Caminar por la Avenida Revolución, en Tijuana, trae a colación encontrarse con infinidad de bares, antros, restaurantes y fondas donde el transeúnte puede tener un lugar libre para el esparcimiento. Todo de acuerdo y a medida del gusto del paseante. Pero entre su fauna y multiplicidad de eventos, resaltan siempre a la vista los “burrocebras” (también conocidos como “zonkyes”) postrados en algunas esquinas de la calle.

A la gran mayoría de los visitantes, que no radican en la ciudad o llegan por primera vez a este sitio, les resulta de gran curiosidad el hecho de que existan burros pintados de cebra para tomarse una foto del recuerdo envuelto en zarapes y sombreros mexicanos. Su colorido, la condición del burro pintado, el entorno mexicanísimo que le rodea y el sentido histriónico que le da a quien se fotografía en ellos cautivan no solamente a los paseantes extranjeros, sino sobre todo a los niños y las familias enteras que transitan por esta avenida.

En todo el mundo se sabe que solamente en Tijuana existe esto, pero pocos saben exactamente a qué se debe y de dónde viene esta tradición. Considerados como Patrimonio Cultural de la Ciudad (Octubre, 2014), los “burrocebras” se han mantenido en Tijuana por más de 100 años; se tiene el registro oficial de que la primera fotografía se tomó en 1914. Aunque incluso pudieran ser más, porque se tienen fotografías mucho más viejas, sin registro del año en que fueron tomadas, como lo menciona el señor Jorge Bonilla Velarde, quien lleva 72 años dedicándole su vida a este noble oficio.

Ahora los que se toman la foto son (casualmente) los inmigrantes o visitantes michoacanos y la gente de aquí de Tijuana, pero también las personas del otro lado, los americanos.

De acuerdo al propio señor Bonilla, anteriormente los “burrocebras” estaban situados en “la línea” y no contaban con el cajón o carreta multicolor que ahora utilizan, solamente se utilizaba sombrero y zarape. Incluso no estaban pintados como tal, pero debido a que en la fotografía de aquel entonces el burro no figuraba, por su color blanco, hubo quien comenzó a pintarlos sin sentido alguno para que en la impresión, que era en blanco y negro, resaltara también el burro. Fue así que se le fue dando entonces la forma y parecido a la cebra, para que tuviera una estética mejor al momento de imprimir la foto.

Posteriormente el interés en los “burrocebras” creció y algunos se mudaron: “estuvieron en el casino Caliente que se ubicaba en la Torre de Agua Caliente, pero cuando lo cerraron se postraron todos en la misma Revolución”, lo cual, señala el mismo señor Bonilla, le dio demasiado realce y protagonismo a la avenida, haciendo de ella lo que ahora es, un pasillo multicolor arraigado en el sentimentalismo que genera la ciudad tanto a sus residentes como a los inmigrantes y propios visitantes norteamericanos.

Mientras me platica todo esto, una pareja de visitantes se acerca pretendiendo tomar una foto a su burro. El señor les dice que no “porque aquí todo cuesta y nada es gratis”, me dice. Al parecer la pareja no entiende lo que el viejo les dice y optan por retirarse del lugar. Sobre este asunto, el señor Antonio González Hernández (35 años con los “burrocebras”), me comenta que las personas vienen y quieren una foto ya que ahora todos traen celulares y quieren tomar alguna, “pero no los dejamos o les cobramos 30 pesos porque si no esto no es redituable para nosotros”.

Antes de platicar con los “burreros”, recorrí la Revolución desde la calle Primera hasta la 11, y de regreso, tratando de visualizar el entorno que envuelve a esta tradición. A los tijuanenses ya les empieza a causar mayor interés el tomarse una foto con sus hijos, amigos o familiares. Incluso, como me comentó Ismael Molina, otro de los “burreros” con 34 años en este oficio, ahora es el propio turista mexicano el que más se está interesando en esta tradición.

“Anteriormente venían personas de todo el mundo: canadienses, franceses, italianos, australianos, gabachos. Ahora los que se toman la foto son (casualmente) los inmigrantes o visitantes michoacanos y la gente de aquí de Tijuana, pero también las personas del otro lado, los americanos”, señala.

Los “burrocebras” son un símbolo intrínseco de la identidad tijuanense, son un patrimonio cultural.

Todo ello, coinciden los entrevistados, se debe principalmente a tres problemáticas: la caída de las Torres Gemelas en Estados Unidos (2001), lo cual intensificó la seguridad en el paso fronterizo y generó histeria global; la crisis que se generó en el 2008 junto con la oleada de violencia en la ciudad; y el hecho social de que como en California (EUA) se está dando un realce turístico en la actualidad, las autoridades estadounidenses se han encargado de desprestigiar a Tijuana para que no resurja en su ámbito y así le quité protagonismo a su vecina del norte.

Pero no solamente estos tres asuntos les han causado un poco de “conflicto”, los tres entrevistados señalan que actualmente las asociaciones protectoras de animales, las cuales se han acercado a ellos para manifestarles que están involucrados en el maltrato animal, les han metido cierto desprestigio entre la sociedad. Aunque los respetan, dicen, están equivocados en su apreciación porque no saben en realidad cuál es el trato que se les da a los burros.

“Al burro se le da mejor trato aquí que en el campo, porque en el campo se les somete a cargas pesadas y forzadas, se les golpea, casi no los dejan descansar, y por ello quienes piensan lo contrario se equivocan, porque nosotros les damos buen trato, los alimentamos bien y el burro por estar todo el día parado no sufre, porque incluso así duermen, parados, ellos nada más se revuelcan en algunos momentos para relajarse”, comenta el señor Hernández.

Es por ello que a los burros se les coloca una tabla debajo, donde se mantienen parados, porque eso les permite que las pezuñas no se les pudran y no sufran de reumas, puesto que así no les vaporiza el calor. Todo el día se les da de comer hojas de maíz porque los refresca y cuando termina la jornada se les lleva a un lugar donde pueden revolcarse para descansar y se les guarda para que duerman sus horas.

Es así que, sin duda alguna, como lo manifiestan algunos paseantes de la ciudad, los “burrocebras” son los que le dan todavía el colorido a la calle principal de Tijuana. En la actualidad solamente existen siete a lo largo de toda la Revolución y tomarse una foto va de los 8 a los 10 dólares, o su equivalente en pesos, y te la imprimen ya sea totalmente a color, en sepia o a blanco y negro.

El “burrocebra” es internacionalmente reconocido y en torno a su expresión kitsch se ha filmado algunas películas, documentales y constantemente los medios y las Universidades se interesan en ellos. Los “burrocebras” son un símbolo intrínseco de la identidad tijuanense, son un patrimonio cultural, y ello, señalan los entrevistados, seguirá manteniendo viva la tradición, puesto que no se imaginan a la Avenida Revolución sin el colorido que ellos le dan.


Foto: “África in Tijuana” por Elias Castillo (Tomada de Trekhearth.com) 

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