Introducción del Editor: No es ningún secreto que Dekis Saavedra ha mostrado una de las posturas más críticas ante La Yoshokura en la ciudad. Si bien sus opiniones no reflejan necesariamente las de Satélite, resulta necesaria esa visión para hacer contraste con nuestras fotogalerías, en las que se presenta solamente el lado agradable del festival.


No hay sentimiento más hermoso que ir en el taxi y quitarte la pulsera de La Yoshokura. Arrancarla y aventarla al río que atraviesa la ciudad y está lleno de mierda y agua café.

Porque primero hay que aceptar lo obvio: La Yoshokura es el único festival michoacano de impacto nacional. Habrá a quienes les duela, habrá a quienes no nos importe y habrá a quienes esto les fascine. Pero es la realidad. Son los únicos organizadores que cuentan con el apoyo de una cervecera grande y que pueden darse el lujo de traer a los mismos artistas año con año.

Nunca había asistido a una. No nos dieron pase de prensa más que para un camarógrafo.

Obvio, mejor mover imágenes que puntos de vista. Del 100% del cartel siempre destacan dos o tres bandas, nada más. Y para eso mejor ir a Cactux a ver propuestas nuevas. O salir del Estado a escuchar artistas ya en las grandes ligas. Pero para el público que no se molesta en buscar buenas bandas o darle una oportunidad a lo local, La Yoshokura le entra perfecto. Y es que son un chingo ese tipo de personas. Por eso esta edición atascó algunos escenarios. No les molesta cuestionar la calidad. Y eso está bien, van a pasar un buen rato, no a calificar el universo. La crítica también nos pasamos de güevos queriendo un Coachella local.

Si por algo pasará a la historia La Yoshokura es por haber sido el festival más impuntual del país. Pero son impuntuales porque el público también no les exige. Si les mueven al artista que querían ver sólo ponen caritas tristes en Facebook y a esperar las tres horas de más para verlos. Y al final como si nada.

Así que no miré a ese público ni a las bandas nacionales. Para qué, la crónica de todo eso saldrá en los medios amigos que ellos tienen. Los que hablan bonito. Mejor miré la nueva noticia de cobijar a las bandas locales. De abrirles camino, decían. De generarles proyección nacional y todo eso. Acá van las Cinco frases de La Yoshokura en Barrio, donde me tocó:

1. “¿Sabes a qué hora nos citaron aquí? A las ocho de la mañana. ¿Y sabes a qué hora hicimos el soundcheck? A las dos de la tarde. Se pasan de verga. Primero nos dijeron que tocaríamos una hora, luego que ya nada más 45 minutos. Y al final con que media hora y córranle.

Mufa. Guitarrista de Los Caviars.

Cuando salió la noticia de bandas locales en La Yoshokura nos asombramos. Pensé que todas estas bandas les darían la espalda a un festival que nunca las había pelado. Y dijeron que sí, y qué bueno. De tocar a no tocar, siempre es mejor darle. Le dije a Aquiles luego luego: we, se las van a aplicar, los van a mover de horarios según sus güevos. Los van a tratar de la verga en los soundchecks. Les van a contar las chelas. Al final pasó lo obvio. Y muchas bandas juraron no volver a tocar ahí.

2. “Me amaban, we, me amaban. Acabando de tocar dos morras me pidieron que las besara”.

Aquiles. Bajista en La Sex Fleur.

Hubo bandas locales que salieron encantadas con el sonido: las bandas que llevaron su ingeniero de sonido. Me contaron que fue precisamente en La Yoshokura donde mejor sonaron. Claro, los niveles para tener un buen equipo a disposición son mucho más grandes. Y qué bueno que haya bandas que tuvieran igual o mejor calidad que las nacionales. No es competencia, pero hay músicos que ya ven los conciertos como un mero trámite. Y, al contrario, hay bandas emergentes que dejan todo en el escenario. Esos contrastes los marcaron muy bien las bandas locales. Y fueron aplaudidas por eso.

3. “No alcancé ni a sudar cuando ya nos dijeron que nos bajáramos del escenario”.

Chavo. Baterista de Los Caviars.

Los horarios. Uta, habrá que hacerle una enciclopedia de veinte tomos al asunto de la impuntualidad de La Yoshokura. Tan sencillo como esto: ninguna banda tocó a la hora que debía tocar. Pero nadie hizo drama, si esto pasara en el Corona Capital o algún otro festival importante la gente se volvería loca. Nadie hizo soundcheck a la hora que debía hacerlo. Nadie tocó el tiempo que debía tocar, las locales, obvio. Los Maestros del Revólver y Los Caviars traían un showsazo que tuvieron que cortar de tajo porque ya los estaban bajando del escenario.

4. “Es un prueba y error. Ya sabemos que en la pinche vida volvemos a tocar aquí”.

Cuauhtli. Bajista de Axel Catalán.

El desencanto. A todo músico local que le preguntabas cómo le fue te ponía la misma cara. Entre tristeza, cansancio y ganas de no estar ahí. No fue lo que prometieron. Ahí está la tesis principal: a La Yoshokura no le importaba, ni le importa ni le importarán las bandas locales. Para qué se hacían babosos, entonces. Para qué jurar que ahora sí iban a impulsar el talento local apurándolos a que tocaran 25 minutos porque ya seguía la banda nacional importante. O moviéndolos hasta al final por que los de Quiero Club se pusieron princesas y querían tocar a la hora de Expedición Humboldt.

Pero también del otro lado, si ya sabían que así trataban a lo local, para qué entrarle. Cuando un amigo pidió que sí le podían dar una chela o un taco porque llevaban todo el día ahí, sólo le respondieron: no estoy autorizada para darte un taco.

5. “Gracias a La Yoshokura por habernos tratado tan bien”.

Guichis. Guitarrista de Los Románticos de Zacatecas.

Eso sí, trato excelente a las nacionales. A eso iban, para eso se planeó el festival. La gente que quería ver a Los Románticos o Hello Seahorse salieron muy contentos. Porque para eso es este festival, para mover bandas que garanticen ventas. Y es que al final es puro negocio, no son ganas de apoyar a nadie, y no está mal. Lo malo está en querer pretender que no para ganar gente o público que hoy mismo los repudia más.

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