Hacía falta un documental poderoso y lleno de detalles que retratara todo ese viejo mundo que fue el México de la rumba y el cabaret.
Provisto de un catálogo de muslos gigantes, caderas como fruta y maquillaje indiscriminado, Bellas de Noche no es la única pero sí la más sincera apuesta por hablar de estas mujeres que vivían de noche, dormían de día y amaban, en ocasiones, por las tardes.
El catálogo se reduce a cinco divas del escenario. Todas aparentemente idénticas pero sorprendentemente distintas. Sultanas del ritmo, el meneo y la coquetería, las vedettes se antojaban acabadas para el imaginario popular, pero el documental nos guía al final ver que ninguna ha abandonado la esperanza. Algunas se refugian en el altísimo, otras en los perros, alguna más en la belleza del tedio, pero queda claro que la idea popular de que una estrella apagada merece la total oscuridad es un error enorme.

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Los contrastes son inevitables, si alguna menciona su vida llena de centenarios, mansiones y viajes por el mundo, lo hace ahora desde un departamento mal pintado y con tilichero de fondo. Las mujeres más convocadas por la masturbación adolescente del siglo pasado muestran ahora deficiencias y nostalgias que las colocan en un nuevo estatuto: el de la mujer vencida pero no derrotada. La luchona moderna que escucha banda, bebe barato y baila lo que sea, con su algarabía a la soledad feliz y el poder femenino, queda corta ante estas mujeres que rebasan las seis décadas y estiran las piernas mucho más arriba de sus hombros, mueven las caderas como gimnastas adolescentes y sonríen como si en el vacío existiera una multitud atenta. La resistencia, pieza clave de una persona digna, no las ha abandonado. Posan en bikinis diminutos como si nada en su piel hubiera pasado. La gravedad no ha podido ejercer poder sobre ellas. Son lo que llama el cronista Salcedo Ramos: una eterna parranda.

Aquel México de rumba y carcajada

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Rossy Mendoza, vedette apodada “la cintura más breve”.

Si algo nos queda de esa época del salón, el tugurio y la fiesta elegante, son solamente sus testimonios. En una sociedad como la de hoy, en donde la música electrónica domina y la droga y el sexo es cada vez de peor calidad, crece la nostalgia y el alto respeto por estos personajes y sus historias llenas de honestidad, asombro y sencillez. La proeza de pasar casi una década con las entrevistadas, hace de la directora María José Cuevas más una antropóloga que una cineasta. Ella misma lo acepta al decir que lo suyo es el diseño gráfico, -elemento que se nota desde la tipografía inicial del filme-, y que el cine le ha llegado con la intensidad de una cucharada cafetera. Otro gran aplauso, -quizá el más grande-, es para el trabajo de edición, en donde una voz en off embona perfectamente con imágenes contrastantes. Si alguien habla de champaña, la pantalla muestra un cubetazo de agua de trapeador. Una carcajada en el aire muestra una cara adolorida, y un momento de nostalgia termina rematando en una frase cómica.

Más allá del cabaret

 

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La diosa acapulqueña Lyn May.

Estos contrastes tan nítidos entre gloria y escasez son los que hacen brillar al documental. El hambre por conocer la vida sexual de las vedettes se difumina a los pocos minutos de testimonio. Si bien sus labores van cobijadas de morbo, este queda relegado cuando se descubre el lado humano de lo que comúnmente se piensa como mujeres histriónicas y sin argumento.

Claro que hay vida más allá del cabaret, basta con saber mover los músculos más importantes: los del ingenio.

El documental estará de gira en Ambulante 2016 y esperemos se difunda por el mundo entero para llevar a millones de personas una época que ya solo se vive utilizando las bondades del recuerdo.

 

 

 

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