Por Anthonio Blak

Luego insistió en su oferta:

-200, pues. Acéptame 200 de una vez. Nunca le he ofrecido tanto dinero a alguien, pero tu me gustaste.

Al final siguió insistiendo y llegó a un tope de 300 pesos por dejar que me la chupara. Cuando le dije que no siguió terco.

-Te cuento que ayer vino una señora, la manoseamos entre muchos y después se los echamos todos. Pero, sabes, a mí me gusta más la verga, sabes -repitió, mientras se sobaba en círculos con el puño derecho. Luego se chupó un dedo y siguió meneando todo.

XXX

Un poco nervioso llegue a la taquilla del Arcadia, en donde un señor amablemente me vendió un boleto por 45 pesos. El pequeño ticket es algo similar a esos boletos de rifas baratas, solo que este boletito lleva impresa la imagen de una mujer en una pose provocativa. Una vez que compras tu entrada tienes derecho a entrar y salir al cine las veces que tú quieras durante el transcurso del día, siempre y cuando le avises al joven de la taquilla. Ahorita vengo, voy a comer. Es una de las frases que más ha de escuchar el taquillero.

Ya comprado mi boleto ingresé a las instalaciones del legendario cine Arcadia. Mucho se ha hablado de él y necesitaba conocerlo.
Lo primero que te recibe es una diminuta dulcería. Palomitas, refrescos, dulces y todo tipo de golosinas imaginables, sorpresivamente no vi condones a la venta. A unos escasos dos metros de la dulcería hay una gran puerta de madera, una vez que atraviesas esa puerta, entras a un mundo paralelo, es como caer en el hoyo que te lleva al país de las maravillas, y no me refiero a que sea un lugar maravilloso, sino más bien un lugar repleto de excentricidades.

Entré a la sala. Un extraño pero fuerte aroma a cigarro penetró mis fosas, los asientos se encontraban vacíos, la mayoría, el noventa por ciento de la gente estaba de pie. Algunos recargados sobre la pared de los constados y el resto merodeando de arriba y abajo, algo similar a un zombie hambriento en busca de alimento. Caminé un poco más de la mitad de la sala. Elegí una butaca que parecía limpia y me senté.

Los asientos no eran cómodos del todo ¿quién necesita comodidad en un lugar como este? Una pareja de hombres cogiendo al fondo de la sala parecían no necesitarla. Observé alrededor, a mi costado derecho, recargados sobre la pared, había tres hombres parados con la vista hacia donde yo estaba. Todos eran de una edad superior a los cuarenta.

Un poco más al frente, una luz rompía la oscuridad casi total de la sala. Se veía cómo las siluetas de las personas entraban o salían de ese lugar. Otras se quedaban inmóviles, sacaban un cigarro, se lo llevaban a los labios, daban unas profundas caladas y el humo brotaba por la sala nublando la película. Un travesti alto y de piel morena estaba pegado a la zona de baños y una luz golpeaba su espalda, resaltando su cuerpo de silueta femenino.
Por la sala caminaban todo tipo de personas, gente con traje, con mochilas, travoltas, gordos con pelucas, hombres con gorra, ancianos. Ninguno de ellos prestaba atención a la película que se estaba proyectando en ese momento. Se movían a lo largo del lugar con una seguridad que ni siquiera yo tengo, como si estuvieran desfilando en una pasarela de victoria secret, para después intentar entablar conversación con alguien del lugar. Resulta que si este alguien los rechaza siguen caminando muy tranquilos, si pasa lo contrario, se sientan. En cuestión de minutos, uno comienza a chupársela al otro mientras varios más se acercan tranquilamente hasta llegar a una distancia considerablemente, para sacarse el pene y comenzar a jalársela.

“Yo voy a ser el primer hombre que te la mame, ¿verdad?”

El ritual es un espectáculo tal cual que ni siquiera había prestado atención a la proyección del momento y eso que era una película de morras culonas. Me puse a ver un rato la película. Tenía curiosidad, no sabía si realmente mi amigo se iba a despertar. A los escasos minutos uno de los hombres que seguía recargado sobre la pared de mi derecha se sentó en la fila trasera a la mía. Comenzó a susurrarme al oído, su aliento era una mezcla entre menta y cloro. Le miré el rostro. Las arrugas y las canas delataban su edad. Probablemente pasaba de los cincuenta. Me observó fijamente a ojos.

-Eres nuevo verdad, te vi cuando entraste a la sala. ¿Me dejas chupártela? la chupo rico.

Le terminaremos llamando Raúl.
Negué la solicitud de Raúl con la misma amabilidad con la que se presentó. Gire mi cabeza e intenté enfocarme en la película, ahí estaba rubia en cuatro y detrás de ella un vato mamado con un gran pene, dándole con potencia.
Detrás de mí escucho unos jadeos de excitación y el aroma a cloro se acercó de nuevo.

-¡Ándale, no te vas a arrepentir, quiero verga, estoy bien caliente, déjame mamártela, hago que te vengas rápido, me gustan jóvenes como tú!

Los ojos de Raúl iban a explotar de la excitación, la cara se le ponía roja, sonreía falsamente para agradar conmigo. Meneaba sus dientes amarillos de un lado a otro hasta colocó una mano sobre mi hombro.

La morra de la pantalla comenzó a gemir más fuerte, el negro que se le encima empieza a gritar más alto, el sillón en donde cogen empieza a crujir muy duro, se escucha el típico sonido que hacen las bolas al chocar contra un culo, ¡Clac, clac, clac!

-Ándale, aquí tu puedes hacer lo que quieras, nadie te dice nada, Ayer vino una señora, la manoseamos entre muchos y después se los echamos todos, pero a mí me gusta más la verga.

Supe que era el momento perfecto para ganarme la confianza de este hombre y entrevistarlo. Quería conocer los motivos por los cuales asiste al único cine porno que queda en la ciudad.

-A ver, espérate, ¿vienen muchas mujeres?

Ilustración de Anthonio Blak

© Anthonio Blak

 

-No, casi no vienen mujeres, es muy rara la mujer que viene. Y cuando vienen son señoras todas feas, bueno a veces vienen señores con sus mujeres y se las cogen aquí en la sala. Cuando eso pasa, nos acercamos y vemos, después nos masturbamos y así. Otras veces vienen machorras pero se van luego luego, también están esas (señala a los travestis de la sala). Pero esas tienen verga y cobran. ¡¡Ándale, déjame chupártela, te pago $200 pesos!!

-¿Le pagas a todos?

-No, aquí por lo general todo es gratis, muy pocas veces he pagado para que me dejen chuparla. A veces la chupo aquí en la sala u otras veces nos vamos a los baños. Allá en los baños pasan muchas cosas, a veces se arman unos desmadres y ya lo hacemos como entre diez.

Según Raúl, existe un tipo de ritual en la sala. Toda la gente que se encuentra de pie es la gente que está buscando sexo rápido; mientras que la gente que está sentada, simplemente está viendo la película, a esa gente no se le tiene que molestar. Hay veces que los caminantes se detienen y se quedan cerca de una persona sentada, si la persona sentada le da entrada, entonces se arma algo, sino es pura pérdida de tiempo, afirma Raúl.

-Vienen gente de todos los tipos, a veces llegan unos en unos carrazos, hasta estudiantes de medicina con la bata puesta. Siempre hay hombres vestidos de mujer, pero esos no me gustan.

-¿Porque no te gustan?

-Porque no soy joto, nada más me gusta la verga. Antes yo vivía con mi ex mujer. Vivimos muy pocos meses juntos. Ella quería una familia, pero cuando me la cogía no me gustaba. Yo sabía que me gustaba la verga desde chiquito. Así que la deje. Ahorita trabajo en las mañanas y vengo para acá todos los días. Llegó a las dos y media y me voy a las diez, cuando se pone bueno me quedo hasta las doce de la noche que es cuando cierran el lugar, aquí me la paso todos los días. En los fines de semana es cuando se pone lo bueno porque viene mucha gente. Pero entonces ¿si me vas a dar verga? déjame chupártela, te doy $100 pesos más, para que sean $300, a nadie le he pagado tanto en mi vida, pero a ti te lo doy porque me gustaste.

“No dejes que las mujeres con verga te la chupen”

– ¿Cual es la experiencia más extraña que te ha pasado en este lugar?

– Pues fíjate que pasan muchas cosas, por ejemplo, ayer vino una señora, la manoseamos entre muchos y después se los echamos todos. Nada mas a eso vienen a que se las cojan, pero a mi me gusta mas la verga. En ese rato solamente me masturbé, después me puse a buscar a alguien porque me puse caliente. En el baño me dejaron mamarla, es lo bueno de cuando viene una mujer todos se quedan calientes. Aunque en realidad no pasan cosas extrañas, que venga una mujer es una cosa extraña, somos puro hombre. Ya estoy acostumbrado a estar aquí, para mi es normal.

– ¿No tienes miedo a contraer alguna enfermedad?

– ¡´mbre!… Es que aquí ya todos nos conocemos, somos como familia. Ya sabemos con quién meterse y con quién no. También sabemos quién la mama rico y quién no. Pero a mi me gusta arriesgarme con jóvenes inexpertos, como tú, pues; por eso cuando te vi, me gustaste aparte de que nunca te había visto en la sala. ¿De donde eres?

Raúl cada vez se acercaba un poco más hacía mí, su aliento tóxico llenaba de menta y cloro todo y comenzó a marearme. Apretó su mano en mi hombro y me miró fijamente.

-Yo voy a ser el primer hombre que te la mame, ¿verdad?

La entrevista cada vez comenzaba a ser un poco más incómoda. Decidí mejor cortar todo con una última pregunta.

-¿Cuál es tu sueño más grande en la vida?

-¿Yo?… emm, pues fíjate que mi sueño más grande, aunque te va a sonar mal, es encontrar una gran verga joven y fuerte, una que me satisfaga como ninguna otra, por eso ando buscando todo el tiempo-, se empezó a carcajear al punto que otras personas voltearon a mirarnos, tenía una cara de travesura y una risa llena de nervio y gusto, como los niños cuando quiebran algo y les divierte para luego ser regañados.

-¡Ándale anímate, yo sé que alguien así como tú oculta algo muy rico!

Me puse serio y le comenté que no estaba interesado en su oferta. Le agradecí y me enfoque en mirar la película. En la pantalla justo se proyectaba una escena en donde un hombre norteamericano justamente le sacaba el pene a una morra del ano, posteriormente salieron chorros de semen del agujero abierto. El hombre expulsaba gemidos de placer al ver la obra de arte que había dejado ahí adentro. Como era de esperarse, Raúl insistió una vez más. Para no seguir repitiendo el “no”, le pedí que mejor me diera unos consejos para sobrevivir a un lugar como este. Si algún día decides meterte por primera vez al Arcadia, esto te servirá mucho, según el conocimiento de Raúl.

  • No dejes que las mujeres con verga te la chupen (haciendo referencia a los travestis). Ellas engañan, te dicen que de a gratis pero después te cobran y si no tienes para pagarles te va a ir mal.
  • Cuando andes caliente, ve a los baños, ahí es donde uno se arregla para después ir a coger.
  • En la sala sólo puedes fumar cigarro, no vayas a fumar mota aquí porque esa gente no nos cae bien y te vamos a sacar.
  • Aquí en el cine no venden condones, siempre que vayas a venir tráete condones de otro lado o si no te va a tocar ir a comprar todo caliente.
  • Los días sábados y domingos son los días que más gente viene, pero recuerda, es muy raro que venga una mujer y por lo general a casi todos nos gusta la verga.

Agradeciendo la amabilidad de Raúl, le extendí la mano. Me despido, pero el aún terco me insiste una ultima vez. Al escuchar el “no” Raúl siemplemente baja la cabeza como perro triste, posteriormente se levanta de su asiento y se marcha hacia una bola de gente reunida al fondo de la sala. Ya no supé mas de él.

XXX

Miré un rato más la película. Sobre la pantalla aparecieron unas letras blancas sobre un fondo azul chillante. Se podía leer Bonus #4. Letras que predecían el final de la función. Al mismo tiempo, cuatro hombres gigantes entraron a la sala, junto a ellos estaba un joven vestido de blanco de pies a cabeza, portador de una elegante bata de medicina. Los cinco se sentaron a pocos asientos del mío. El futuro doctor le hace honor a su trabajo, se arremanga la bata, mete las manos, les revisa el pene y procede a darles una mamada furiosa. La película terminaba de poner los créditos finales con un jazz aburrido.

Las luces de la sala se encendieron. Era momento de marcharme. En mi camino hacia la puerta que divide al mundo exterior y este, veo, al final del pasillo, una gran fila de hombres parados, aproximadamente veinticinco. Canosos, unos gordos, otros transes, unos curiosos y otros depravadones. Todos formados de manera educada, esperando impacientemente una mamada gratis. Ya me habían contado que para eso era esa famosa fila. Hasta delante de todos hay un gordito de rodillas, porta una peluca rizada amarilla y un vestidito ajustado hecho de tela barata que hacen que se le escurran las lonjas. Las babas le cuelgan por los cachetes. Sus ojos cerrados no dicen otra cosa que no sea placer. Frente a él, un hombre mira al cielo, parece que está teniendo algún tipo de comunicación divina entre su verga y las nubes.

Nadie de sus trabajos se imaginan que al saludarlos ayer por la tarde se atragantaron con cuatros vergas gordas y hoy irán por más.

Me di cuenta que para ellos esto no es un cine, les da igual si hay pantalla o no. Les interesa la oscuridad, la intimidad y el hecho de que las historias de aquí nunca salen a la calle por completo.

Ilustración de Anthonio Blak

© Anthonio Blak

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