Mucha gente se emocionó cuando dije que venía a Brasil, más cuando platiqué que llegaba a Rio de Janeiro. Supongo que sucede como cuando los gringos piensan en México, bueno, la verdad no se que piensen, pero creo que en su cabeza está la idea de que todo es playa, cervezas corona, pirámides, sombreros grandes, cactus, sarapes, y burritos (que aparte ni comemos más que en el norte). No sé, me parece que para la banda mexicana, Brasil es tierra de playa, de mujeres hermosas con gran trasero (que no es mentira), bikinis, adonis negros de dos metros, samba en todos lados, caipirinhas, carnaval, fútbol, favelas, y sobre todo, seguro que casi siempre nos viene a la mente canciones como esta:

(No deje de escuchar mientras lee)

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Toda gran ciudad tiene sus reglas, pero en Rio de Janeiro, como en el Distrito Federal, aplica el que uno tiene que caminar como si conociera el lugar, ya saben, nunca hay que detenerse, no hay que sacar mapas, no se debe mirar los ojos de las personas, hay que ver hacia adelante sin bajar la cabeza, tampoco hay que meterse por callejones ni detrás de algo que obstaculice la banqueta, y claro, ya en un par de ocasiones el instinto callejero me ha hecho saber que podrían chacalearme si continuaba caminando ahí, aunque quien sabe, puede que sean más estereotipos que realidad, como cuando un turista ve a un grupo de hombres negros platicando y casi que sale corriendo. No obstante, el DF y sus casi 23 millones de chilangos hace que seamos poco confiados.

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La verdad es que ya no sé qué caracteriza a Morelia o al DF, y esa es una pregunta que el foráneo siempre hace a quien vive en un lugar, pero acá, en Rio de Janeiro, cualquier viajante  se va a encontrar con cuatro cosas esenciales, de esas que revelan cómo es una ciudad y su gente.

“Toda gran ciudad tiene sus reglas” 

1.- La primera, y de la que uno nunca escapa, es la cantidad enorme de gente durmiendo en la calle, en los parques, debajo del pórtico de los edificios, bajo los puentes, dentro de cajeros automáticos, y en fin, la mendicidad es de un grado que ni siquiera se ve en México. Recuerdo que mi primer imagen fue ver a una pareja despertando en un jardín, poco después, al pasar por los célebres arcos de Lapa, vi que alguien dormía literalmente dentro de una bolsa de basura. Un compa peruano me dijo que a veces no sabe si están vivos o si están muertos, y es verdad, muchos de ellos están tan flacos que se la pasan todo el día acostados. A veces me pregunto si la vida brutal de Rio terminó desmadrándolos, si crackolandía terminó por atraparlos, y quién sabe, puede que sea el preconcepto que tenemos, pero también pienso que probablemente muchos de ellos son enfermos de VIH, y aunque me equivoque, puede que para muchos sean ambas, pues uno intuye que en la oscuridad de los parques, túneles y puentes, existe una vida marginal bastante dura.

Welcome to Meo de Janeiro

A pesar de que he visto a dos o tres blancos (que no significa que sean rubios), los segregados, quienes están en las calles, al margen de la sociedad, son casi todas personas negras y mulatas. Sin duda alguna, Brasil sigue separando a su gente por el color de la piel. Basta con recordar que en la copa mundial de fútbol, los asistentes al estadio, quienes podían pagar un estratosférico boleto, era la gente blanca y rica del país. Y aunque a veces son espeluznantes las escenas de la calle, la gente me ha dicho que hace diez años era mucho peor; de 200 millones de brasileños, hoy en día 70 siguen viviendo en pobreza. Lo más triste es cuando la indigencia se convierte en parte del paisaje cotidiano, y con los días, aquello que era una persona durmiendo, se transforma en un bulto apostado entre la calle y los muros de algún edificio.

2.- La segunda cosa es que la ciudad tiene un olor penetrante a meados. Fuera de wasa, para la gente de Rio es más o menos común evacuar en la calle, sin contar con que es fácil observar cloacas desbordándose, desagües abiertos, agua sucia bajando de la favela, y bastante basura en algunas playas. Cerveza, calor, y 6 millones de cariocas hacen que huela así. No es mentira, en todos lados y a todas horas siempre están tomando cerveza clara, que aparte de ser espantosa, en el super cuesta unos afortunados 7 pesos. Es fea como el demonio, pero ni hablar, se vuelve una compra indispensable para soportar el condenado calor que hace aquí, además, la fiesta en Rio comienza el jueves por la tarde y termina el domingo por la mañana, así que eso ayuda a explicar un poco el olor de la ciudad. No es tan sorprendente la verdad, Cacapulco, digo, Acapulco, es más o menos así.

3.-  Los automovilistas, microbuseros y motociclistas tienen un ánimo homicida. Acá no existe el peatón, es como si la ciudad perteneciera al automóvil y todos los demás tuviesen que acoplarse a esa realidad. Si en ciudades como Morelia comienza a haber un reclamo a los derechos de ciclistas y peatones, en Rio es necesario dominar el bello arte de torear carros.

[…] para la gente de Rio es más o menos común evacuar en la calle, sin contar con que es fácil observar cloacas desbordándose, desagües abiertos, agua sucia bajando de la favela, y bastante basura en algunas playas.

Welcome to Meo de Janeiro

4.- Por último, algo que no pasará desapercibido para quien llegue por primera vez, es que los teléfonos públicos se encuentran invadidos por anuncios que ofrecen servicios sexuales de travestís. Sin embargo, me parece que la sexualidad brasileña es curiosa y contradictoria. Hace poco vi que una telenovela había tenido problemas por mostrar una familia con dos madres, y el debate para legalizar la unión entre personas del mismo sexo suscita ridículos argumentos religiosos. No obstante, los travestís están ahí, a la vista en las esquinas, en los anuncios de teléfono. Y aunque podríamos decir que el brasileño parte de una visión moralina de la relación heterosexual, lo cierto es que el ritual previo a transar (coito), se compone por tres simples y breves pasos. Las prácticas sexuales de los brasileños son más abiertas, y al mismo tiempo -con probable error a equivocarme-, en constante conflicto con ellas mismas.

Quien llegue como turista querrá ver el Corcovado, el Maracaná, el Sambódromo, las playas de Copacabana e Ipanema, los arcos de Lapa, la escalera de Selarón, a lo mejor la favela de Michael Jackson, y tan tan. Claro, todo eso se puede recorrer en unos cuatro o cinco días pagando para que te lleven a los lugares, pero para conocer a Rio de Janeiro y entender un poco su forma de ser, uno debe poseer una vista y un olfato diferente, uno más adecuado para quien vive en las ciudades.


Fotos: Alexis González

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