En sí, todo arte creativo se vale de la primera impresión. Ya sean las primeras líneas o los primeros acordes para apoderarse inmediatamente de la atención del público. Es en el inicio de las cosas que llegan a nosotros en donde decidimos si quedarnos o salir de ahí para pasar a algo más. A Umberto Eco le fascinaba aburrir con detalles secos a sus lectores en el primer capítulo de algunas de sus novelas. Pretendía forzarlos a sobrevivir a través de esa pequeña tortura para después otorgarles lo realmente sorprendente en los siguientes capítulos. Para bien del público, no todos los creadores deciden hacer esto. Al contrario, se esfuerzan por agradarnos desde el inicio, por soltar ganchos directos que no nos permitan movernos de ahí hasta saberlo absolutamente todo. Contrario a la práctica de Eco, escritores como Anderson Imbert, Villoro o García Márquez siempre se esfuerzan por seducir al lector desde el primer párrafo y no soltarlo hasta el punto final. Pero los ejemplos van más allá de las letras. El intro de Pulp Fiction, por ejemplo, con la ya icónica pareja comiendo de lo más tranquilo para después amenazar de muerte a todo el pinche mundo es un ejemplo claro de este gancho inmediato. Lo mismo con cintas como Annie Hall de Woody, Antichrist de Trier o The Lion King de Disney. No hay manera de verlos y no querer saber qué sigue.

Bueno, muchos de estos inicios de películas están acompañados de algo aún más elaborado para gustar de inmediato: la música original de la película. Si alguien hubiera elegido sonorizar el bautizo de Simba con un jazz coqueto o una pieza de Bach, muy pocos recordaríamos esa escena de la manera en la que la recordamos hoy. Es en esa elección en donde una película puede brillar o no desde el arranque.

Y un arranque inmediato y deliciosos es precisamente el que tiene la película Carol. Una joya cinematográfica adaptada de la primer y joven novela El precio de la sal, de Patricia Highsmith. No hay motivo para no mostrarse seducido desde las primeras notas. Si Amelie de Jean Pierre Jeunet pelea siempre entre ser recordada por el filme en sí o el soundtrack que Tiersen creó para la película, la Carol de Todd Haynes no presenta este conflicto. Es y será recordada por la actuación de Cate Blanchett y Rooney Mara. La sonorización quedará siempre relegada pero no por eso carecerá de importancia. Escuchar los temas una y otra vez introduce al público en un trance aún más melancólico que el del guión de la película.

Si Highsmith quería trasmitir algo con su novela, es en la música de la película en donde mejor se plasmó su deseo de nostalgia y amor basado en una cierta tristeza.

Hace falta público que consuma soundtracks más allá de lo que ofrece Disney y algunos filmes franceses de moda. Y es que los temas de Carol, creados por el inflado Cárter Burwell, ofrecen algo más que simples buenos momentos sonoros. Hay algo más y ese algo transmite una imagen gris del mundo. Quizá la más acertada hoy en día.

Alternada por temas de jazz y voces como la de Billie Holiday, este soundtrack no pasará a la historia de ninguna manera, tampoco superará al filme, pero sí se catalogará como una opción distinta en soundtracks de calidad, más allá de violines como navajas o chelos bofos a los que nos tiene acostumbrado el cine de este siglo.

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