Para Rosemar.

Nunca en mi vida había llenado tantas solicitudes de empleo como aquella noche. Mi cama era un tremendo desmadre con tanto papeleo, folders y fotografías tamaño infantil. Jamás había comprado tantos periódicos en tan poco tiempo solamente con la intensión de encontrar un trabajo entre las páginas de los “clasificados”. A mí los trabajos siempre me habían llegado por invitación de conocidos o debido a que me había ganado un respeto en mi ciudad, (¿Respeto? Que pinche mamón suena eso, deberían cortarme la lengua por tal infamia), aunque la verdad todos allá me odiaban y yo a ellos también.

Esa noche caí rendido ya avanzada la madrugada. El aire frío que se cuela por el cristal roto de mi ventana, en la que había puesto una sábana como cortina, me despertó a las seis de la mañana en punto. Lo sé porque siempre al despertar, en cuanto despego los párpados, checo mi celular –sin limpiarme las lagañas- para ver si me has mandado un whatsapp. No tenía nada tuyo aún. Obviamente era muy temprano para ello. Aunque seguramente tú ya te encontrabas despierta y preparándote para ir a tu trabajo.

Me paré por otra chamarra para cubrirme el frío, la única cobija que agarré en 300 pesos en el Curios Shop no me servía de tanto y así me quedé dormido otros minutos. Ahora recuerdo cuando compré esa cobija. Salí a la Revu para conseguir alguna porque no tenía nada en casa. Me la querían vender en 500 pesos y pensé que era demasiado. Pero encontré esa más barata y me la traje a casa. Seguramente por mi aspecto más de uno creyó que yo era uno de esos paisas que andan por acá tratando de cruzar la línea. De los miles que se quedan acá tratando de cruzar el charco y encontrarse con el American way of life.

¿A caso estaba traicionando vulgarmente mis principios anti-institucionales con tal de agarrar algo de dinero? A penas quería yo contestarme las preguntas cuando ya estaba sentado frente a la encargada del área.

La llamada de mi padre anunciando que no había podido realizarme un depósito económico me despertó nuevamente. Me encabroné con esos del Oxxo porque ¿para qué jodidos ponen a la disposición del cliente una tarjeta de ahorro si no les va a funcionar el maldito sistema? Ya me imagino en un caso de emergencia extrema y el cajero con cara de idiota diciéndome: “No tenemos sistema joven”. Que chinguen a su madre. Y aunque unos minutos después recibí un mensaje –también de mi padre- en el que me decía que ya estaba hecho, también les volví a mentar la madre a esas compañías por poner, aunque sea unos minutos, en un aprieto altamente estresante al ciudadano descarriado como yo. Ya me lo habías advertido tú, “mejor saca una cuenta de banco, así te evitas broncas”, pero no lo hice.

Amodorrado decidí que lo mejor sería pararme y meterme a bañar para salir y enfrentarme con el enemigo laboral. La avenida Revolución me esperaba impaciente. Sus calles seccionadas aguardaban mis pasos bajo un sol ardiente que contrastaba con el vientecillo frío que corría en el ambiente. Me dirigía entonces al Instituto Municipal de Arte y Cultura, entre la calle Segunda y Constitución, para dejar la primera solicitud. ¿Por qué había decidido dirigirme primeramente a las instituciones de cultura con la intensión de encontrar un trabajo? Pensé, mientras buscaba las oficinas de Recursos Humanos. No lo sé. No supe qué contestarme. ¿A caso estaba traicionando vulgarmente mis principios anti-institucionales con tal de agarrar algo de dinero? A penas quería yo contestarme las preguntas cuando ya estaba sentado frente a la encargada del área.

Mi cara se veía demacrada. Se notaba a distancia que tenía días sin dormi bien y quizá eso daba mal aspecto. Al final fue lo de siempre. Una breve charla en la que expones tu situación personal y muestras tu interés en el trabajo con actitud de perro con la cola entre las patas. “Nosotros te llamamos”, me dijeron. “Chinguen a su madre también”, pensé. No esperaba más. Aborrezco las instituciones de cultura. Siempre es lo mismo en esos lugares: gente idiota tratando de comprender a gente más idiota que tú. Es más, aborrezco la cultura en general. Siempre he pensado que la cultura es para putos, aunque mi amigo Omar se moleste cuando le digo eso.

En ese lugar, en distintas ocasiones, me mandaron –con una miserable cantidad de viáticos- a cubrir eventos en los que, además, tenía que sacar la nota para Economía, Turismo o Espectáculos.

Omar, mi amigo, es un morro que tiene mi edad y es muy culto. También es muy borracho y fiestero como yo pero es muy culto. No he conocido persona de su edad con tremenda capacidad para memorizar versos, fechas, textos completos y hasta nombres te personajes tan anti quisimos que ya se me olvidaron. Es de mis mejores amigos aunque solamente platicábamos extensamente cuando nos tocaba cubrir festivales de cine en lugares fuera de nuestro entorno. Ah, eso debes saberlo porque como te comenté algún día, trabajé como reportero en un periódico medio mamón de mi ciudad. Ya te he contado mucho de eso, hasta pasamos por ahí cuando me fuiste a visitar. En ese lugar, en distintas ocasiones, me mandaron –con una miserable cantidad de viáticos- a cubrir eventos en los que, además, tenía que sacar la nota para Economía, Turismo o Espectáculos. Ya ves cómo son los culeros, por ahorrarse unos cuantos pesos no mandaban a los reporteros de esas fuentes porque se les hacía bien fácil que yo podía con todo sin que eso me correspondiera hacerlo.

Pero me estoy desviando un poco del tema. Decía yo que a final de cuentas la cultura no me ha mostrado más que pobreza y decepción. Ahora comienzo a comprender que yo nunca quise ser escritor, periodista, ni mucho menos promotor de la cultura. Tal vez periodista sí, porque me gusta conocer, cazar y contar historias. Desde pequeño he sido muy curioso y me he visto involucrado con la onda de la narración. Pero yo en realidad quería ser futbolista, trailero, militar, cirquero o boxeador, no estas chingaderas. Además, estoy desencantado de mi generación de escritores por mamarle la teta a la institución. He visto las mentes más brillantes de mi generación entre las piernas de un funcionario. Algunas personas se molestan cuando les digo que la cultura es para putos y que ya no me provoca nada gratificante, más que la sensación de que es mi trabajo y debo cumplir con ello. ¿Por qué las personas no entienden eso? Aún recuerdo cuando a Gabriel Batistuta, tremendo futbolista argentino, la prensa le criticó demasiado cuando declaró que a él no le gustaba el fútbol, pero que lo hacía porque era su trabajo y tenía que cumplir y además hacerlo bien, porque eso le daba para comer a su familia. Así veo yo a la cultura, la lectura y la escritura misma, el problema en mi caso es que esta madre a penas me da para comer a medias.

Automáticamente le conté mi situación a la señorita, y aunque repitió lo mismo como maquinita, amablemente me recibió uno de los tantos folders que armé con la solicitud de empleo, currículum y cartas de recomendación.

Bastaba más pensar en todo ese embrollo culturoso cuando ya me encontraba en la calle Primera, afuera del Museo de Cera, preguntando por el encargado. “No hay vacantes por ahora y ni el encargado está en su oficina”, me dijo la chica que atendía la taquilla. Entonces pensé nuevamente qué chingados estaba haciendo yo afuera de un estúpido Museo de Cera. Automáticamente le conté mi situación a la señorita, y aunque repitió lo mismo como maquinita, amablemente me recibió uno de los tantos folders que armé con la solicitud de empleo, currículum y cartas de recomendación.

“Tal vez para trabajar en el Museo de Cera requiera de saber inglés”, pensé, mientras salir del lugar. Me lamenté infinidad de veces el hecho de haber sido un cheguevariano anti-imperialista yanqui durante mi enmarañada adolescencia. Maldita revolución cubana (de la cual no sé ni un carajo) no me permitió concentrarme en mis clases de inglés cuando las tuve en la secundaria y el bachillerato. Maldito chairismo antiglobalifóbico. Y pensar que ahora mucho de lo que me gusta viene del otro lado. Y pensar que ahora vivo tan cerca de los pinches gringos. La verdad, además, era que no sabía inglés porque todos los maestros que tuve eran unos pendejos y yo tenía un amigo –avecindado ahora en Califas- que me hacía las tareas.

Siempre he pensado que para saber bien el inglés hay que meterse al barrio norteamericano. Irse al otro lado sin saber nada de nada y aprender de oído. Toparte léxicamente con el gringo para afinar la fonética y fonología de la lengua. Pero yo siempre he querido aprender inglés callejero. Decirle “Wasap men” a un vato o “Ey you, madafaka, vete a la verga”, aunque eso también parezca y suene muy pocho. Pero todo el inglés que yo sabía se me olvidó. Sí, las cosas aprendidas también pueden olvidarse de un madrazo. Sobre todo cuando bebes mucho alcohol y te metes cuanta madre que te truena en el cerebro. Yo tuve que aprender inglés cuando salí de la secundaría porque el maestro me reprobó y tuve que pasarlo en “extra”. Aprendí mucho cuando lo estudié. Entendía poca madre las rolas de mis bandas favoritas, pero todo eso ya valió madre. Se perdió en un hoyo negro y solamente me dejó una que otra palabra por ahí insertada.

Todos los malditos empleos son solicitados o requeridos menos algo que tenga que ver con la perra edición, la literatura, la cultura, el periodismo o algo que se le parezca.

Pero ya me estoy desviando otra vez de lo importante. Regresé entonces por toda la Revu observando a mi paso cada uno de los locales de ambas aceras. En la gran mayoría de los locales se solicita algo constantemente: meseros, cantineros, lavaplatos, lavalozas, vendedores con experiencia, personal de piso, cajeras, gente de seguridad, de atención al cliente, para volantear, choferes, repartidores, asistentes de oficina. Todos los malditos empleos son solicitados o requeridos menos algo que tenga que ver con la perra edición, la literatura, la cultura, el periodismo o algo que se le parezca. Hace seis años salí de la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas y hasta la fecha no sé para qué carajos me ha servido. Todo lo que he hecho lo hice gracias a mi revista y a mis huevos de plantarme frente a cuanto cabrón se para a contrariarme. Pero nunca nada por haber estudiado letras.

Cansado de tanto caminar, de poner cara de idiota con las personas y de andar mendigando un cascajo en esas putas instituciones, me dirigí al pasaje Rodríguez para tomar una cerveza en el Mamut. Lo único que quería en ese momento era olvidarme de todo. Me sentía un poco extraño por toda la situación. Ya me lo habías dicho tú en alguna ocasión, y tenías razón, “así son los de mi onda”. Así van a ser siempre y así lo serán. Mandé entonces todo otra vez a la mierda. No tenía la necesidad de andar haciendo el ridículo frente a personas que solamente me prestaban atención por su condición de funcionarios públicos. No pensaba yo ser un pendejete más en sus oficinas. No pretendía siquiera comprarme unos zapatos para lucir bien en sus instalaciones. “Déjate de mamadas Manuel”, me dije mientras repasaba todo ello, y con una sonrisa maliciosa en la cara pedí otra cerveza.


Imagen: tomada de Internet

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