que siempre hemos sabido. Porque ver en vivo a Molotov sigue siendo algo agradable, agradable en el sentido de que toquen sus éxitos y todos nos sintamos perredistas de los noventas por una noche. Y pistear y drogarse escuchándolos. Porque es justo en esos dos temas donde Molotov sabe y sigue siendo vigente. El rock por el exceso de rock. Cogidas internacionales, cerros de coca, pisto a lo cabrón. Ahí Molotov sigue sonorizando bien, porque saben entrarle muy bien. El costal de “protesta social” puede quedarse bien amontonado en la casota de cualquiera de los cuatro músicos. Se puede seguir sin cargar con ese peso. Eso de sentirse vocero de los tristes ya lo tiene ahorita Calle 13. Y qué bueno. Qué güeva andar cantando sobre matar a Obama cada diez minutos. Habiendo tantos temas de dónde.

Pero el disco también lanza buenos riffs. Está más trabajado. Las rimas siguen populacheras. No se han agringado en coritos shalalá. Los bajos están a tope. La bataca sigue precisa y las voces como siempre: menos cómicas pero sin perder el toque. Puede ser un disco para buenas pedas, de ésas que se acaban a la una de la mañana porque ya todos están viejos y mañana tienen que entrar a chambear a las siete. Lejos de eso, y al igual que con La Selección y todo lo que nos tiene acostumbrados a fallar cada cuatro años, esperaremos que lo siguiente de Molotov ‘ora sí rife.


Debes escuchar: El Dónde Jugarán las Niñas. O sus discos de cuando las cosas eran más honestas y menos de shows en fiestas de pueblo y conciertos en Ritmosón Latino.

Recomendable si: sigues atorado en la onda de que todo lo que salga de rock en México debe de ser automáticamente aprobado y no puede criticarse nunca, porque es como escupirle al orgullo nacional.


Fotografía: Janik Frías para Satélite Media.

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