Durante la primera mitad del siglo XX, el cine sentó y consolidó las bases que conformarían la rentable industria de entretenimiento que es hoy en día. Estados Unidos, específicamente, se alzó como una de las principales potencias en realización, producción y distribución de películas, compitiendo cabeza a cabeza con Alemania y Rusia (que para ese entonces ya contaban con una floreciente y cada vez más importante tradición cinematográfica). El nombre de Hollywood se convirtió en sinónimo de farándula, espectáculo y poderío cinematográfico. A decir de Naief Yehya, el nacimiento de la meca del cine mundial tiene un dificultoso origen:

La industria cinematográfica estadounidense se instaló originalmente en Nueva York, donde el crimen organizado creó un monopolio que no permitía a nadie más que a sus asociados exhibir o realizar películas. El orden se mantenía por medios “gansteriles”, que ponían en peligro el equipo y la vida de quienes violaban estas regulaciones; por eso muchos productores huyeron a la lejana California, ya que además de la gran distancia que ponían respecto de Nueva York y los matones que los asediaban, tenían la ventaja de estar cerca de México en caso de requerir huir. Así nació Hollywood y, con el surgimiento de esta enorme industria liberal y paralela a la censurada, se incorporó un nuevo mito al cine de explotación: el tema de la joven ingenua que llegaba a Hollywood en busca de fama y los placeres y graves riesgos que implicaba ser estrella.

Pero, ¿qué relación guarda el nacimiento de Hollywood con la realización de filmes para adultos? En primer lugar, como bien comenta Yehya, el distanciamiento geográfico respecto a la mafiosa zona Noroeste de los Estados Unidos otorgó a los cineastas una libertad de creación en la que si bien, ya existían reglamentaciones en torno al quehacer cinematográfico que se venían siguiendo desde Nueva York, California ofrecía un nuevo espacio para la construcción y reconstrucción del cine, es decir, más tolerable; no en vano es en estos años que el cine comienza a tocar temas cada vez más atrevidos aprovechando la fugaz coyuntura de permisibilidad en la que se encontraba, aunque el cine porno estaba confinado a los círculos clandestinos, el sexo poco a poco iba abandonado su prisión social, su confinamiento en lo privado, para insertarse en la esfera pública. Los sujetos y sus prácticas transgresoras comenzaban a ser fílmicamente visibles.

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En segundo lugar, el establecimiento de Hollywood también trajo consigo la conformación de un primer star system, es decir, un grupo de actores y actrices que se convertirían en imágenes del deseo, lo que Gilles Lipovetsky llama: “la fábrica encantada de imágenes de seducción”.  Estos adonis y afroditas, stars, rostros de la farándula nacidos y creados por la fábrica del cine, afectarían simbólicamente la construcción social en torno al querer y desear ser; las personas comunes encontrarían en ellos cuerpos, rostros, actitudes y formas de vida, que servirían de guía, de inspiración. Continuando con Lipovetsky, la star –el actor o actriz– es una construcción artificial, mientras que el star system es la estética del actor, la de su rostro y la de toda su individualidad, en concreto, su personalidad, aquella que conquista e irradia por el tipo de hombre o mujer que impone en la pantalla.

Entonces, la seducción que despertaba en la imaginación popular el glamuroso star system hollywoodense hizo que varias jovencitas, embelesadas por la fama, intentaran probar suerte en algunos de los nacientes estudios californianos. Los realizadores de películas licenciosas vieron en ellas una nueva carne de cañón, ya no sería necesario recurrir a las musas de antaño del cine porno: las prostitutas. Ahora, se trataba de mujeres virginales e inocentes, guiadas por este interés, quienes se transformarían en las nuevas favoritas del género, que en pos de lograr ser parte del reducido y selecto star system cederían ante las lascivas exigencias de un profesional del cine: “la única manera de convertirse en estrella es colocarse bajo un buen director y trabajar duramente”. Con ello, existe la posibilidad de considerar que no todo el tiempo las mujeres que incursionaron en este género eran prostitutas, ni que el hecho de participar en una película pornográfica las hacía serlo. Se trataba, como lo fue en ese entonces y como lo sigue siendo ahora, de un trabajo.

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