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No se sabe de dónde salió la palabra Chaka, quizá proviene del Chacal, un animal carroñero que aprovecha cualquier oportunidad para robar la comida a otros depredadores. Ciudad México es una jungla de concreto donde si te descuidas el chaka puede “tumbarte” el varo, la compu y el celular.

Pero al “chaka” también lo definen otros elementos estereotipantes: el scooter en el que asalta o va las fiestas; los cortes de cabello tipo tapa de pambazo, con copetes tuzados y rapados a manera de hongo; el gusto por el reggeaton, el tribal y el cumbiatón; la ropa holgada de colores chirriantes; la mona con la que inhala solventes; los embarazos adolescentes y el desempleo.

En un país clasista como México, los “chakas” no son una tribu urbana como las demás, pues el chaka es casi siempre un adolescente-adulto sin estudios y sin trabajo, son los famosos “ninis” que provienen de colonias populares, barrios bravos y zonas periféricas de la ciudad.

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Llegué al templo de San Hipólito justo a la hora en la que se celebraba una misa de acción de gracias a San Judas Tadeo, uno de los doce apóstoles de Jesús. Ya al inicio percibí el olor a garnacha, orines y solvente, pero también se hizo patente la sencillez de los devotos del santo. “San juditas”, como cariñosamente es llamado por sus fieles, es conocido por ser el beato al cual se le reza cuando se tiene una causa difícil o desesperada. No es extraño que a “San juditas” se le pida interceder por un hermano o pariente en la cárcel, por un enfermo crítico, para encontrar trabajo o para que vaya bien el negocio familiar. Los devotos de San Judas suelen ser los sectores más pobres de la población, aquellos que no cuentan con seguridad social, que no tienen empleo, los rateros, los comerciantes ambulantes y, en resumen, los que constantemente sueñan con todo aquello que la sociedad les niega por haber nacido en un entorno de marginación y pobreza. Los feligreses de “San juditas” son, en pocas palabras, los más jodidos, los “chakas”.  

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Entre las calles atestadas de gente conocí a José Luis, quien desde hace cuarenta años es devoto del santo y cada 28 de octubre acude al templo para pedirle salud y prosperidad para él y todo el mundo. Mientras me cuenta su historia, frente a nosotros se arremolinan los asistentes esperando alcanzar un juguete regalado por una señora. Le pregunto a José Luis si él también va a obsequiar algo, a lo que contesta que repartirá 28 billetes de veinte pesos entre las señoras. Dice que le gusta ir a la fiesta pero le preocupa que un día explote un cilindro de gas de los que se utilizan en los puestos para preparar enchiladas y quesadillas, justo en ese momento abre grandes sus ojos cuando ve llegar un enorme pastel con el santo dibujado en la crema batida.

Camino un poco y me encuentro con Irat, una mujer que proviene de Coacalco y que destaca por estar vestida de San Judas. La razón del atuendo, dice ella, es para agradecerle al santo por haber evitado que le cortaran la mano después de un accidente. Hace nueve años que es devota y seguramente lo será hasta el día que se muera, pues la feligresía parece ser de largo aliento entre los que asisten a la fiesta del patrono de San Hipólito.

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Finalmente me encuentro con la familia Jiménez, quienes al inicio son adustos pero después se abren a mis preguntas, llegaron de Ecatepec y agradecen a “San juditas” el haberles ayudado a que nacieran con bien sus hijas. Dicen que acuden vestidos como el santo desde hace diez años, los mismos que tiene su primogénita. Sonríen cuando ven a sus gemelas y me comentan con orgullo que es el último milagro que les concedió el apóstol.

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Debo confesar que al inicio temía que me fueran a asaltar en las inmediaciones de San Hipólito; ya antes de salir del metro me guardé bien la cartera, cerré la mochila y me arremangué la camisa con tal de no verme tan “chakaleable”.

Una vez que penetré entre el gentío que escuchaba atento la misa mientras sostenían la escultura del santo entre sus manos, me sorprendió que hubiese una gran cantidad de personas regalando calendarios, estampitas y pulseras con la imagen de San Judas Tadeo. Unos pasos adelante, unos señores estampaban la figura del santo en la cara de niños y adultos. Todo era cooperación voluntaria. La ayuda mutua de los más pobres, quienes son los más agradecidos por los milagros, contrastaba con la mirada de morbo con la que algunos godinez los veían desde los edificios de alrededor.  

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Antes de ingresar al templo a bendecir sus esculturas, el padre menciona el nombre de algunas familias de barrios como Tepito, La Guerrero y La Merced, seguramente ellas pagaron para que se celebrara la misa y su mención actúa como mecanismo de prestigio entre los vecinos del barrio, quienes desde la madrugada llegaron en procesiones para cantarle las mañanitas a “San Juditas”. Un poco más atrás del evento principal, unos chamanes realizan una limpia mientras tocan sus tambores y tañen caracoles en lo que simula ser un performance del pasado prehispánico. El espacio de la calle es compartido por puestos de gorras y playeras con la cara del santo plasmado en aerosol, vendedores de llaveros y estatuillas producidas en serie provenientes de China, cadenitas de imitación de oro, pajaritos que leen la suerte y flores a montón que enmarcan el sonidero de cuetes que estallan en lo alto del cielo.

Aunque la devoción a San Judas Tadeo se piensa como un culto de pobres y “chakas”, en él existe una rara mezcla entre paganismo, creencias católicas, comercio informal, vida de privaciones, pero sobre todo, de esperanza.  

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