Este 2014 se cumplen tanto 110 años desde el nacimiento del genial Salvador Dalí (11/05/1904) como así los 25 desde su muerte (23/01/1989); por tanto, el consumidor de cultura puede estar de acuerdo conmigo cuando digo que hemos estado viendo a Dalí hasta en la sopa. De hecho, en Madrid ya le tuvimos también como protagonista durante buena parte del 2013 debido a que entre abril y septiembre el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía acogió una de las muestras de la obra del pintor catalán más extensas y rigurosas que se han podido realizar anteriormente en museos de España y de la mayor parte del mundo, tan importante como la que el Centro Pompidou de París le dedicó a finales del 2012. Para mí ese fue el acontecimiento cultural más destacado en la ciudad el año pasado y no hablo a la ligera: el Reina Sofía imprimió más de 730 mil entradas, record histórico para este museo, una cifra que testifica el hecho de que Salvador Dalí sigue siendo fenómeno de masas, una monumental figura en la historia del arte del siglo XX y lo que llevamos de XXI.

“Sueño causado por el vuelo de una abeja en torno a una granada, un instante antes de despertar” (1944)

Por mi parte, tuve bastantes problemas para entrar al museo ya que las colas que se formaban en sus inmediaciones eran enormes y me vi en la situación de no alcanzar aforo un día, teniendo que regresar otro para volver a intentarlo. Gente de todo el planeta visitó la ciudad de Madrid expresamente para asistir a esta exposición; fue una locura. Que un pintor pueda generar ese nivel de convocatoria hoy día en que vivimos tiempos de apatía y desapego hacia el arte, sólo se puede comprender si viene de alguien como Salvador Dalí, un genio del marketing que supo llevar a cabo una innovadora campaña propagandística en torno a sí mismo y su obra, generando fascinación por su excéntrica personalidad y por sus estrambóticas ideas. Fue el gran escandalizador de su época (al menos en su etapa surrealista, luego fue menos polémico cuando se transformó en místico) y eso, junto a una bien premeditada estrategia para colocarse en las esferas más altas de la sociedad (nació ya siendo burgués, su padre era notario), le han valido para que su influencia y modelo sigan vigentes hoy, porque Dalí fue quizá el primer artista en entender y aprovecharse del impacto de los medios de comunicación (constantemente era noticia en periódicos, asistía a programas de televisión y participó en unos cuantos anuncios comerciales), la provocación como publicidad (se le puede considerar precursor del performance), la “espectacularización” del artista o lo que es lo mismo, ¡el pop! (unos 20 años antes que Elvis y 30 antes que Warhol). No por nada es el creador del logotipo de Chupa Chups y, en otra consonancia pero también buen ejemplo, la estética de algunos de sus cuadros de la década de los cuarenta sería adoptada 30 ó 40 años después por bandas de rock progresivo tales como Asia, Yes, King Crimson y otras del estilo. Él mismo se expresaba así: “Las masas pasan delante de mis cuadros –y lo harán también en el futuro- porque de forma vaga y con fascinación su instinto les dice que en mis obras yacen tesoros de autenticidad evidentes, de los cuales, no obstante, aún nadie se ha dado cuenta. Tesoros extra-artísticos que serán cada vez más artísticos”.

“Cristo de San Juan de la Cruz” (1951) Salvador Dalí

No hay duda de que Dalí fue un gran artista, viendo algunas de sus obras pienso que lo que propone no es que esté pasado de moda, en casos ni siquiera lo hemos alcanzado. Pero lo que sí me parece curioso es lo poco que se habla sobre su ambiguo y discutible posicionamiento ideológico, político y ético. Parece que no conviene mucho que se sepa que Dalí era derechón, capitalista, egoísta, despreciaba la revolución social y que, por muy paradójico y contradictorio que parezca, era conservador. Entre otras cosas, aceptó la dictadura en su país (a pesar de que tuvo que huir de la guerra no tanto porque le persiguieran sino porque lo único que le interesaba era desarrollarse como artista y enriquecerse y en aquella situación no podía hacerlo), llegó a desdeñar el arte moderno por querer alcanzar el punto cero (“…la decadencia de la pintura moderna proviene del escepticismo y la falta de fe, consecuencias del materialismo mecanicista”, dijo y en parte razón no le falta) y en ese sentido no creía más que en “la calidad suprema de la tradición”. Se entendió con un anticomunista y racista como Walt Disney (Dalí realizó el corto Destino bajo su producción), decía amar al oro y al dinero más que a cualquier otra cosa sólo por detrás de su amor a Gala, su eterna musa; murió siendo marqués de Púbol (título nobiliario que el Rey Juan Carlos I le otorgó, máxima cúspide social que un burgués no noble puede llegar a alcanzar), y, agárrense, consideraba a Cristo como la verdadera unidad del universo y del átomo, definió el catolicismo como “la arquitectura perfecta” y se casó con Gala por la iglesia… En el fondo, no se encontraba demasiado lejos del español convencional e ignorante de su época.

Así fue Salvador Dalí, un hombre complejo y contradictorio, y sí, por supuesto, un artista excepcional.

Francisco Negrete Mendoza

“Leda Atómica” (1949) Salvador Dalí

 

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